LXXXVIII
La posibilidad daba miedo y, de confirmarse, sería una de las mayores pesadillas de Occidente en general, y de Estados Unidos en particular.
¿El presidente era un agente al servicio de una dictadura determinada a destruir las democracias liberales y a Occidente?
En la cultura estadounidense, esa hipótesis era conocida como «la del candidato de Manchuria». Una pesadilla.
Kurt Weilmann estaba asimilando lo que acababa de escuchar, pero le costaba creer que algo así pudiera suceder. Tenía que ser ficción. Sin embargo, los hechos eran irrefutables y, aunque no pudieran considerarse pruebas, lo ponían nervioso.
—Admitamos, como mera hipótesis con la que trabajar, que Trump se convirtió en un seksot , un agente al servicio de Rusia —propuso el hombre de la DARPA—. Pero, si así fuera, sería un agente involuntario, ¿no?
—Podría ser, pero siempre y cuando el seksot fuera un agente voluntario —aclaró Weilmann—.
La decisión de avanzar a esa fase depende del análisis de cada persona, incluidos su perfil psicológico y sus motivaciones, así como de la mejor forma de manipularlo.
Como agente involuntario, no se habría dado cuenta de que estaba hablando con espías.
Es más, la mayor parte de los que se ven involucradas en actos de traición ni siquiera son conscientes de que están cometiéndolos hasta que ya es demasiado tarde.
Siempre empiezan con encuentros perfectamente legítimos y aparentemente inocuos que sirven para ganarse su confianza.
Por ejemplo, «estoy aquí en Moscú, ven a cenar a este bonito restaurante con unos rusos muy simpáticos, nos tomamos unas copas; eres muy amable, tu gente me ha comprado muchas cosas, ahora me vas a ayudar a construir un magnífico hotel aquí en Rusia, vamos a colaborar para ayudarnos mutuamente, voy a ganar mucho dinero, vamos a ser los mejores amigos».
Todo muy inocente... Aparentemente, claro.
—En 2013 Trump llegó a escribir un mensaje en el que le preguntaba a Putin si sería su nuevo mejor amigo.
El estadounidense abrió los ojos como platos.
—¿Él escribió eso?
Tomás le señaló el smartphone .
—Está todo ahí —aseguró—. En ese momento, Trump estaba organizando el concurso de Miss Universo en Moscú y al parecer cenó con empresarios y políticos rusos.
Uno de ellos, exministro de Economía y CEO del mayor banco ruso, reveló que se había mostrado muy favorable a Rusia.
No llegó a encontrarse personalmente con Putin, pero parece ser que el presidente ruso le envió un mensaje amistoso.
—¡Joder!
—Y justo después de ese viaje, Trump entró en serio en la carrera a la Casa Blanca —señaló Tomás—.
Conviene recordar que Barack Obama había sido reelegido presidente el año anterior, en 2012.
En ese momento, Trump escribió un tuit diciendo que estaba en contra de la reelección y que deberían organizar una marcha en Washington.
—Me acuerdo de ese tuit.
El portugués volvió a señalar el móvil que había recuperado de las manos de Leroy Roderick.
—Lo que no sabes es que, minutos después del tuit de Trump, un exdiputado del partido de Putin, un tipo llamado Konstantin Rykov, le escribió para ofrecerle su ayuda para convertirse en presidente de Estados Unidos.
Trump respondió con una imagen suya levantando el pulgar.
La idea de Rykov, un propagandista del primer canal de televisión ruso y uno de los mayores bloggers pro-Kremlin del país, era lanzar una campaña al estilo soviético de gestión de la percepción de la realidad.
—¿Eso le propuso?
Tomás consultó su cuaderno.
—Lo tengo todo anotado —dijo—. Rykov escribió: «¿Cuál era nuestra idea?
Teníamos cuatro años y dos días por delante...
Era necesario garantizar la victoria de Donald en las elecciones para la presidencia de Estados Unidos.
Crear una unión política entre su país, Francia y Rusia, y otros estados, y establecer un nuevo orden mundial.
Una idea loca, pero podíamos llevarla a cabo.
Para ello, Donald Trump decidió invitar al departamento especial científico de la Universidad de Cambridge».
Weilmann, incrédulo, miraba fijamente el smartphone .
—Conozco a Rykov, es una figura relevante. ¿Esa declaración está registrada en el móvil?
—Enterita. Incluso la fotografía de Trump con el pulgar levantado como respuesta al mensaje de Rykov.
—¡Guau!
—Después llegó la campaña para las elecciones presidenciales.
