XCIII
Cuando se volvió a sentar, Tomás Noronha ya había revelado lo esencial del contenido del smartphone que le había entregado Leroy Roderick. Solo faltaba atar los cabos sueltos de la maraña, tanto la de su vida personal como la del mundo. Cerró el bloc de notas y miró a Kurt Weilmann.
—Como acabamos de ver, el problema central está en los algoritmos —concluyó—.
Pero, atención, eso no le quita responsabilidad a Rusia.
Lo que Moscú ha hecho y hace, básicamente, es usar el problema sistémico de la inteligencia artificial para atacar a Occidente y provocar su implosión.
Para ello desarrollaron el Protocolo Caos, la receta para usar las características de las redes sociales en una guerra híbrida contra las democracias liberales.
La estrategia es sencilla: buscar aliados antiprogresistas dentro de las democracias y usar las redes sociales para identificar grupos, apelar a la identidad de uno o más de esos grupos, decirles que otros amenazan fuertemente esa identidad y, recurriendo a un lenguaje moral y emocional que incluye verdades y mentiras, inflamar las redes sociales y a los grupos, poniendo a unos contra otros para profundizar las divisiones de la sociedad occidental hasta fracturarla, debilitarla y...
, por fin, derrotarla. Es lo que Rusia está haciendo.
—Es decir, usan la democracia y la libertad para destruir la democracia y la libertad.
—Y Occidente se desmorona.
Esa era la conclusión lógica de todo lo que estaba sucediendo.
—Trump siempre ha dicho que su objetivo era hacer América grande otra vez. Pero es un truco de prestidigitador. El verdadero proyecto es hacer Rusia grande otra vez.
El silencio se apoderó de los dos hombres. Todo estaba dicho. O casi todo. Weilmann estiró el brazo en dirección al smartphone posado al lado de su interlocutor.
—¿Puedo?
Había llegado la hora de que el portugués cumpliera su parte del trato y le entregara el aparato. Lo cogió y se lo dio al responsable de la DARPA, que se lo guardó en el maletín y echó la silla hacia atrás, preparándose para marcharse.
Pero Tomás todavía tenía algo más que decirle.
—Tú sabes que el problema no está solo en Occidente, ¿verdad?
El estadounidense se detuvo.
—¿A qué te refieres?
—Las campañas de mensajes falsos o que incitan a la violencia en las redes sociales son un problema general de toda la humanidad, no solo de Occidente.
Mira, por ejemplo, la persecución a los rohinyás.
En Myanmar siempre ha habido divisiones étnicas y religiosas, incluso a veces se registraron conflictos con los rohinyás, pero cuando las redes sociales empezaron a funcionar en el país en 2011, la violencia explotó a niveles nunca vistos.
Los mensajes de odio contra ellos se dispararon en Facebook, la población budista se creyó que los iban a atacar y a exterminar, se asustaron y pasaron a la acción.
El ejército y las poblaciones lanzaron ataques a los rohinyás, mataron al menos a veinticinco mil personas y expulsaron del país a un millón.
—Sí, lo sé —confirmó Weilmann—. Naciones Unidas investigó la persecución a los rohinyás y concluyó que la culpa fue, sobre todo, de Facebook.
Tomás miró fijamente a su amigo, lo que quería decirle era otra cosa.
—¿Y sabías que los rusos tampoco son inocentes en esa historia?
El hombre de la DARPA, sorprendido, arqueó una ceja.
—¿Los rusos?
—¿No lo sabías? Enviaron a Rusia a oficiales birmanos del Tatmadaw para estudiar la guerra psicológica, hacking y otras tecnologías de desinformación e influencia online , inclusive inteligencia artificial.
Eso fue en 2000, una época en la que todavía no había redes sociales, sino blogs .
Sin embargo, las técnicas de desinformación que esos oficiales aprendieron con los rusos son las mismas: identificar grupos, trabajar la identidad usando informaciones verdaderas y falsas, poner a unos contra otros, intensificar las divisiones y apelar a la violencia.
Es exactamente lo que los oficiales birmanos, junto con los monjes budistas nacionalistas, les hicieron a los rohinyás con los resultados que se conocen.
Weilmann no estaba al tanto de esa información.
