LXXXI
La iglesia perdida en Gonzales, en el sur de Estados Unidos, estaba vacía a esa hora de la mañana.
Dos empleadas fregaban el suelo del santuario y un intenso olor a lejía impregnaba un espacio en el que más sería de esperar el aroma del incienso y las velas consumidas.
La iglesia era relativamente pequeña y de traza moderna, con el altar y los bancos en madera de haya clara.
Tras el altar había una pantalla que mostraba versículos del Nuevo Testamento.
Todo parecía muy distinto a las viejas iglesias que se ven en Europa.
Como no había nadie más, Tomás Noronha se acercó a una de las empleadas.
—Perdone, ¿quién está a cargo de la iglesia?
La chica dejó de limpiar el suelo, se apoyó en la fregona y lo miró.
—El pastor Harvey Chopin —respondió—. Está en el despacho preparando la clase de mañana sobre la Biblia.
La empleada le dio indicaciones y Tomás se dirigió al despacho del clérigo responsable del templo. Lo encontró en un pequeño cubículo al fondo del pasillo, vestido con vaqueros y camiseta como cualquier feligrés, tecleando en el ordenador.
—¿Pastor Chopin?
El hombre, un tipo de mediana edad, delgado y con canas, dejó lo que estaba haciendo en ese momento y, como buen anfitrión, le hizo de inmediato un gesto invitándolo a sentarse en una silla frente a su escritorio.
—No recuerdo haberlo visto por aquí, hijo —dijo el hombre en tono afable—. ¿Una nueva oveja que quiere unirse a mi pequeño rebaño?
Tomás se identificó y, consciente de que iba a hacer una petición intrusiva, mostró los documentos que acreditaban que era quien decía ser: el pasaporte, el título académico que lo reconocía como historiador y el certificado que lo vinculaba a la Fundación Gulbenkian.
Una vez comprobada su identidad, pasó a explicar el motivo de su presencia.
—No he venido a unirme a su rebaño; busco a una persona que, creo, es una de sus ovejas.
—¿De quién habla?
—Ese es el problema —reconoció el recién llegado—. No sé su nombre. Pero tengo varias pistas que podrían llevarme a esa persona. Por eso necesito su ayuda.
El pastor Chopin meditó la cuestión.
—Reconocerá que su petición es un poco rara —observó—. ¿Para qué quiere encontrar a esa persona?
En condiciones normales, Tomás habría evitado mentir.
¿Cómo podía responder con la verdad? ¿Qué ocurriría si dijera que la persona que buscaba había recogido un teléfono en el que había secretos que Rusia no quería que salieran a la luz, y que él mismo estaba allí como agente doble, fingiendo servir a los rusos pero en realidad en contacto con un responsable de la DARPA?
Con total seguridad, no llegaría a ninguna parte.
La verdad no era creíble. Y, aunque lo fuera, suscitaría más sospechas y le cerraría todas las puertas.
Eso no le pasaría con una mentira bien construida.
—Como le expliqué, soy un historiador portugués y trabajo con la Fundación Gulbenkian de Lisboa.
Estamos realizando un amplio inventario de cristianos de origen luso por todo el mundo —de Brasil a Japón, de Cabo Verde a Australia—.
Como el proyecto es muy vasto y ambicioso, me invitaron a participar en él.
En el transcurso de mis investigaciones he descubierto que existe un caso muy curioso de un luso descendiente en Estados Unidos que, creo, pertenece a su iglesia. Me gustaría poder hablar con él.
—¿Cómo sabe usted que esa persona pertenece a mi iglesia?
—Un amigo mío lo conoció por casualidad y él le entregó este mensaje.
Sacó del bolsillo la anotación con la adivinanza ya descifrada y se la mostró al responsable de la iglesia.
— First Baptist es mi iglesia. La primera iglesia bautista.
—Lo sé. La cruz al final indica precisamente que el mensaje se relaciona con el cristianismo. En este caso, con una iglesia: la First Baptist .
—Pero hay muchas otras iglesias bautistas en Estados Unidos. La primera First Baptist se formó en Rhode Island en el siglo XVII , y después empezaron a extenderse por todo el país. ¿Cómo sabe que se trata específicamente de mi iglesia?
Buena pregunta.
—Por lo visto, a ese luso descendiente le gustan los enigmas y las adivinanzas.
