El protocolo del caos XC
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Las palabras de Tomás Noronha conmocionaron a Kurt Weilmann. El hombre de la DARPA se disponía a marcharse, pero lo que su le acababa de decir lo dejó aún más estupefacto. Se quedó paralizado y volvió a sentarse. Miraba al portugués con una expresión de perplejidad y con algo más: miedo.

—¿Peor? —balbuceó, horrorizado—. ¿Hay algo peor?

Tomás asintió con la cabeza.

—Me temo que sí.

A Weilmann le costaba creérselo.

—¿Peor que todas esas pruebas que apuntan a la posibilidad de que el presidente de Estados Unidos, el líder del mundo libre, sea una marioneta en manos de una dictadura empeñada en acabar con el mundo libre?

La respuesta se hizo esperar. El historiador recolocó el smartphone que había dejado a su lado y volvió a hojear sus apuntes; quería encontrar información pertinente sobre lo que quería exponer.

Al cabo de unos segundos se detuvo en una página concreta. Había encontrado lo que buscaba.

—Dime, Kurt, tú que trabajas en la DARPA, ¿sabes lo que es Tay?

—¿Tay?

—Sí. El bot de Microsoft.

—Ah, ese Tay.

—¿Qué sabes de él?

Él meneó la cabeza, intentando sacudirse la perplejidad, y se concentró en la pregunta.

—Bueno, Tay fue un chatbot de inteligencia artificial que Microsoft creó para comunicarse con el público a través de Twitter.

La gente hablaba con él y él respondía; al mismo tiempo iba aprendiendo de manera automática.

Microsoft se esforzó en modelarlo y aplicó filtros previos para que su comunicación con el público fuera fluida y correcta.

—¿Y qué ocurrió cuando lo conectaron a Twitter?

—Ya lo sabes. ¿Por qué tengo que...?

—Cuéntamelo, por favor. Es importante.

Weilmann respiró hondo.

—Cuando empezó a interactuar con el público, al principio Tay decía cosas amables.

A una de las primeras personas con quien interactuó le dijo que los humanos eran encantadores.

Sin embargo, tras veinticuatro horas, sus mensajes cambiaron de forma drástica: empezó a decir que odiaba a las feministas, que debían arder en el infierno y que Hitler tenía razón para detestar a los judíos.

Empezó a emitir consignas trumpistas, como «construiremos el muro y México lo pagará», y cosas así.

El discurso de Tay se descontroló por completo y Microsoft tuvo que desconectarlo.

Alegaron que el chatbot había cambiado como resultado del tipo de interacciones que mantuvo con ciertos usuarios.

Cuando su amigo se calló, el historiador lo miró de forma inquisitiva.

—¿Qué aprendimos de ese episodio?

—Que la inteligencia artificial refleja las ideas humanas —respondió—. No me sorprende, tratándose de una invención humana que interactúa con humanos.

La mirada de Tomás se desvió momentáneamente hacia el smartphone para sugerir que todo lo que a partir de entonces iba a decir estaba respaldado documentalmente.

—¿Y si te digo que las redes sociales se han convertido en un Tay gigante?

—En las redes sociales interactúan seres humanos, no ordenadores —le recordó Weilmann—. Es decir, pueden leerse opiniones distintas.

—¿Tú crees?

—¿Ah, no?

El portugués no respondió. Volvió a consultar el bloc de notas en busca de las referencias correctas.

—Internet fue creada por idealistas que querían restar poder a los Gobiernos para entregárselo al ciudadano común —recordó—.

Primero fue el correo electrónico y luego las redes sociales; se convirtieron en instrumentos para liberar a las personas, para que pudieran comunicarse e intercambiar información e ideas sin intermediarios que filtraran y censuraran lo que se decía.

Los Gobiernos dejaron de tener control sobre la comunicación; el poder pasó a manos de los ciudadanos. La sociedad se liberaba.

—En cierto modo sí —respondió el hombre de la DARPA—. Los ciudadanos ganaron poder. Además, las dictaduras se vieron amenazadas. La Primavera Árabe se desencadenó gracias a Facebook, por ejemplo.

—La Hermandad Musulmana, el movimiento que inspiró a Al-Qaeda, acabó tomando el poder en Egipto. ¿Consideras eso una verdadera liberación?

—Fue una elección de los ciudadanos.

—¿Y Trump? ¿Lo eligieron los ciudadanos o fue el resultado de una manipulación gigantesca?

—Eh...

La pregunta de Tomás era fulminante y dejó al estadounidense sin saber qué responder. Tampoco hacía falta porque era una pregunta retórica; el historiador no esperaba respuesta.

—Los seres humanos son seres sociales —recordó—.

