LXXXIV
Flotaba en el aire un fuerte olor a productos químicos, un hedor pestilente que parecía omnipresente junto a aquella curva del Misisipi.
Al llegar, Tomás Noronha se preguntó cómo era posible que alguien viviera en un sitio así.
Con un maletín de ejecutivo en la mano, el historiador se acercó a la vieja casa de madera de Burnside y confirmó que era la dirección que el pastor Chopin le había apuntado en el papel.
No cabía duda: estaba en el lugar correcto.
Tocó el timbre, que sonó en el interior de la casa. Instantes después, la puerta se abrió y frente a él apareció una adolescente de mejillas sonrosadas.
—Buenas tardes, señorita —la saludó Tomás—. ¿Vive aquí el señor Leroy Roderick?
La muchacha se volvió hacia atrás.
—¡Papá! ¡Es para ti!
La adolescente desapareció y, en su lugar, asomó en la puerta un hombre con sombrero de cowboy , barba de varios días y aspecto desaliñado.
—¿Puedo ayudarlo, amigo?
Antes de ir, el portugués había barajado varias estrategias. Al final, optó por la que le pareció más eficaz para el propósito que lo había llevado hasta allí.
—¿Leroy Roderick?
—Soy yo. ¿Y usted quién es?
Tomás sabía que la puesta en escena era fundamental.
Durante el viaje a Estados Unidos había estudiado a fondo el fenómeno QAnon para intentar comprender a quienes lo seguían y su visión del mundo.
Para jugar con el imaginario de su interlocutor, había escogido un traje azul oscuro y corbata roja, al estilo de los políticos, y gafas de sol oscuras, como si fuera un agente secreto en una película de Hollywood.
Las palabras se encargarían del resto.
—Me envía Q.
La declaración dejó a Leroy clavado en el suelo, la boca entreabierta en una expresión de asombro.
—¿Q?
—Tenemos un asunto que tratar.
El hombre se estremeció, como quien está bajo el efecto de un hechizo, dio un paso a un lado e hizo un gesto para invitar al visitante a entrar.
—Adelante, pase, pase —dijo, casi con deferencia—. Perdone que lo reciba de esta..., bueno, de esta forma. Me ha pillado completamente desprevenido. No esperaba una visita tan... tan importante.
Tomás entró en la casa manteniendo la misma postura, como si efectivamente se tratara de un agente secreto en misión especial. Sin quitarse las gafas de sol, que formaban parte del disfraz, recorrió la decoración con la mirada y fijó su atención en la estantería del salón.
—¿Tiene alguna relación con Portugal?
El anfitrión abrió los ojos, sorprendido.
—¿Cómo... cómo lo sabe?
El visitante señaló la pieza de porcelana situada en el centro de la estantería.
—Eso es un gallo de Barcelos, uno de los símbolos de Portugal.
—Vaya, qué observador —constató Leroy—. Aunque soy un cajún de origen francés, mi apellido, Roderick, procede de un antepasado portugués. El gallo simboliza tanto mi lado portugués como mi lado francés, porque ambos países usan el gallo como símbolo.
—A pesar de esos orígenes, espero que usted sea un buen estadounidense, un patriota que ame su país y lo ponga por encima de todo.
—No le quepa duda —respondió el anfitrión de inmediato, como si su honor estuviera en juego—. ¡Estuve en el Capitolio, señor! ¡Luché en nombre de nuestro presidente! ¡Me alcé contra el robo de las elecciones! ¡Que nadie ponga en entredicho mi patriotismo!
—Me alegra oír eso —dijo Tomás con tono de aprobación—. Hoy más que nunca hay que distinguir la paja del trigo, a los charlatanes de los que están dispuestos a coger las armas para defender el país, a los verdaderos estadounidenses de la chusma progresista que está destruyendo nuestro gran país.
—Estoy totalmente de acuerdo —declaró Leroy con énfasis—. No es casualidad que sea seguidor de Q desde el primer momento. Aunque sea un enorme sacrificio, tanto mío como de mi familia.
La adolescente que había salido a la puerta cruzó en ese instante la sala hacia lo que parecía la cocina; iba sonriente y se la veía feliz.
—¿Es su hija? Muy guapa. Enhorabuena.
—Uf, mi Sally me ha dado más trabajo del que se imagina. Hace unos meses no era más que un esqueleto, pobrecita. Flaca, triste y enferma. Incluso me llamaron del colegio porque se desmayó, imagínese. ¿Sabe cómo la recuperé? Por recomendación del médico, le corté el acceso a Instagram.
—¿Qué tiene que ver Instagram con su alimentación?
