LXXXIII
Desde el momento en que el miembro del equipo de Q le confió su smartphone —en el que estaba detallado el Plan— la prioridad de Leroy Roderick era salir del Capitolio lo antes posible para poner el aparato a salvo, lejos del alcance de las autoridades sediciosas que protegían a los usurpadores.
Era fundamental salvar el Plan para que los patriotas, liderados por el presidente y coordinados por Q, pudieran organizar la resistencia si el Estado Profundo lograba consumar el robo de la victoria electoral.
Sin embargo, cuando se acercaba a la puerta del edificio, oyó a un manifestante que llevaba un cartel que decía «Somos la Tempestad» —un anon , por tanto— dando una gran noticia a otro seguidor de QAnon.
—¡Hemos conseguido entrar en el Senado! —anunció—. ¡Está en las redes sociales! ¡Vamos!
La noticia era demasiado tentadora para que Leroy pudiera resistirse.
Si había patriotas en el Senado, eso significaba que la victoria estaba al alcance de la mano.
Si caía el Senado, caería todo. Conquistado el Congreso, derrotarían a las élites y reconquistarían el país.
Era un nuevo Tea Party, el movimiento revolucionario que desencadenó el proceso de independencia de Estados Unidos.
No podía perderse un acontecimiento histórico de tal magnitud.
Dio media vuelta y siguió a los dos anons que se dirigían allí.
Uno de ellos, el que había dado la noticia, sostenía un móvil y miraba la pantalla para orientarse.
Por sus palabras se entendía que seguía indicaciones que recibía de su grupo en Facebook para llegar al Senado.
Había otros manifestantes en el pasillo y uno de ellos, que venía en sentido contrario, hizo un gesto positivo con el pulgar.
—Estamos dentro.
No cabía duda: habían conseguido liberar el Senado y la victoria estaba cerca. Aceleró el paso. Un poco más adelante, vio a dos anons agachados, cada uno en su rincón, pero tardó unos segundos en darse cuenta de lo que estaban haciendo.
Defecar.
Se indignó al verlos, porque el Capitolio era un lugar sagrado, el corazón de la democracia estadounidense; pero también le resultó divertido por tratarse de la sede del Estado Profundo y de todo el pantano que mancillaba a Estados Unidos, país convertido en el antro de los pederastas satánicos.
Cagar en el Capitolio era cagarse en las élites, en los inmigrantes a los que promovían, en las humillaciones que infligían a los descalzos, a los excluidos, al pueblo llano, al que las élites intentaban avasallar y sustituir.
Los que cagaban en el Capitolio lo hacían sobre todo el pueblo, y Leroy no se bajó los pantalones y se sumó porque, para ser sincero, no tenía ganas.
Si las hubiera tenido, habría ensuciado hasta las paredes.
Cruzó una puerta y, de repente, sin saber muy bien cómo, se encontró en el Senado.
Había muchos manifestantes por allí e incluso algunos policías que no parecían agresivos.
Sentado en el suelo del gran hemiciclo había un hombre con la cara pintada con los colores de la bandera, el cuerpo cubierto de tatuajes nórdicos y en la cabeza un gran gorro de piel con dos enormes cuernos.
—¡Qué fuerte, man ! —decía el hombre—. ¡Todo nuestro! ¡Estamos aquí para poner el nombre de Jesús en lo alto del Senado! ¡Qué fuerte!
El tipo se llamaba QAnon Shaman. Se lo oyó decir a los dos anons a los que siguió hasta el Senado. Ya había visto ese nombre en los grupos de Facebook que descodificaban los drops de Q; así que, pese al aspecto llamativo del individuo, intuyó que estaba entre gente de confianza, patriotas como él.
—Venid, amigos —los llamó QAnon Shaman—. Uníos a mí. Vamos a rezar y a dar gracias al Señor.
Leroy y todos los anons presentes en el Senado se acercaron al hombre del tocado vikingo y se arrodillaron en el centro del hemiciclo, juntando las palmas de las manos en actitud de oración.
—Gracias, Padre que estás en el Cielo, por concedernos la oportunidad de alzarnos en defensa de los derechos que nos diste —oró QAnon Shaman—.
Gracias, Padre que estás en el Cielo, por convencer a estos policías para que nos dejaran entrar en el edificio, por permitirnos ejercer nuestros derechos, por dejarnos enviar el mensaje a todos los tiranos, comunistas y globalistas de que esta nación es nuestra, no suya.
Te pido, Padre que estás en el Cielo, que ilumines el Senado con la luz blanca de la armonía. En el nombre de Cristo, oramos.
El grupo respondió al unísono.
—¡Amén!
Terminada la oración, Leroy subió a la tarima donde el vicepresidente había estado apenas media hora antes para certificar los resultados electorales y vio allí una nota que QAnon Shaman había dejado, garabateada, dirigida a Mike Pence «el traidor»:
ES UNA CUESTIÓN DE TIEMPO, LA JUSTICIA SE ACERCA.
Exacto, pensó Leroy. La justicia llegaría. La divina y la de los hombres. Los pederastas satánicos que veneraban las tinieblas serían castigados; los soldados de la luz que luchaban por el bien serían bendecidos. La salvación estaba a las puertas. Amén.
Su móvil sonó. En la pantalla aparecía «número desconocido». Intrigado, pulsó el botón verde y respondió.
—¿Sí?
—Buenas tardes, le llamo del brPT, el Departamento de Policía de Baton Rouge —anunció la voz del otro lado—. ¿Puedo hablar con el señor Leroy Roderick?
¿Qué demonios querría la policía de la capital de Luisiana?
—Sí, soy yo. ¿Pasa algo?
—Señor Roderick, le llamo de parte de la señora Clarence Desjardins —respondió la voz—. Lo ha nombrado persona de contacto.
—¿Clarence? ¿Qué ocurre con ella?
—Está detenida. Homicidio.
La noticia golpeó a Leroy como un puñetazo.
—¡¿Qué?!
—La señora Clarence Desjardins está acusada de haber asesinado esta mañana al señor Robert Ribouchon, su exmarido, en una disputa por su hijo pequeño.
La señora denunciaba que..., eh..., él quería vender al niño a una red pederasta radicada en Washington D.
C. y dirigida por..., eh..., la señora Clinton.
—¡Dios mío!
—Señor Roderick, ¿podría pasarse por la comisaría, en Highland Road? Sería conveniente...
—Pero estoy en D. C. Estoy en el Senado.
—¿En el Senado? ¿En D. C.? Perdone, señor Roderick, no le entiendo...
¿Cómo iba a explicar el lío en el que se había metido?
—Mire, señor agente, yo... yo..., mire, me meto en el coche y voy para allá ahora mismo. Estaré en la comisaría mañana por la mañana para hacer lo que sea necesario. ¿Le parece bien?
—Como prefiera, señor Roderick. Yo solo cumplo el procedimiento requerido por la ley. Que pase una buena tarde.
Al colgar, Leroy miró a su alrededor. Los manifestantes aún deambulaban por el Senado, pero en ese instante todo aquello le resultó irrelevante, vacío de sentido, hueco.
Clarence había matado a Bob. Los hijos quedaban huérfanos de padre y con alta probabilidad perderían también a su madre, ya que estaba en la cárcel.
Guardó el teléfono y se dirigió con paso apresurado a la salida. Tenía que volver a Luisiana; los suyos lo necesitaban. La revolución iba a tener que esperar.