El protocolo del caos LXXXII
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LXXXII

El capitán Dimitri Chernishev no sabía qué pensar de la forma como ese tal Rodhes Gonzalez se había marchado, llevándose el smartphone donde se hallaba el Protocolo Caos a cambio apenas de un mensaje cifrado con su contacto.

¿Cómo demonios iba a dar con la solución?

Era fundamental para poder localizarlo y recuperar el teléfono y el contenido sumamente sensible.

Se obligó a recordar lo que había aprendido en el entrenamiento del FSB.

«Calma, Dima». Tenía que mantener la cabeza fría, pensó.

Cada cosa a su tiempo. Estaba herido, no podía moverse, por lo que tuvo que establecer dos prioridades.

La primera, poner el smartphone a salvo.

Lo había logrado, al menos por el momento.

Si lo arrestaban, la policía investigaría sus vínculos con Lukoil y, aunque llegaran a descubrir que la petrolera rusa era una tapadera —algo que le parecía casi inevitable—, no conseguirían probar nada más.

Esa parte, que con diferencia era la más importante, estaba asegurada. Ahora faltaba el resto.

Y el resto consistía en salir del Capitolio sin que lo capturasen.

No era poca cosa. Su prioridad en ese momento era escapar de las autoridades, pero sabía que tenía el en contra.

El asalto al Capitolio le parecía demasiado caótico y estaba convencido de que el golpe llevado a cabo por aquella panda de incompetentes —voluntariosos pero desorganizados— no iba a prosperar.

Eso era evidente. La operación solo tendría éxito con la ayuda del FSB, pero para ello habría tenido que lograr descargar el deepfake de Biden en los ordenadores de los demócratas, tal como había planeado.

No había sido posible y la acción estaba ahora condenada al fracaso.

Trump no era ningún Lenin; el Congreso no sería el Reichstag.

En el pasillo continuaban los enfrentamientos entre los milicianos de los Proud Boys, aunque sin la intensidad de minutos antes.

Los disparos efectuados por los agentes —uno de los cuales, al parecer, había herido gravemente a una manifestante que intentó saltar la barrera— habían enfriado los ánimos de los milicianos y de sus seguidores.

Salvo algún objeto ocasional lanzado contra las fuerzas del orden, la confrontación era ahora sobre todo verbal.

—¡Sois unos traidores! —gritaba uno de los Proud Boys—. ¡Estamos aquí por orden del presidente!

Desde el otro lado de la barrera de mesas y sillas llegó la respuesta:

—¡Salid del Capitolio!

—El presidente ha firmado una orden ejecutiva para detener a Pence y a todos los legisladores. ¿La han cumplido ya?

—No nos consta.

—La orden es secreta, pero está en las redes —insistía el miliciano—. Llamen a la Casa Blanca y verán que es verdad. Si no están dispuestos a detener a esa panda de usurpadores que han violado la Constitución, déjennos pasar y lo haremos nosotros. La orden ejecutiva del presidente debe cumplirse.

—No nos consta —le devolvió el policía con el mismo tono neutro—. Salid del Capitolio.

Nada de aquello interesaba ya a Dimitri.

Fallada la misión de descargar el deepfake , y con el smartphone a salvo, ahora lo importante era salir de allí.

El tiempo apremiaba. Si no podía andar, lo lograría de otra manera.

Empezó a arrastrarse. No importaba el modo, importaba el resultado.

Eso se lo habían enseñado en el FSB, y sabía que solo aquello podría salvarlo.

Transcurridos treinta segundos, miró hacia atrás.

Había avanzado diez metros, dejando un rastro de sangre sobre el suelo de mármol.

No había avanzado mucho, pero sabía que paso a paso podía llegar lejos.

¿No eran los chinos quienes decían que todo gran viaje empieza con el primer paso?

En su caso, ni siquiera eran pasos, se arrastraba, pero era lo mismo.

Un movimiento tras otro y después, uno más.

Si seguía así, en quince o veinte minutos habría logrado salir del edificio.

Eso, claro, si le quedaban fuerzas. Aunque estaba en forma, arrastrarse no era fácil; exigía mucha fuerza de brazos, hombros y espalda.

Además, cada movimiento hacía que la pierna herida le doliera más.

Volvió a mirar hacia atrás. Había avanzado unos veinte metros desde el punto donde lo habían herido.

Los músculos le latían de dolor, pero no le quedaba alternativa.

Seguiría mientras pudiera: reptaría por el pasillo hasta la puerta, bajaría las escaleras exteriores y llegaría a la calle.

Y seguiría arrastrándose; costara lo que costara, tenía que salir de allí.

Que la policía lo detuviera y lo interrogara no era opción.

Así que ignoró el dolor y prosiguió. Reptaba y reptaba y...

—¿Necesita ayuda?

Alzó la cabeza y sobre él vio inclinado a un hombre corpulento, de barba y pelo largos, con aspecto de huno; llevaba una gorra con la leyenda «Q me envía». Un anon como tantos otros o, mejor dicho, otro idiota útil, en el viejo argot leninista.

—Sí, por favor —dijo Dimitri, exhausto—. Me han disparado... los pederastas. Me han herido en la pierna.

Sin decir más, el recién llegado lo levantó con cuidado —lo que no impidió que sintiera una punzada aguda en la pierna izquierda— y lo cargó en brazos hasta la calle.

El hombre del FSB perdió el conocimiento: el dolor había sido tan violento que lo dejó fuera de combate, pero así evitó caer en manos de la policía.

Diez minutos después recobró el sentido.

Estaba en una ambulancia, rodeado de un médico y dos enfermeros que le prestaban asistencia.

Lo primero que pensó fue en su smartphone y en el documento altamente secreto que contenía.

Su prioridad ahora era recuperarlo. Para ello necesitaba hacer algo fácil de decir, pero no tan fácil de hacer.

Tenía que localizar a Rodhes Gonzalez sin que sus superiores supieran que había perdido el Protocolo Caos.