El FSB y el GRU se infiltraron en los servidores del Partido Demócrata y obtuvieron mucho material sobre Hillary.
Era prácticamente inocuo, pero con la ayuda de Julian Assange de WikiLeaks, y también de QAnon y sus delirantes teorías de la conspiración, incluido el Pizzagate, lograron que pareciera que el material contenía información muy comprometedora.
John Podesta, los encargos de pizza que supuestamente eran niños que serían violados, las élites, la pederastia... Toda esa locura.
—Lo recuerdo bien —apuntó Weilmann—. Trump incluso llegó a pedir públicamente a Rusia que difundiera todo lo que tenía sobre Hillary Clinton.
Tomás volvió a señalar el smartphone , insinuando que también estaba registrado.
—Aquí están los detalles de cómo llegó esa información a Trump —le reveló—.
Desde 2006, su hijo, Donald Trump Jr., era un visitante habitual.
En 2016, a través de intermediarios rusos, recibió un mensaje que decía que poseían documentos oficiales e información incriminatoria sobre Hillary Clinton que favorecerían mucho a su padre.
Ese contacto se estableció por mediación de intermediarios.
—Una técnica clásica de inteligencia —dijo Weilmann.
—Se concertaron reuniones con los rusos en las que estuvieron presentes Donald Trump Jr., Paul Manafort y Jared Kushner.
Esas reuniones se realizaron. A continuación, y sin que en su momento se comprendiera muy bien por qué, Trump apeló a Rusia para que hiciera públicos los resultados de su espionaje contra Estados Unidos, una declaración que un antiguo director de la CIA calificó de «traición».
Ahora dime, Kurt: ¿qué se puede concluir de esta secuencia de hechos?
—¿No es evidente? —respondió el responsable de la DARPA—. Trump estaba en connivencia con Rusia.
—Amplia connivencia —matizó Tomás—. Montaron una operación con una empresa británica, Cambridge Analytica, para manipular a los estadounidenses a través de las redes sociales y convencerlos de votar por Trump.
Tengo motivos para creer que el dueño de este teléfono, un ruso que operaba desde San Petersburgo, estuvo implicado.
Como resultado, Trump fue elegido presidente de los Estados Unidos.
Weilmann suspiró.
—El resto es historia.
—Pero esa historia aún no se conoce del todo, Kurt —advirtió el historiador, señalando de nuevo el teléfono—.
Está toda en este aparato. Los rusos tienen objetivos estratégicos y objetivos tácticos.
El principal objetivo estratégico es provocar el colapso de Occidente.
Eso implica cortar el vínculo entre Estados Unidos y Europa, materializado en la OTAN, la organización que más teme Putin.
Para lograrlo, es imprescindible minar a los estadounidenses desde dentro.
Eso exige que Rusia plante en el corazón de América a un agente capaz de sembrar el caos y la división.
—Parece una descripción exacta de Donald Trump.
—Pero también hay objetivos tácticos. El primero es acabar con las sanciones occidentales por la invasión de Ucrania.
Rusia finge que no le hacen daño, pero es pura propaganda.
Hacen daño y mucho. La prioridad inmediata es que terminen.
El Kremlin se lo habrá dejado muy claro a los colaboradores de Trump, empezando por Carter Page, a quien nombró asesor de política exterior en su campaña.
Al parecer, los rusos también trataron este asunto con el general Flynn, aunque él lo niegue.
Hay información que indica que, al inicio de la presidencia de Trump, la Casa Blanca solicitó al Departamento de Estado un plan para levantar las sanciones, pero el Congreso se opuso rotundamente.
Peor aún: aprobó un nuevo paquete, lo que enfureció al presidente.
Putin respondió expulsando a más de setecientos diplomáticos estadounidenses...
y Trump, ¡acuérdate!, le dio las gracias.
El responsable de la DARPA puso los ojos en blanco, incómodo; el recuerdo del episodio aún le dolía.
—Trump siempre tan servil con Putin —constató—. Es muy raro.
—El comportamiento del presidente de los Estados Unidos con Putin era sumamente sospechoso —añadió Tomás—.
Cuando la versión de los servicios de inteligencia chocó con la de Putin, Trump prefirió creer a este último.
Es más: a lo largo de su vida, ha insultado a casi todo el mundo, incluidos miembros de su propio partido y hasta aliados de Estados Unidos.
Pero cuando se trata de Putin, solo le falta ponerse de rodillas y besarle los pies.
«Es listo», lo elogió. ¿Cuando Putin invadió Ucrania?
