El protocolo del caos LXXXVII
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LXXXVII

Bastó escuchar esa insinuación para que el rostro de Kurt Weilmann se pusiera rojo como un tomate.

Estuvo un buen rato sin abrir la boca ni emitir un solo sonido, indignado con la idea y, al mismo tiempo, horrorizado; sobre todo porque quería desmentirla, pero, simultáneamente, no era capaz de hacerlo.

—¿Trump un agente ruso?

Tomás Noronha permaneció impasible.

—¿Te parece imposible?

La pregunta iba directa al meollo del asunto.

Decir que los presidentes Roosevelt, Truman, Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush padre, Clinton, Bush hijo, Obama y Biden podían ser agentes rusos sería absolutamente ridículo.

Cero por ciento de posibilidades de que algo así pudiera ser cierto.

El hombre de la DARPA lo habría rechazado sin dudar.

El problema era que no se sentía capaz de hacer lo mismo respecto a Donald Trump.

Y a ciencia cierta sabía que eso no era normal.

Aunque sospechar no equivale a tener certezas.

Ni a culpabilidad. Quizá sí en Rusia, o en las dictaduras en general, pero no en un Estado de derecho, no en una democracia liberal, no en Occidente.

—Una alegación así es muy grave —dijo con tono serio—. ¿Dónde están los indicios o las pruebas?

Con movimientos pausados y medidos, el portugués metió la mano en el bolsillo y sacó un smartphone . Lo puso sobre la mesa.

—Aquí.

La mirada de Weilmann se posó en el aparato.

—¿Es lo que creo que es?

—Sí.

—¿El móvil que buscan los rusos?

—Sí.

El estadounidense mantuvo la mirada fija en el smartphone , como si debatiera interiormente si debía cogerlo o no.

—¿Ya le has echado un vistazo?

—Lo he visto todo.

Weilmann no pudo resistir y tomó el aparato. Lo giró para examinarlo.

—¿Y bien...?

La pregunta quedó flotando en el aire, dado que en ese momento el empleado del hotel volvió con el pedido. Sobre la mesa dejó la cerveza, el gin-tonic , los cacahuetes y las gambas fritas. Cuando se alejó, Tomás dio un trago a su cerveza antes de responder.

—Es posible que Donald Trump fuera declarado navodka , un objetivo pequeño, en 1977 —reveló—.

Ese año se casó con Ivana Zelnicková, una modelo checoslovaca, y los registros muestran que los servicios de inteligencia checos empezaron a vigilar a la pareja.

Los espías del país violaron su correspondencia, vigilaron a su familia en Estados Unidos y a la pareja cuando visitó a la de Ivana en Checoslovaquia.

Welmann agitó el móvil que aún sujetaba en la mano.

—¿Hay registro de todo eso aquí dentro?

—Está todo ahí.

Al escucharlo, Weilmann dejó de inmediato el smartphone sobre la mesa, casi como si quemara. O como si tuviera miedo de lo que había dentro.

— Fuck,man! —exclamó—. ¡La bomba!

—¿Entiendes ahora por qué los rusos están tan empeñados en recuperar este móvil?

—Sí —asintió—. Pero ¿por qué motivo en esa época los servicios de inteligencia comunistas estaban tan interesados en Trump?

—¡Lo acabas de decir! —recordó el portugués—.

Son pacientes y cultivan a sus agentes durante mucho tiempo.

Se interesaron por Trump por varias razones.

En primer lugar, su mujer era oriunda del bloque comunista.

En segundo lugar, Trump crecía en el mundo inmobiliario y se hacía famoso en Estados Unidos.

Y, por último, su mujer mencionó que él había empezado a interesarse por la política.

La suma de esos tres elementos llamó su atención y vieron en él una pequeña oportunidad que se abría, lo que muy probablemente llevó a Trump a convertirse en un navodka , un objetivo pequeño con potencial.

—Fue entonces cuando los checoslovacos alertaron a los rusos...

—Cuando Trump empezó a parecerles lo bastante importante, con toda probabilidad.

Por eso, nueve años después, Trump mantuvo una conversación con el embajador soviético ante las Naciones Unidas en Nueva York y, a continuación, recibió una invitación para ir a Moscú.

La hija del embajador confirmó que el Gobierno soviético hizo un esfuerzo deliberado por acercarse a Trump y que una de las primeras cosas que su padre hizo al desembarcar en Nueva York fue precisamente visitar la Torre Trump para conocerlo.

Weilmann estudió los datos.

—Eso suena a un ejercicio clásico para cultivar lo que hasta entonces solo era un navodka , un simple objetivo de oportunidad —admitió—.

El embajador no habría hecho algo así sin instrucciones precisas de la KGB.

Al establecer contacto con Trump, los soviéticos lo habrían convertido en un doveritelnaya svyaz .

Un contacto confidencial. Pero, si bien conozco la forma de actuar de la KGB, le habrán puesto delante cualquier caramelo para seducirlo.

¿Sabes si le hicieron alguna promesa irresistible?

—Le hablaron de una Torre Trump en Moscú —confirmó Tomás—. Los soviéticos anunciaron que la principal agencia de la Unión Soviética, Goscomintourist, estaba interesada en asociarse con él para construir y gestionar un hotel en la capital.

—La KGB estaba detrás de todo eso, claro como el agua —murmuró el estadounidense—. ¿Para qué necesitaban a Trump los soviéticos? ¿Para construir un hotel? No. Era la excusa. La técnica de seducción es vieja: abrir un tarro de miel para atraer a la abeja hacia la telaraña.

