XC #2
—Las redes sociales exacerban estos instintos primitivos —respondió Tomás—.
La identidad depende del grupo. Somos nosotros contra ellos.
Nosotros somos los buenos, ellos son los malos.
Cohesión y aceptación entre los nuestros; miedo y odio hacia los otros.
Nosotros somos chimpancés pacíficos, ellos son gorilas peligrosos.
La identidad lo es todo, y el enfrentamiento con los otros es permanente.
Nosotros somos los buenos porque estamos contra el racismo; los malos son los racistas.
Porque defendemos la cohesión nacional y ellos quieren sustituirnos por extranjeros.
Porque somos socialistas y los malos son reaccionarios.
Porque somos patriotas y ellos traidores a nuestra amada patria.
Porque somos proletarios y ellos burgueses.
Porque respetamos las tradiciones y los malos quieren subvertir la sociedad.
Nosotros, los buenos; ellos, los malos. Con la identidad también se define la del enemigo y se entra en enfrentamiento con él.
Él es el malo. Le tengo miedo y lo odio.
Me niego a escuchar sus argumentos. Y cuando por casualidad los oigo, los rechazo totalmente.
Weilmann meditó lo que su interlocutor acababa de exponer.
—Es decir, la identidad conduce a la división y a la polarización.
—Es exactamente eso lo que ocurre en las redes sociales.
Internet dio poder a la gente, restó control a los Gobiernos y dio libertad total al ciudadano.
Y este empezó a usarla en las redes sociales por completo, transgrediendo normas y violando tabúes.
¿No se puede criticar al Gobierno? Pues yo lo critico...
y la gente me aplaude. Los aplausos llegan en forma de likes y comentarios positivos a mis críticas.
Eso me da un enorme placer: mi cerebro libera dopamina.
¿Es tabú criticar a las feministas? Pues yo las critico y los de mi grupo me aplauden con likes y comentarios; eso me da más placer.
¿Es tabú criticar a homosexuales? ¡Los critico!
¿Criticar a las minorías? ¡Contra ellas!
¿Elogiar a Trump? Pues yo lo elogio. La transgresión se ha convertido en norma.
Nosotros contra ellos. Al elegir un grupo, defino mi identidad, y eso me lleva a criticar la del grupo contrario, que por definición es malo.
Cuando lo hago, la gente de mi tribu me valida con likes y comentarios positivos, lo que equivale a muchos aplausos y elogios que normalmente no recibo en la vida real y que me llenan de satisfacción momentánea.
Mirad lo mucho que me aplauden, mirad lo bueno que soy, mirad cuánto me reconocen en mi grupo, en mi tribu.
—Es lo que observo en Facebook —admitió el hombre de la DARPA—. De hecho, cuando participo en discusiones online me sorprendo varias veces haciendo comentarios desagradables sobre quienes piensan diferente. Incluso los insulto. No hago eso en la vida real, pero, no sé por qué, en Facebook me pasa.
—¿Como esas personas que normalmente son educadas y cuando están al volante se ponen a insultar a todo el mundo?
—preguntó Tomás a modo de ejemplo—. Eso es lo que pasa en las redes sociales.
La gente se metamorfosea. Los inmigrantes dejan de ser percibidos como seres humanos con aspiraciones y anhelos legítimos; pasan a ser invasores peligrosos que hay que expulsar.
Los que se oponen a la inmigración dejan de ser vistos como personas con problemas y miedos legítimos; pasan a ser racistas nazis que hay que aplastar.
—Y los usuarios de estas plataformas reaccionan.
—Claro que reaccionan. La gente se enfurece, se indigna, se insulta.
Dejan de conversar y de escuchar; pasan a vociferar.
Queremos arrasar a los idiotas que no ven lo que para nosotros es tan evidente, queremos avergonzarlos para que se callen, queremos alinear a toda la comunidad a nuestro favor y contra ellos para exterminarlos como los gusanos que son.
Las transgresiones a los valores de cada grupo se castigan con severidad y todo se transforma en una cuestión de vida o muerte: somos nosotros contra ellos, buenos contra malos.
Se desata una batalla sin cuartel, todo se radicaliza, la guerra se generaliza.
—Eso es.
—El hecho de que la pantalla nos impida ver la reacción de las víctimas de nuestras invectivas hace que no seamos conscientes de que al otro lado hay seres humanos y de que ya hemos cruzado la frontera de la decencia y caído en la crueldad.
Y si lo hacemos en grupos enormes nuestra ira aumenta todavía más.
Hay estudios con varias especies de macacos que muestran que, cuando los colocan en grupos demasiado grandes, se vuelven más agresivos y violentos.
Pues bien: en las redes sociales hay grupos descomunales, la mayor multitud que jamás haya existido, y al actuar en medio de esa muchedumbre, las personas se transforman y adquieren comportamientos de turba vengativa.
Todo las indigna y las exaspera; hay que gritar más fuerte contra quienes se oponen a mi grupo, porque cuanto más humille a los otros, más likes y comentarios positivos recibiré de los míos.
Cualquier cosa con la que no esté de acuerdo se convierte en algo gravísimo, una vergüenza, una terrible ofensa que debe ser denunciada y triturada sin piedad.
Dejamos de ser personas, nos convertimos en multitud y queremos impresionar a los nuestros con frases grandilocuentes, ataques demoledores y proclamas arrasadoras que aniquilen a los demás y atraigan los aplausos de los nuestros. Nosotros buenos, ellos malos.
—Ah, sí, a veces las discusiones en Twitter o Facebook parecen verdaderas guerras.
Tomás hablaba deprisa, como si estuviera en Facebook disparando insultos con la misma agresividad de un soldado que dispara balas.
Pero al llegar a ese punto hizo una pausa repentina, casi teatral.
Bebió un trago de cerveza y mordisqueó unos cacahuetes, como si de pronto tuviera todo el tiempo del mundo.
Cuando volvió a hablar, lo hizo en un tono infinitamente más calmado, ya no como un usuario de redes sociales que bombardea a sus adversarios con discursos de violencia justiciera, sino como el académico ponderado que reflexiona con tranquilidad.
—Ahí es donde entra la manipulación.