Lo llamó «genio». De su intervención en ese país ha dicho que es «maravillosa».
Cuando habla de Putin parece embobado, dice que «tiene experiencia» y que «es muy muy fuerte».
—Sí, solo piropos...
—¿Qué pasó cuando el director del FBI empezó a investigar las relaciones de varios de sus colaboradores con Rusia?
Trump lo despidió. Y ¿qué hizo un día después?
Recibió al ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, y al embajador ruso en Washington en el despacho oval de la Casa Blanca.
Y lo peor fue que impidió que la prensa cubriera el encuentro.
Más raro aún: aceptó que estuviera presente un fotógrafo de la agencia rusa TASS con todo su material técnico.
Weilmann no sabía ya hacia dónde mirar.
—Todo el mundo sabe que, en la época soviética, muchos periodistas de TASS en realidad eran oficiales de los servicios de inteligencia, concretamente de la KGB y del GRU. Dejar entrar a esa gente en el despacho oval con material técnico... Francamente, no sé qué decir.
—Está el tema de la OTAN —añadió Tomás—.
Como hemos visto, el objetivo estratégico de Rusia es deshacerla y romper el vínculo entre Estados Unidos y Europa.
Mira qué coincidencia: de pronto Trump empezó a hacer declaraciones destinadas a desmantelarla y a romper ese vínculó con Europa.
El presidente la describió como «obsoleta» y tildó a sus aliados en la Alianza Atlántica de «grupo de delincuentes».
Y, por si fuera poco, llegó a decir que, frente a Rusia, «alentaría a los aliados a hacer lo que les diera la gana» respecto a destinar, o no, el dos por ciento de su PIB a la defensa.
Fuentes de la propia Administración revelaron que, en privado, llegó incluso a plantear la posibilidad de que Estados Unidos se retirara de la OTAN, afirmando que no veía la necesidad de que la organización existiera.
El responsable de la DARPA movía la cabeza con un gesto de desaprobación.
—El mismo discurso de Putin.
—Es como si el presidente ruso manejara a Trump a distancia —subrayó el historiador—.
Fue aún más palpable durante la cumbre del G20 en Alemania.
En un concierto, Trump tenía un asiento reservado junto a la esposa del presidente de Argentina.
De repente, se levantó y fue a sentarse a otro lugar. Adivina dónde.
—Junto a Putin.
—Exacto. No fue Putin quien fue a verlo a él.
Fue Trump quien fue a ver a Putin. El subordinado fue a rendir vasallaje a su señor.
Estuvieron los dos un buen rato conversando solo con la presencia del intérprete de Putin.
Trump no quiso que el traductor estadounidense oyera lo que decían, quién sabe por qué.
No solo vulnera las normas de seguridad, como bien sabes, sino que muestra que no quería que nadie de Occidente los escuchara.
Además, Trump había faltado a la mayoría de las sesiones plenarias del G20 y con quien más tiempo pasó durante la cumbre no fue con un aliado.
Fue el presidente ruso... y lo hizo en secreto.
¿Sabes qué dijo Garry Kaspárov de esa conversación?
Que Trump había ido a reunirse con el oficial de la KGB encargado de controlarlo.
—¿Quieres que te diga lo que eso significa? —preguntó Weilmann—. Mi experiencia me dice que una persona que hace eso ha dejado de ser un agente involuntario y se ha convertido en agente voluntario. Un idiota útil. La cuestión es saber qué ventajas ha obtenido.
—Dos de ellas son evidentes —respondió Tomás—.
Por un lado, a lo largo de su vida profesional Trump ha recibido ingentes sumas de dinero procedentes de Rusia.
Está claro que no era desinteresado, sino una especie de soborno.
O una trampa, no lo sé. Por otro lado, recibió el apoyo ruso para su elección como presidente de los Estados Unidos.
No solo le favoreció el hackeo al Partido Demócrata que dio pie al Pizzagate y a la locura de QAnon, sino que también contó con trolls y bots rusos que manipularon las redes sociales a su favor.
Conocemos los resultados: al final ganó las elecciones.
—Tiene sentido —afirmó el estadounidense—. Recibió ayuda rusa y durante su presidencia hizo lo posible para corresponder con un gran esfuerzo para lograr levantar las sanciones y socavar la OTAN y la alianza con Europa.
—Pero hay más.
—¿Más?
El historiador volvió a coger el smartphone que había recuperado de las manos de Leroy Roderick para dejar claro que aquel aparato guardaba aún más indicios. Y peores.
—Está el problema del kompromat .