El protocolo del caos XCI
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Al escuchar la palabra manipulación , Kurt Weilmann supuso algo que parecía obvio, sobre todo, tras la conversación sobre la elección de Donald Trump y los secretos guardados en el smartphone que los rusos habían perdido.

—Ya, te refieres a la interferencia de Rusia en las elecciones...

Por unos instantes Tomás no dijo nada. Su atención volvió a sus apuntes sobre el contenido hallado en el móvil.

—Si entras en YouTube y buscas quién es Michelle Obama, comprobarás que, tras un rato, más de la mitad de los resultados y casi dos tercios de las recomendaciones son vídeos en los que, de una forma u otra, la esposa de Barack Obama aparece como si fuera un hombre en secreto.

—¿Un hombre?

—Sí, un hombre. Los vídeos de YouTube afirman que es un hombre.

—¿Estás de broma?

—Si buscas sobre el papa, descubrirás que el diez por ciento de los vídeos que YouTube propone son teorías de la conspiración de lo más disparatadas —prosiguió el portugués—.

Que si es un antipapa, que si usa símbolos satánicos, que celebra ceremonias secretas de adoración al diablo...

Un sinfín de disparates que claman al cielo.

Y una búsqueda en YouTube sobre cuestiones relacionadas con el calentamiento global arroja un quince por ciento de resultados con teorías de la conspiración y negacionistas.

La sucesión de ejemplos era elocuente.

—Ya sabía que las redes sociales están llenas de mentiras —dijo Weilmann—. Pero... ¿tantas?

—Facebook anunció que solo el uno por ciento de las publicaciones en su plataforma puede clasificarse como embuste —reveló—. Y, ojo, es muy probable que ese número sea veraz.

—Un uno por ciento no es mucho —consideró Weilmann—. ¿Cuál es el problema?

—El problema, Kurt, no es que haya muchas o pocas mentiras en las redes sociales. Es que las mentiras sean deliberadamente privilegiadas frente a la verdad, ¿lo entiendes?

Su interlocutor hizo una mueca de incomprensión.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Mira las elecciones en Estados Unidos. —Tomás usó como ejemplo el tema del que hablaban—.

Tanto Donald Trump como Hillary Clinton publicaron un número más o menos similar de vídeos en YouTube para promover sus ideas y propuestas.

Sin embargo, más del ochenta por ciento de las recomendaciones favorecían a Trump.

Peor: una gran parte tenía que ver con información incendiaria o sencillamente falsa.

Los vídeos más populares, por ejemplo, eran sobre la supuesta implicación de Hillary en una red de pederastia de las élites estadounidenses en el sótano de una pizzería de Washington.

Pero esa pizzería no tiene sótano, no se ha detectado en ella ningún acto de pederastia y no hay ningún caso concreto que involucre a Hillary Clinton.

Se lo inventaron todo. Sin embargo, YouTube recomendaba esos vídeos a sus usuarios.

—¿Estás diciendo que las redes sociales privilegian las mentiras?

—¿No es evidente?

—Pero ¿por qué lo hacen?

—Porque las redes sociales son el reino de las emociones por excelencia, Kurt.

Publica un post titulado «Críticas a quienes discriminan por su etnia» y tendrás cincuenta likes .

Publica uno titulado «Mirad cómo humillé a un asqueroso racista nazi» y tendrás mil likes .

Los posts en sentido contrario reciben reacciones parecidas.

Uno titulado «Los problemas de la inmigración» logra cincuenta likes ; uno sobre «Los inmigrantes nos están quitando el trabajo y violan a nuestras mujeres», mil.

Si escribo un mensaje cargado de insultos e indignación justiciera recibo mil likes .

Entonces, para doblar el número de likes escribiré el siguiente mensaje con el doble de indignación y de insultos.

Y así, en esa sórdida búsqueda, duplico y duplico y duplico mensajes cargados de insultos e indignación.

Lo que importa no es la razón, es la emoción.

Las redes sociales apelan a la rabia, a la indignación, a la furia justiciera.

Se publican mensajes que proporcionen cada vez más likes , porque de esa forma se obtienen más descargas de dopamina.

¿Y qué hacen los motores de recomendación de las redes sociales?

Para Weilmann empezaba a ser evidente.

—Promueven los mensajes emocionales, que suelen contener más falsedades que los racionales.

—Los algoritmos son sistemas automáticos diseñados para captar más gente y retenerla en la plataforma el mayor tiempo, para que así ese espacio publicitario valga más.

