El protocolo del caos LXXXV
89%

LXXXV

El rugido repentino de la tormenta fue suficiente para que los turistas abandonaran apresuradamente la playa; los relámpagos y el cielo plomizo anunciaban lluvia, y todo el mundo sabía que, cuando llovía en aquellas latitudes, lo mejor era correr en busca de refugio.

No era extraño; con la temporada de monzones venían intensas descargas de agua.

Qué pena, pensó Tomás Noronha, con los pies estirados sobre la barandilla del balcón, contemplando la amplia playa y el cabo de Sugandha, en la bahía de Bengala.

En otra ocasión se habría quitado la camisa y habría corrido por la arena hasta sumergirse en las aguas cálidas que lamían la orilla.

Pero no con la lluvia a punto de caer, ni en las circunstancias en que se encontraba. Tal vez otro día.

Las primeras gotas empezaron a oírse rítmicamente sobre el tejado. Deprisa, la lluvia se intensificó y el tintinear inicial se convirtió en un golpeteo cerrado, como si miles de piedras cayeran a la vez sobre las tejas que cubrían la amplia terraza del hotel.

—¡Maldita lluvia! —vociferó una voz nasal a su espalda—. ¿Es lugar para quedar con alguien?

Tomás volvió la cabeza y sonrió al ver al recién llegado.

—Siempre es un placer verte de buen humor, Kurt. ¿Te has bañado en la playa?

Kurt Weilmann estaba totalmente empapado. Traía una exótica camisa colorida, de esas hawaianas exuberantes que a algunos turistas estadounidenses les gusta ponerse cuando están de vacaciones.

—Muy gracioso —respondió el hombre de la DARPA, al tiempo que cogía una toalla que un empleado del hotel le entregó y empezaba a secarse—. ¿Por qué demonios has querido quedar conmigo en este shit hole ? Fuck,man! ¿No habría sido mejor en Lisboa?

Con un amplio gesto, el portugués señaló el paisaje frente al hotel.

—¿Estamos delante de la playa natural ininterrumpida más larga del mundo y te quejas?

Weilmann lanzó una mirada vagamente interesada hacia la arena y el mar.

—Vale, es bonita. Pero ¿por qué Cox’s Bazar? Espero que no haya sido una excusa para irte de vacaciones.

—Soy historiador, amigo. Durante muchos años esta zona perteneció a los reyes aracanos y a los mogoles.

Por lo visto, un príncipe mogol quedó tan hipnotizado por este lugar que lo llamó Dulahazara, el sitio de los mil palanquines.

Después llegaron los primeros europeos, los portugueses, y todo cambió.

Aún se pueden encontrar ruinas de la época colonial portuguesa en Chittagong, ¿lo sabías?

—Muy interesante —dijo Weilmann sin disimular su falta de interés—. Pero déjate de charlas y dime qué hago aquí.

Tomás recorrió la terraza del restaurante con la mirada para asegurarse de que podían hablar.

Había varias mesas preparadas para los clientes del hotel, pero, debido a las condiciones meteorológicas, había pocas personas.

Solo un hombre en una mesa lejana, aparentemente autóctono, y dos niños también de allí que jugaban bajo la lluvia en la arena, junto al hotel.

Como todo parecía tranquilo, el historiador sacó su bloc de notas y lo dejó sobre la mesa. Lo abrió en la página en la que había tomado apuntes. Los consultó.

—¿Qué es un seksot ?

—¿Un qué?

El portugués volvió a leer la palabra que había anotado.

—Un seksot . Creo que está relacionado con el espionaje ruso. Si te relacionas con la CIA, habrás oído el término.

La mirada de Weilmann se iluminó.

—¡Ah, la palabra rusa! —se percató—. Seksot era un diminutivo que utilizaba la KGB y ahora usa el FSB. Significa sekretni sotrudnik . Es decir, «colaborador secreto».

—¿Un agente secreto?

—Exacto.

—¿Hablamos de un espía tipo James Bond, pero en versión rusa?

—No exactamente —replicó el estadounidense—.

Los hombres del FSB se llaman a sí mismos oficiales de información.

Los agentes, a los que ellos llaman seksot , son las personas reclutadas por esos oficiales.

Por ejemplo, Kim Philby, el hombre del MI6 británico que trabajó para la KGB durante unos treinta años, era un seksot .

Tomás volvió a consultar su bloc de notas.

—Hay otros tres términos del léxico de los servicios de información rusos que me gustaría que me aclararas —dijo—. El primero es navodka .

—Deriva de navodit , que significa «apuntar o dirigir», aunque el sufijo -ka le da un matiz afectivo o diminutivo.

Es algo así como llamar Katyuska a una chica llamada Ekaterina.

Yo diría que navodka quiere decir «pista o blanco», pero con el matiz de «pequeño»: un blanco pequeño, una pequeña pista, una pequeña oportunidad.