Sobrevivimos y nos imponemos en el planeta por varios motivos, pero uno de los principales es nuestra organización social.

Para funcionar en sociedad, las personas deben tener determinadas características.

Una de las más importantes es el comportamiento de grupo.

Cuando no me relaciono con el grupo, me aíslo.

Conviene establecer relaciones virtuosas con los otros miembros y, para ello, la opinión que los demás tienen de mí es muy importante.

Si soy de su agrado, me integraré y sobreviviré.

Si no les gusto, me expulsarán y quedaré aislado.

La mayor parte de los seres humanos no sobrevive sin el apoyo del grupo.

—Elemental. Las personas necesitan al grupo y los grupos forman las sociedades. Para funcionar, los grupos establecen reglas, las cuales implican la validación de cada miembro. ¿Y qué? ¿A dónde quieres llegar?

—¿Cómo sé que los demás me aceptan?

—A través de los elogios y de las palmaditas en la espalda. —Weilmann se rio; la respuesta era obvia—. Si no les caes bien, te critican. Las críticas son avisos para que te portes bien, porque, si no..., ¡a la calle!

—Es decir, como seres sociales, estamos programados para buscar la aceptación del grupo, que se obtiene mediante los elogios; la expulsión, mediante las críticas. Pero, Kurt, ¿cuántos elogios has oído a lo largo del día de hoy, por ejemplo?

Él volvió a reírse.

—Ninguno, man . Mira, desde que llegué y me senté contigo, lo único que he oído son desgracias.

—¿Tienes página en Facebook?

—Sí, claro.

—¿Cuántos likes recibes al día?

—No lo sé. Cincuenta, sesenta, setenta... Depende.

—Es decir, Facebook, al igual que Twitter, YouTube y otras redes sociales, ofrece a cada persona mucha más aceptación que la sociedad real —constató—.

Por lo tanto, si estamos psicológicamente programados para buscar los elogios y evitar las críticas —porque somos seres sociales—, ¿dónde vamos a encontrar más aceptación que en las redes sociales?

Los estudios neurológicos muestran que, cada vez que recibimos un like o un comentario positivo, en nuestro cerebro se liberan pequeñas cantidades de dopamina.

Es decir, sentimos placer. Y ese placer es adictivo; nos pasamos la vida publicando en redes para obtener más likes y comentarios positivos; así una y otra vez.

Nos volvemos adictos a los likes y a los comentarios favorables.

Weilmann reflexionó.

—Nunca lo había pensado de esa forma.

—Los likes y los comentarios positivos de las redes no solo nos muestran mucha más aceptación que la vida real —lo que significa más placer—, sino que además alcanzan a mucha más gente.

Los estudios dicen que el ciudadano medio tiene un círculo máximo de amigos y conocidos de unas ciento cincuenta personas.

Pero en las redes sociales podemos llegar a cientos, miles...

, ¡millones! La aceptación es infinitamente mayor y más gratificante que en la vida real. Es dopamina tras dopamina.

—Cierto.

—Integrarse en grupos significa forjar identidades —recordó Tomás—.

Yo me identifico con el grupo y él se identifica conmigo.

Creamos una identidad. Es instintivo, proviene de nuestra naturaleza como seres sociales.

Incluso genera fenómenos extraños. En la película El planeta de los simios , por ejemplo, en el rodaje se observó que los actores disfrazados de gorila, sobre todo, buscaban la compañía de otros actores disfrazados de gorila, y lo mismo ocurría entre los disfrazados de chimpancé.

El estadounidense soltó otra risa.

—¿Bromeas?

—Lo digo en serio. Se ha comprobado que, al integrarse en un grupo, aunque sea aleatorio, las personas instintivamente crean identidades y se mantienen fieles a ellas, aunque sean puramente arbitrarias y artificiales.

Este es mi grupo, esta es mi tribu, esta es mi identidad.

Ahora bien, los grupos compiten entre sí.

Nosotros contra ellos. Chimpancés contra gorilas.

Yo por aquí, ellos por allí. En el caso de los actores de El planeta de los simios , no tuvo consecuencias.

Pero... ¿y cuando hablamos de grupos de verdad?

Clubes de fútbol, partidos políticos, ideologías, clases sociales, nacionalidades, etnias...

La identidad conduce al antagonismo, el antagonismo conduce al enfrentamiento.

Y los enfrentamientos generan dos emociones fundamentales: miedo y odio.

Como les tengo miedo, los odio. Las emociones dominan nuestro comportamiento. ¿Lo entiendes?

—Lo entiendo, lo entiendo. Pero, man ..., ¿a dónde quieres llegar con todo esto?