—Trump fue a Moscú. Exagentes rusos revelaron que la práctica habitual en este tipo de situaciones es una acogida cálida, con fiestas y chicas deslumbrantes y todo lo que te puedas imaginar, con el único objetivo de obtener información y guardarla para su uso futuro.

Lo instalaron en la suite Lenin del Hotel Nacional, junto a la Plaza Roja.

Weilmann estaba estupefacto.

—¿Eso está en el smartphone ?

—Está todo.

—¡Guau! —exclamó—. El Hotel Nacional está al lado del complejo de Goscomintourist, controlado por la KGB, y todo el mundo sabe que la suite Lenin está llena de micrófonos.

Eso significa que todo lo que dijo en Moscú quedó registrado y guardado en un informe de la KGB con su nombre.

Si lo hicieron, sabes cuál es el paso siguiente, ¿cierto?

—Guardaron el material para poder usarlo en el futuro.

La estupefacción del hombre de la DARPA iba en aumento.

—¡Santo Cielo!

—Pero espera, que la cosa se pone aún más interesante —lo avisó Tomás—.

Al regresar de su viaje a Moscú, Donald Trump dio las primeras grandes señales de que le interesaba la carrera política.

Menos de dos meses después, The New York Times publicó una noticia en la que él decía que no descartaba presentarse a la Casa Blanca.

— Fuck! —maldijo Weilmann—. ¿Fue a Moscú en un viaje probablemente controlado por la KGB y, acto seguido, dijo que podría presentarse a la presidencia de Estados Unidos?

No puede haber sido casualidad, man . Es más, una de las máximas de los servicios de inteligencia es que las coincidencias dan mucho trabajo.

Y sobre lo de construir un hotel en Moscú...

apuesto a que se quedó en agua de borrajas.

—Exacto.

—Típico de la KGB. Nunca tuvieron intención de construirlo. El hotel fue solo la excusa para establecer contacto con Trump y seducirlo con un espejismo. El tarro de miel para atraer a la abeja. El objetivo era claramente otro.

—Razrabotka.

—Atrapar a la abeja en la telaraña —confirmó el estadounidense—. Lo que de verdad querían, además de transformarlo en un doveritelnaya svyaz , un contacto confidencial, era tenderle una trampa y trabajarlo. Razrabotka .

Tomás peló y se comió unas cuantas gambas fritas y dio otro trago a su cerveza.

—Trump hizo varios intentos para construir la torre en Moscú, pero, a pesar de las promesas, todos sus esfuerzos fueron inútiles —dijo, retomando el relato—.

Además, a principios de la década de 1990 se vio obligado a acogerse al capítulo once de la declaración de quiebra por su casino Taj Mahal, por sus otros casinos en Atlantic City y por su hotel Plaza en Nueva York.

Es decir, Trump atravesaba profundas dificultades financieras.

Y he aquí que, en la década siguiente, vendió su mansión de Palm Beach.

—¡Pobrecito! —bromeó Weilmann—. Estaba desesperado.

—Pues bien, ese negocio tuvo particularidades insólitas.

Fíjate: Trump había comprado la mansión en 2004 por unos cuarenta millones de dólares y la vendió cuatro años después, en 2008, por noventa y cinco millones.

Pero por entonces el sector inmobiliario empezaba a registrar una caída de los precios, ya que la gravísima crisis de las subprime se había declarado el año anterior.

El comprador —qué curiosa coincidencia— era un multimillonario ruso.

No solo pagó una fortuna por la mansión en un momento de dificultades para el mercado inmobiliario, lo cual no es normal, sino que el edificio tenía moho y, para colmo, el tipo nunca entró en él.

Tras comprar la mansión en esas condiciones tan extrañas, el ruso jamás mostró un interés real, no llegó a vivir allí...

¡y acabó demoliéndola! La cuestión es esta: ¿por qué demonios iba un multimillonario ruso a querer comprarle a Trump una mansión con moho que nunca había visitado a un precio desorbitado en plena crisis inmobiliaria y luego echarla abajo?

La expresión de Weilmann dejaba claro lo que pensaba de ese negocio.

—El ruso habrá recibido órdenes superiores para salvar a Trump, no veo otra explicación.

—El dinero empezó a brotar de Rusia como si fuesen las cataratas del Niágara —observó Tomás, consultando su bloc de notas—.

El imperio de Trump se convirtió, en la práctica, en una especie de máquina de lavar dinero ruso.

Incluso cuando estaba en campaña, personas vinculadas a él intentaban obtener la autorización del Kremlin y financiación para la famosa y esquiva Torre Trump moscovita.

La verdad es que más de sesenta personas con pasaportes o direcciones rusas compraron propiedades en siete edificios de Trump por un valor de alrededor de cien millones de dólares.

Y eso sin contar las adquisiciones hechas por compradores no identificados, claro.

Fíjate en lo que dijo Trump Jr. en 2008 durante otra visita a Moscú: «Los rusos constituyen una proporción muy desproporcionada de muchos de nuestros bienes; veo muchísimo dinero viniendo de Rusia».

—Putin lo estaba financiando, parece evidente.

—Recapitulemos entonces todo el recorrido de Trump —propuso Tomás—. Los comunistas lo identificaron como objetivo navodka en 1977, establecieron contacto con él en 1986...

—Un doveritelnaya svyaz , claro.

—... y esperaron a ver hasta dónde iban a parar las cosas. Por fin, en 2008, decidieron invertir en él. En tu opinión, esa decisión de los rusos, ¿qué te dice sobre el estatus de Trump ante Rusia?

El responsable de la DARPA dejó escapar un largo y pesado suspiro, como si la evidencia lo aplastara.

—Lo que entiendo es que en 2008 podrían haberlo convertido en seksot .

Es decir, Trump se habría convertido finalmente en un agente.