Cuanta más gente esté en YouTube y más tiempo pase, más estarán dispuestos a pagar los anunciantes, porque esos anuncios podrán ser vistos por más gente y generarán más ingresos.

Pues bien, los algorimos promocionan los vídeos y mensajes con contenidos incendiarios porque son los que mejor captan la atención del público y los que más retienen a la audiencia. Tan simple como eso.

—Joder...

—A casi nadie le interesa que alguien escriba que Hillary se preocupa por los uigures en China; pero si alguien afirma que es una pederasta que viola y mata niños todo el mundo quiere verlo.

Tampoco hay muchas personas interesadas en saber que los rohinyás no están bien integrados en Myanmar; pero si alguien escribe que violan a mujeres budistas y tienen un plan secreto para conquistar el país y sustituir a los budistas, todos en Myanmar querrán verlo.

Las noticias sobre el Zika en Brasil no interesan; pero si alguien publica que las campañas de vacunación responden a una conspiración financiada por el diabólico Soros para que nazcan niños discapacitados con el objetivo de eliminar a la población brasileña y sustituirla por europeos blancos nazis, el interés aumenta.

A los algoritmos les da igual la verdad, ni siquiera saben qué es verdad.

Son amoralmente pragmáticos: están concebidos únicamente para atraer y retener al público, y lo hacen con enorme eficacia.

—A ver si lo he entendido: todo el sistema está montado para privilegiar la emoción y la falsedad —concluyó Weilmann—.

La gente publica cosas más incendiarias porque así obtiene más likes ; los algoritmos promocionan los contenidos más incendiarios porque captan más usuarios y los retienen más tiempo; y con eso se gana dinero con la venta de espacio publicitario.

Aun así, son los usuarios los que deciden qué quieren leer, ¿o no?

—Parece que son los usuarios los que mandan en las redes sociales, pero en realidad quienes mandan son los algoritmos.

Ese es el secreto. Manipulan el sistema y, como sabes, son cajas negras.

Nadie entiende bien qué ocurre ahí dentro.

Aunque las noticias falsas o incendiarias no sean mayoría en la red social, son las que los algoritmos promocionan y las que la gente ve cuando sigue las recomendaciones.

Como detectan qué noticias son las que interesan más al público, lanzan más y más noticias similares; entonces, la gente acaba saturada y se asusta.

A quienes les preocupa la inmigración reciben noticias sobre delitos cometidos por inmigrantes; a quienes les preocupa el racismo solo ven noticias de ataques racistas.

Eso no quiere decir que la inmigracion o el racismo no sean problemas reales.

Se alimentan esos problemas de forma artificial, se exageran, ya que las noticias en redes crean un bucle de refuerzo constante.

Es gravísimo, porque casi la mitad de la población accede a la información a través de esas redes.

El estadounidense abrió los ojos, horrorizado.

—¿Qué?

—Como lo oyes. El cuarenta y tres por ciento de los estadounidenses accede a las noticias a través de Facebook habitualmente, y la mitad reconoce que es su única fuente de información.

En general, en Occidente, la dependencia de las redes sociales para informarse también es alta.

Si en Facebook hay noticias que dicen que Hillary es pederasta, será porque lo es.

La mayoría no consulta otras fuentes para confirmarlo.

Si en Facebook hay noticias que dicen que las vacunas contra el Zika son peligrosas, o que el cambio climático no existe, o que el papa utiliza símbolos satánicos, deducen que también es cierto.

Todo lo que aparece en las redes sociales y parece una noticia se toma como noticia.

—¡Eso es gravísimo!

—¿Por qué crees que estamos hablando de ello?

La mayoría de la gente ya no consulta noticias en los canales tradicionales, televisión o periódicos; han pasado a consumir información en las redes sociales.

Los estudios indican que son más de dos tercios de los estadounidenses.

Si las redes sociales promovieran noticias inofensivas, como un gatito perdido en un barrio o la comunicación entre las ballenas, no habría ningún un problema.

El problema es que los algoritmos tienden a promover noticias falsas o que incitan a la violencia.

Como las redes sociales son espacios de polarización por excelencia y la gente está consumiendo las noticias que circulan en esas plataformas, también se polarizan y se radicalizan.

—Y actúan en consecuencia...

—No te quepa duda. Por ejemplo, cuando las redes sociales convencen a las personas de que las élites son una amenaza, muchas se aterrorizan y cogen las armas.