Solo dejó este mensaje codificado sin revelar su nombre de forma explícita.
Mi amigo me dijo que se identificó como Rodhes Gonzalez, pero en Estados Unidos las personas con ese nombre no coinciden con la que buscamos.
He hecho un inventario de todas las iglesias bautistas de Estados Unidos y comprobé que había una en la localidad de Gonzales, por lo que llegué a la conclusión de se trata de un equívoco.
Lo que creo es que, en realidad, ese luso descendiente no dijo que se llamaba Rodhes Gonzalez, sino que era «Rodhes, de Gonzales».
Esas palabras confundieron a mi amigo. A partir de estos datos presumo que se trata de un feligrés de la iglesia bautista situada en el pueblo de Gonzales. Es decir: es una de sus ovejas.
—¿Dijo que se llamaba Rodhes?
—Correcto.
El pastor Chopin esbozó una mueca.
—No hay ningún Rodhes por aquí —señaló—. ¿No tiene nada más específico?
—Como le dije, es un lusodescendiente.
—¿Cómo lo sabe?
—En la ropa llevaba un gallo como símbolo. El gallo es un emblema de Portugal.
—Y también de Francia —añadió el pastor—.
No olvide que buena parte de la población de Luisiana tiene origen francés, ya que este Estado fue una colonia de Francia.
Además, hijo mío, Estados Unidos es una tierra de descendientes de inmigrantes.
Los antepasados de prácticamente todo el mundo vinieron de todas partes.
Desconozco el origen étnico de la mayoría, como podrá imaginar.
Tomás comprendió que tendría que entrar en un terreno político, algo que no le agradaba porque era pantanoso y podía cerrarle puertas. Pero no tenía alternativa.
—La persona en cuestión es seguidora de QAnon.
Al oír esa referencia, el párroco alzó una ceja.
—¿Cómo lo sabe?
—Al parecer, también llevaba en la ropa una sigla con las letras WWG1WGA. Como sin duda sabrá, eso significa...
— Where we go one, we go all —completó el pastor Chopin, familiarizado con la sigla. De hecho, era una de las expresiones más asociadas a QAnon. «Donde va uno, vamos todos», la máxima que todos los anons de Estados Unidos se sabían de memoria.
—Por tanto, estoy buscando a un tal Rodhes, feligrés de la primera iglesia bautista de Gonzales, que es seguidor de QAnon. ¿Cree que esos datos bastan para identificar a la persona en cuestión?
El responsable de la iglesia vaciló, como sopesando qué debía responder.
—¿Dice que es para un estudio sobre cristianos descendientes de portugueses?
Tomás captó la desconfianza de su interlocutor, por lo que volvió a sacar sus documentos y los dejó encima de la mesa.
—Estas son mis credenciales, como le acabo de enseñar.
El pastor Chopin volvió a coger los documentos de Tomás y los examinó con más atención.
No vio nada sospechoso en ellos; buscó en internet la Fundación Calouste Gulbenkian y le apareció abundante información sobre la institución con sede en Lisboa.
A continuación, escribió en Google el nombre de Tomás Noronha y la pantalla se llenó de enlaces a periódicos internacionales, sobre todo, con detalles de su relación con el Vaticano, por una investigación en la que se vio implicado hacía tiempo.
—¡Ah, ya me acuerdo de usted! —exclamó finalmente el clérigo, al reconocerlo, al fin—. Toda una celebridad, ¿eh?
Tomás forzó una sonrisa; no le gustaba ser reconocido, pero en circunstancias como aquella podía ser útil.
—Si quiere, le firmo un autógrafo... —bromeó.
La broma, y sobre todo el hecho de comprobar que el visitante era realmente quien decía ser, hizo que el pastor dejara de desconfiar. Su rostro se abrió en una sonrisa: las dudas se habían desvanecido, estaba dispuesto a colaborar.
—Creo que sé quién es la persona que busca —dijo.
Tomás, que llevaba días pensando que iba por buen camino, suspiró de alivio.
—¿En serio?
El pastor Chopin cogió un bloc de notas y trazó unas líneas. Cuando terminó, arrancó la hoja y se la tendió al visitante.
—Su nombre no es exactamente Rodhes, pero se le parece. Y sí, tiene origen portugués. Y francés. Puede encontrarlo aquí.
Tomás miró la anotación: era una dirección.