Por lo que sé, el FSB usa mucho ese término para referirse a una pista o a un objetivo que consideran interesante. Pero... ¿por qué lo preguntas?

Tomás volvió a las notas.

—El segundo término es doveritelnaya svyaz —dijo, ignorando la pregunta—. ¿Qué significa?

—Si el navodka aún no es un agente, sino solo una pista con potencial, puede decidirse establecer con él contactos discretos. Si eso ocurre, el navodka se convierte en doveritelnaya svyaz , es decir, en contacto de confianza o contacto confidencial.

Otra mirada al bloc de notas.

—¿Y razrabotka ? —quiso saber a continuación—. ¿Qué significa?

—Es una derivación de rabota , «trabajo». En el léxico del FSB significa que se está «trabajando» a una persona. ¿Por qué quieres saber eso?

—Enseguida te lo explico. Primero, me gustaría entender cómo funciona el mundo de los servicios de inteligencia y, en particular, el FSB. Qué perfiles de agentes existen, cómo se identifican, cómo se «trabajan»... Todo eso.

—Mira, yo no soy del FSB —protestó Weilmann—. Como sabes, pertenezco a la DARPA y mi trabajo no...

—Deja de disimular —le cortó el historiador—.

La DARPA se articula con la CIA, por lo que está claro que conoces el funcionamiento de los servicios de inteligencia.

El FSB forma parte de ese mundo y seguramente la CIA conoce muy bien el modus operandi de los rusos.

Además, por lo que veo, incluso dominas la jerga del FSB. Así que explícamelo, por favor.

Sin embargo, el estadounidense no estaba cómodo hablando del tema.

Las relaciones de la DARPA con la CIA eran absolutamente confidenciales, como todo lo relativo al mundo de los servicios secretos.

Aunque en sentido estricto, lo que le estaba pidiendo no entraba en conflicto con sus obligaciones: no le había pedido que revelara nada sobre la CIA, sino sobre el FSB.

—Sobre todo, hay tres tipos de agentes —acabó diciendo—.

Unos son los involuntarios. Hablamos de personas que facilitan información sin darse cuenta de que están tratando con una agencia de inteligencia, basándose únicamente en relaciones de confianza.

Por ejemplo: una espía rusa se hace pasar por periodista, y al encontrarse «por casualidad» con un funcionario de la Casa Blanca en una cafetería, logra seducirlo.

Se hacen novios. Cenan, van al cine, se van de vacaciones juntos.

Meses después, en un momento de intimidad, ella le cuenta entre lágrimas que tiene problemas en el periódico, que puede ser despedida por no lograr noticias importantes, que está desesperada y no sabe qué hacer para conservar el trabajo de sus sueños.

El funcionario, enamorado, compadecido por el drama de la mujer y deseoso de ayudarla para así demostrarle su amor, le cuenta algunos secretitos sobre el presidente.

A continuación, la espía rusa transmite esa información a Moscú.

—El funcionario fue un agente involuntario.

—Exacto —asintió Weilmann—. Luego están los agentes voluntarios, es decir, personas que saben que están suministrando información a una agencia de espionaje.

Unos lo hacen a cambio de dinero, otros a cambio de diferentes ventajas materiales, otros para evitar ciertas situaciones y otros simplemente para sentirse importantes.

Estos se denominan polezni durak , «idiotas útiles».

También hay quienes lo hacen por razones ideológicas.

Esos se conocen como «compañeros de viaje».

—¿Cómo identifica el FSB a quién reclutar para convertirse en un agente a sus órdenes?

—Oh, hay muchísimas maneras. En cualquier caso, quédate con la idea de que el FSB es una organización muy burocratizada que pasa años y años acumulando información sobre un navodka , un objetivo pequeño, hasta que están seguros de que pueden manipularlo y cómo hacerlo.

Cuando finalmente deciden avanzar, aplican la razrabotka sobre el navodka , es decir, contactan con él, convirtiéndolo en una doveritelnaya svyaz , y luego lo trabajan hasta transformarlo finalmente en un seksot , un agente secreto.

—Hum..., ya veo.

La mirada de Tomás se desvió hacia el horizonte, como si apreciara la playa y el mar, pero estaba claro que, en realidad, estaba sumido en sus pensamientos, asimilando lo que acababa de oír.

Weilmann se mostraba impaciente; había atravesado medio mundo en busca de respuestas y, una vez allí, solo oía preguntas.

—¿Por qué quieres saber todo eso?

En ese instante apareció en la terraza del restaurante del hotel un camarero para preguntarles qué querían tomar.

El portugués pidió una cerveza, el estadounidense un gin-tonic ; todo acompañado de cacahuetes y un plato de gambas fritas.

Ya que estaban allí, había que aprovechar las delicias locales.

Cuando el camarero se alejó, en lugar de responder a la pregunta que Weilmann le acababa de formular, Tomás hojeó el bloc de notas para revisar sus anotaciones. Luego alzó la cabeza y miró a su amigo.

Y entonces le hizo una pregunta inesperada.