Mira el Pizzagate. Las noticias en Facebook y en YouTube sobre la supuesta red de pederastia llevaron a alguien a entrar a tiros en esa pizzería para «salvar a los niños».

Esto ocurrió de verdad. Cuando Facebook divulgó noticias sobre los planes secretos de los musulmanes para conquistar el mundo, hubo un tipo que entró en dos mezquitas de Christchurch y mató a decenas de musulmanes a tiros.

Es irónico porque los primeros que utilizaron las redes sociales para radicalizar a la gente e incitar a la violencia fueron precisamente los yihadistas.

Estas mentiras están teniendo efectos en el mundo real.

Weilmann no se lo podía creer.

—¿Y los responsables de las redes sociales? —preguntó—. ¿No hacen nada? ¿No actúan cuando en sus plataformas aparecen falsedades y mensajes que en la práctica son auténticas incitaciones a la violencia?

—Actúan, claro. Las empresas tecnológicas subrayan que no hay nada intrínsecamente malo en su tecnología; el problema está en la naturaleza humana.

Para afrontar ese problema, Facebook, X, YouTube y, en general, todas las empresas tecnológicas han creado departamentos cuya función es detectar mensajes, publicaciones y vídeos falsos o incendiarios y eliminarlos de sus plataformas.

Bloquean a quien incite a la violencia. De hecho, llegaron a vetar al propio Donald Trump en Twitter por ese motivo, aunque luego fue readmitido cuando Elon Musk compró la red y la rebautizó como X.

Muchas personas suben a las redes sociales contenidos falsos o incendiarios y las plataformas se dedican a buscarlos y suprimirlos.

Así es como aparecen en las redes cosas como «VerMorirNegros», «GasearJudíos» y «ViolarMujeres», por ejemplo.

Dado que las personas privilegian las cuestiones identitarias y las que suscitan emociones, por las razones que acabo de explicar, estos contenidos proliferan como setas.

—Pero si las redes sociales eliminan ese tipo de contenidos, ¿cómo se explica que sigan apareciendo?

—Las redes sociales subrayan que hay tanta gente subiendo ese tipo de mensajes que, pese a sus esfuerzos, es imposible identificarlos y eliminarlos todos.

Solo en Facebook hay más de dos mil millones de usuarios.

Es muchísimo, un cuarto de toda la humanidad, por lo que es inevitable que aparezcan cosas malintencionadas.

Un uno por ciento de falsedades puede parecer poco, pero si dos mil millones de usuarios publican cada día, ese uno por ciento son veinte millones de publicaciones falsas o incendiarias.

Es mucho. ¿Cómo se inspecciona lo que un cuarto de la humanidad inyecta en la red para poder eliminar diariamente veinte millones de posts peligrosos?

—Difícil.

—Es absolutamente imposible —señaló Tomás en tono perentorio—.

La naturaleza humana se revela en las redes sociales.

Aunque las empresas tecnológicas contaran con un millón de personas trabajando en esos departamentos —y no las tienen ni las tendrán—, no lograrían detectar ni el diez por ciento de todos los mensajes falsos o que incitan a la violencia.

—Ah, verdad. Inspeccionar dos mil millones de publicaciones al día en cientos de idiomas distintos no es viable.

—Además, internet fue concebida precisamente para dar voz y poder al ciudadano común, para acabar con la intermediación y poner fin a la censura —se apresuró a subrayar el historiador—.

Nació con una vocación libertaria: su proyecto es dar libertad a las personas y permitirles decir lo que quieran, sin filtros ni tabúes.

La libertad de expresión es el ideal fundacional de las redes sociales.

Pues bien, si ese es su valor último, ¿cómo se explica que participen activamente en acciones de censura?

Eso incomoda a sus responsables. Por eso suelen decir que la mejor manera de lidiar con los mensajes malignos no es eliminarlos, porque es imposible y porque no forma parte de su misión.

Defienden que los mensajes malos se combaten con más mensajes.

Más mensajes generan mejores mensajes. La solución no es eliminar, es añadir.

Weilmann ponderó el argumento.

—No deja de ser verdad.

El historiador hizo una pausa y, con gesto calmado, cogió su vaso de cerveza casi en las últimas. Como si tuviera todo el tiempo del mundo, peló unos langostinos fritos más y se los comió, acompañándolos con el resto de la cerveza.

Por fin posó el vaso ya vacío y volvió a mirar a su interlocutor con la expresión fatigada de quien ya ha visto demasiado mundo.

—Todo es una farsa.