—¿Los rusos entrenaron al ejército birmano en las tácticas de desinformación en internet que culminaron en la limpieza étnica de los rohinyás? ¿Puedes probarlo?
—¿Quieres pruebas?
—Por supuesto. Si probamos que los rusos enseñan esas técnicas para ser posteriormente usadas contra poblaciones no occidentales, probamos que el problema no se restringe a Occidente, sino que la dictadura rusa es una amenaza para toda la humanidad. Si hay pruebas, hemos de tenerlas.
Como respuesta, Tomás levantó una mano e hizo una señal al único cliente que estaba en la terraza con aspecto de bangladesí y a los dos niños que jugaban en la arena a pesar de la lluvia que caía sobre la playa.
El hombre se levantó y se les acercó con un sobre en la mano, mientras los niños dejaron lo que estaban haciendo y también se acercaron.
—Kurt, estos son Tin Tun y los dos hermanos de un rohinyá que conocí en Myanmar —los presentó—.
Huyeron conmigo para escapar de la matanza.
Vinimos con su abuela, pero, por desgracia, la señora no aguantó la dureza del viaje a través de las montañas y acabó falleciendo en el puesto médico de Cox’s Bazar.
El estadounidense no contaba con eso. Lo último que se habría imaginado era que esas personas que había visto a su llegada a la terraza del hotel tuvieran alguna relación con el portugués.
—Lo siento —respondió—. Pero... ¿a qué se debe el honor?
Tomás respondió por ellos.
—¿No querías pruebas de que los birmanos estuvieron en Rusia aprendiendo las técnicas que condujeron a la tragedia de los rohinyás? Tin Tun puede ayudarte.
Como si se lo hubiera pedido, el rohinyá abrió el sobre que llevaba en la mano y sacó un documento.
—Este es el programa de formación que los rusos impartieron a los oficiales del Tatmadaw para enseñarles las técnicas de desinformación que han usado contra nosotros —explicó Tin Tun—.
Me lo entregó en la Universidad de Yangón un militar birmano escandalizado con lo que estaba pasando.
Contacté con Amnistía Internacional y conté que lo tenía en mi poder.
Amnistía envió discretamente a Yangón a una persona, la señora Maria, que vino acompañada por su marido.
Tomás levantó un dedo.
—Yo.
—Por varias circunstancias que no merece la pena detallar aquí, las cosas se complicaron, el profesor Noronha y yo fuimos arrastrados por el torbellino de los acontecimientos y, con el Tatmadaw pisándonos los talones, tuvimos que huir a Bangladés.
Weilmann escuchó todo con atención.
—¿Me permites echarle un vistazo a ese documento?
Tin Tun se lo entregó al estadounidense, que lo leyó en diagonal, prestando atención a las líneas más importantes del texto.
—Hum... Un ejemplo clásico de curso de aktivnyye meropriyatiya —constató—. Se trata de las famosas medidas activas del FSB destinadas a influir y moldear la opinión pública.
El rohinyá señaló los sellos y garabatos que se encontraban al final del documento.
—Fíjese en que está sellado y firmado por las autoridades rusas y por los responsables del Tatmadaw.
—Ya lo he visto. ¿Puedo quedarme con esto?
Tin Tun y Tomás se miraron con complicidad; el rohinyá cedió al portugués la responsabilidad de conducir esa parte de la conversación.
—Claro —dijo el historiador—. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Tin Tun y los dos niños están encerrados en Kutupalong, el mayor campo de refugiados del mundo, un lugar que alberga a un millón de fugitivos rohinyás en condiciones penosas.
El campo se encuentra aquí, en Cox’s Bazar, no muy lejos de esta playa donde estamos.
Kurt, me harías un gran favor si consiguieras sacarlos de allí.
Lo que el historiador proponía era claro como el agua.
—Yo los saco de allí y tu amigo me entrega el documento. ¿Es eso?
Tomás forzó una sonrisa.
—Kurt, eres un genio.
El estadounidense se recostó en la silla y sopesó lo que le proponían.
Cogió su teléfono y tecleó para enviar un mensaje a alguien en la otra parte del mundo.
Recibió respuesta, volvió a escribir y, al cabo de un minuto, volvió a recibir una respuesta.
Guardó el teléfono, se levantó de su silla y miró a Tin Tun.
—Trato hecho.
Los dos hombres se estrecharon la mano.