El protocolo del caos LXXXIX
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LXXXIX

Que en la misma frase se hiciera referencia al presidente de Estados Unidos y se usara el término kompromat era lo bastante grave como para hacer temblar a cualquier estadounidense, o a cualquiera que defendiera las democracias liberales.

Kurt Weilmann no era excepción. Si una potencia dictatorial poseía un informe capaz de comprometer y chantajear al líder de Estados Unidos, eso significaba que todo Occidente corría un grave peligro.

Al escuchar la palabra kompromat , el responsable de la DARPA volvió a fijar la mirada en el smartphone que Tomás Noronha había recuperado, no por curiosidad, sino con miedo, casi pánico.

Después de todo lo que había oído de boca de su interlocutor, tenía la clara noción de que su contenido era absolutamente explosivo.

—Oye, man , cuando dices kompromat , ¿a qué te refieres exactamente?

— Kompromat significa que existe material altamente comprometedor —recordó el historiador—.

Puede ser verdadero o estar falsificado.

Documentos, fotografías o vídeos que, si se hacen públicos, pueden avergonzar de manera grave.

Es precisamente eso lo que los rusos me están haciendo con el deepfake que...

—No hace falta que me expliques lo que ya sé —se impacientó Weilmann, cuya atención seguía clavada en el teléfono—. Lo que quiero saber es si existe algún kompromat sobre Trump. Y, ya de paso, si existe, ¿de qué tipo?

—Hay muchas probabilidades de kompromat —recordó Tomás sin responder directamente a la pregunta—.

Trump hacía muchos negocios con los rusos y, aunque todos fueran legítimos, no hay forma de garantizar que se tratara siempre de dinero limpio.

El FSB podría haber hecho alguna transferencia o haber guardado un registro comprometedor, por ejemplo.

—Cierto.

—La ayuda de los rusos durante la campaña de Trump también es susceptible de convertirse en kompromat .

Sabemos que el FSB y el GRU hackearon al Partido Demócrata y robaron gran cantidad de material.

Hay indicios claros de que la campaña se alió con los rusos, es decir, colaboró con una potencia extranjera para interferir en el proceso electoral de Estados Unidos.

Eso es gravísimo y, de ser cierto, podrían chantajearlo con eso.

Las sucesivas mentiras de sus colaboradores acerca de las reuniones con los rusos muestran que intentaban ocultar algo.

Si no hicieron nada ilegal, ¿por qué mentir?

Pero si hubo algo ilegal —una alianza con una potencia dictatorial extranjera lo es—, entonces los rusos dispondrían de un kompromat contra Trump.

—El comportamiento del presidente apunta a eso —admitió el hombre de la DARPA—.

Su constante servilismo respecto a Putin, las conversaciones a solas entre ambos sin traductor estadounidense, el intento por parte de sus colaboradores de establecer canales con la embajada rusa que no pudieran ser interceptados por la CIA o el FBI, pero sí por el FSB y el GRU, el hecho de que Trump tratara de adoptar políticas contrarias a los intereses del país pero coincidentes con los intereses estratégicos y tácticos de Rusia —como la desarticulación de la OTAN y el levantamiento de las sanciones por la invasión de Ucrania—, todo eso es muy sospechoso.

Pero, insisto, sospechas no son pruebas. Hay que saber qué hay en ese teléfono.

Una vez más, las miradas de los dos hombres se clavaron en el smartphone . Ahí estaba la clave.

—Hay una tercera fuente de kompromat .

Weilmann casi dejó escapar un gemido de dolor. Conocía demasiado bien los métodos del FSB y del GRU como para no temer lo que venía.

—Dime.

—Donald Trump estuvo en Moscú varias veces —recordó Tomás—.

Era un objetivo navodka de interés indudable, sobre todo, desde que manifestó su intención de postularse a la presidencia de Estados Unidos.

Durmió en los mejores hoteles de la ciudad.

¿Acaso crees que el FSB y el GRU no iban a registrar todo lo que hacía y decía, para así engordar su expediente?

—Por supuesto —coincidió Weilmann, temiendo las siguientes palabras de su interlocutor—. Con un navodka con ese perfil, no lo dudo.

—¿Y no crees que las habitaciones en las que se alojó estarían bajo intensa vigilancia electrónica, con cámaras y micrófonos ocultos por todas partes?

—Es altamente probable.

—¿Y no te parece plausible que, durante una fiesta o cualquier otro evento, el FSB o el GRU reclutasen a unas mujeres rubísimas, de pechos exuberantes y formas sinuosas, y se las pusieran a Trump delante de las narices para ver cómo reaccionaba?

Ayayay.

—Sí...

—¿Y cómo reaccionaría él al ver a esas mujeres voluptuosas insinuándose? ¿Crees que diría vade retro , Satanás; yo creo en la santidad del matrimonio, soy muy casto e infinitamente fiel a mi dulce Melania?