Leroy se encogió de hombros.
—A decir verdad, no lo sé. Pero desde que dejó todas esas dietas estúpidas y volvió a comer, ahora está más fresca que una lechuga, parece otra. Doy gracias.
—Cuídela bien, señor Roderick. Sabemos cómo los progresistas del Estado Profundo se han organizado en redes de pederastia para abusar de nuestros niños.
—¡Ah, no me hable de eso! ¡Pobres críos! Me dan una pena que ni se imagina. —Señaló una fotografía en una estantería—. ¿Ve a Clarence?
Los ojos de Tomás se desviaron hacia la foto. Mostraba a una mujer con una sonrisa triste.
—¿Es su esposa?
—Mi cuñada. Ayer mismo fui a verla a la cárcel, pobrecita. Clarence también es una anon . Su marido quería vender al hijo a la red pederasta de las élites y ella... ella lo mató.
—¿Mató al hijo?
—No, al marido. Salvaron al niño, gracias a Dios.
Pero Clarence está en la cárcel. ¿Ha visto?
Esta situación es terrible. He acogido al niño en mi casa porque no tiene a nadie más que lo cuide, pero el sufrimiento no se puede describir.
El padre quería venderlo, la madre entre rejas...
Un horror. ¿Qué será de ese niño cuando crezca?
Lo salvamos de la red pederasta, sí, pero quedará marcado para siempre.
¿Qué país es este que encarcela a una madre por querer salvar a su hijo?
Tomás no sabía muy bien cómo afrontar esa situación, en la que solo había miseria, como constató.
En realidad, no había nada que decir. Todo aquello se explicaba solo.
Con un gesto que aparentó discreto, pero que en verdad hizo de modo que su interlocutor lo advirtiera, miró el reloj, como si tuviera prisa pero fuera demasiado cortés para decirlo.
—Quizá convenga que hablemos del asunto que llevó a Q a ordenarme que contactara con usted —indicó—. Como sabe, un operativo de nuestro equipo le entregó un smartphone con material muy importante para la seguridad nacional. Necesitamos recuperarlo.
Leroy podía ser un cateto, pero no tanto. Le habían confiado un móvil con el Plan y solo lo entregaría con garantías de que lo estaba devolviendo a la persona adecuada.
—Perdone, no es que desconfíe de usted —respondió, cauto con las palabras y directo en las intenciones—.
Pero, como comprenderá, el asunto es de la máxima importancia, está en juego la salvación de nuestro país.
En estas circunstancias, todas las precauciones son necesarias.
La cuestión es: ¿cómo sé que de verdad lo envía Q?
Tomás contaba con ello.
—¿Recuerda al miembro de nuestro equipo que le entregó el smartphone ?
—Claro.
—¿Y recuerda haberle dado un crumb que solo un verdadero integrante del equipo de Q podría descifrar?
—Por supuesto.
Tomás metió la mano en el bolsillo, sacó una hoja de papel, la desplegó y se la mostró al anfitrión.
—Lo hemos descifrado.
Leroy fijó la mirada en el papel y en su correspondiente solución.
Efectivamente, se trataba del mensaje que había entregado en el Capitolio al miembro herido del equipo de Q, con la pista cifrada que lo conduciría a él, a Leroy. Estaba correctamente descodificado.
—No cabe duda: solo alguien del equipo de Q habría podido descifrar esto —admitió, más tranquilo—. Muy bien, señor. ¿Quiere que le entregue el smartphone ?
—Q lo necesita.
El hombre de la casa se dirigió a la chimenea, sobre la cual había un jarrón metálico. Lo levantó.
—Aquí están las cenizas de mi querida mujer —dijo—. He guardado el aparato justo debajo.
Cogió el teléfono y se lo entregó a Tomás.
El historiador lo tomó y lo examinó; era un smartphone como cualquier otro.
Su contenido, sin embargo, tendría que ser necesariamente distinto.
Guardó el aparato en el maletín y se puso de pie, saludó como si fuera un militar y se preparó para poner fin a su interpretación.
—Donde va uno, vamos todos —dijo, repitiendo como un loro la máxima de los anons —. Confíe en el Plan.
Leroy también se puso de pie y le devolvió el saludo como si fuera un guerrero de la luz. Estaba emocionado por haber desempeñado un papel en la gran gesta de su nación.
—¡Somos la Tempestad!
Entonces Tomás Noronha se dio la vuelta y, sin pronunciar una palabra más, abandonó la casa de Leroy Roderick. Su verdadera misión estaba cumplida.
Ya solo faltaba el acto final.