Tomás lo dijo con teatralidad, para subrayar lo absurdo de la proposición. El estadounidense se pasó la mano por la frente para secarse las gotas de sudor que afloraban.

—Eh..., no lo sé.

El portugués soltó una carcajada.

—¿No lo sabes? ¡Estamos hablando de Donald Trump, el hombre que delante de una cámara dijo de las mujeres hay que «agarrarlas por el coño», o «intenté tirármela pero estaba casada»!

¡Estamos hablando de un hombre declarado culpable de treinta y cuatro cargos en un proceso relacionado con el dinero que pagó a una actriz porno por mantener sexo con ella mientras su mujer, Melania, estaba embarazada!

¿Hablamos del mismo Donald Trump o de otro?

Weilmann levantó las dos manos en señal de rendición.

— Okey!Okey! Si el FSB y el GRU pusieron a esas mujeres delante de Trump, algo que forma parte de los métodos de trabajo habituales de los rusos, me parece evidente que él se las llevó a la habitación.

—¿A qué habitación te refieres? ¿A la que estaba llena de cámaras y micrófonos ocultos para grabar todo lo que decía... y hacía? ¿A esa habitación?

Weilmann señaló el smartphone .

—¿Qué hay ahí? —preguntó, ya exasperado—. Cuéntame, ¿qué has encontrado?

Tomás cogió el teléfono y se lo fue pasando de mano a mano, como si jugara con él. O con su interlocutor.

—He encontrado un expediente.

—¿Cuál? —inquirió el responsable de la DARPA, ansioso—. ¿Eh? ¿Qué dice?

El historiador volvió a dejar el smartphone sobre la mesa y miró a Weilmann con expresión severa. Se había acabado la broma.

—Dice lo que ya has intuido.

El otro tragó saliva.

—Dímelo.

—El expediente indica que fue en 2013 —relató Tomás—.

Al parecer, Trump se alojó en la suite presidencial del Ritz-Carlton de Moscú, la misma habitación en la que se hospedaron Barack y Michelle Obama en una de sus visitas oficiales a Rusia.

Pues bien, el expediente que está en el teléfono señala que Trump llevó a varias prostitutas a esa suite y les pidió que orinaran en la cama con el fin de ofender así a la pareja Obama.

— Jesus Christ! ¿Eso está en el smartphone ?

—Está todo aquí —confirmó Tomás, tocando el aparato—.

Ahora bien, si esas imágenes existen de verdad, calcula el poder que Putin puede llegar a tener sobre Trump.

De hecho, bastaría con que él supiera que Putin podría utilizarlas en cualquier momento, como ha hecho con otras personas, para mantenerlo en vilo.

Además, el expediente señala que un alto funcionario de la administración presidencial de Putin, Ígor Diveykin, informó explícitamente a Carter Page, asesor de política exterior de la campaña de Trump, en una reunión secreta en Moscú, de que la dirección rusa estaría en posesión de material perjudicial, por lo que debería tenerlo siempre en cuenta en sus relaciones con Rusia.

Los dos hombres se quedaron en silencio.

No había mucho más que decir. Era demasiado para Weilmann.

No es que fuera partidario de Trump —en Washington pocos lo eran—, pero que hubieran reunido toda esa información, con sus sospechas y terribles posibilidades, sobre el presidente de su país no era algo fácil de asimilar.

Incluso aunque nunca se usara el kompromat , el mero hecho de que un presidente supiera que su adversario estaba, o podría estar, en posesión de material comprometedor constituía una gravísima amenaza para la seguridad nacional y para la ejecución de sus políticas.

Y no solo Trump había estado expuesto: también una serie de colaboradores de primer orden, desde el secretario de Estado hasta el asesor de Seguridad Nacional, pasando por consejeros de política exterior y por sus propios hijos y yerno.

Todos con vínculos con Rusia, todos expuestos a potenciales situaciones de kompromat , todos susceptibles de ser chantajeados.

Era impensable. El escenario del candidato de Manchuria. El sueño de Rusia y de todas las dictaduras, la pesadilla de Estados Unidos y del Occidente liberal y democrático. Por lo visto, ese escenario existía y no se trataba de ficción o una mera posibilidad abstracta, sino de la vida real.

Respiró hondo y se resignó. Después, el responsable de la DARPA se puso de pie y se inclinó sobre la mesa para agarrar el teléfono.

—Bien, me llevo esto y...

Tomás se sorprendió.

—¿Dónde vas?

—Quiero decir..., me voy, claro. Has encontrado el smartphone y me has descrito su contenido. Ahora tengo que ir a mi habitación, preparar un informe y enviarlo a...

—Pero si todavía no he terminado.

Weilman estaba atónito.

—¿Ah, no?

El portugués le cogió el teléfono de la mano y esta vez lo posó a su lado, fuera del alcance de su interlocutor.

—Falta lo peor.