El protocolo del caos LXXX
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—... de Gonzalez.

Leroy respondió con cautela. «Soy Rod, de Gonzalez».

El hombre herido que lo había abordado en el interior del Capitolio hablaba con un acento extraño; estaba claro que era extranjero.

No se trataba de uno de esos inmigrantes latinoamericanos que él veía en Luisiana y que, según él, le quitaban el trabajo por el simple hecho de ser de fuera.

No. El hombre era rubio y, si no hubiera abierto la boca, podría haber pasado perfectamente por un estadounidense más.

Pero su acento lo delataba. Aunque se compadecía porque estaba herido, Leroy sabía que no podía confiarse.

Por eso no le dio su verdadero nombre, sino el diminutivo: Rod, de Roderick, y añadió el topónimo Gonzalez —el nombre de la ciudad de Luisiana donde había nacido—. Le pareció más prudente.

—Mire, señor Rodhes Gonzalez, me llamo Smith —se presentó el herido, que había confundido Rod con Rhodes—.

John Smith. Mi acento se debe a que pasé mi infancia en Varsovia.

Mi padre era marine en nuestra embajada allí.

Pero soy capitán de los servicios de inteligencia militar de Estados Unidos y trabajo en la Casa Blanca con el equipo de Q, no sé si lo conoce...

Leroy abrió los ojos como platos.

—¿Trabaja con Q?

El hombre tendido en el suelo miró a su alrededor, como si quisiera asegurarse de que nadie los oía.

—Es estrictamente confidencial —confirmó en voz baja—.

Se lo cuento porque, como ve, me han herido al atacar a los lacayos que protegen a los pederastas y...

no puedo moverme. Es muy probable que el Estado Profundo, si logra frenar a los patriotas que luchan por la Constitución y por el presidente, me capture y me meta en la cárcel.

No me asustan, que conste. Estoy dispuesto a morir por la patria y por la libertad.

El problema es que llevo conmigo material altamente secreto de Q, aprobado personalmente por el presidente: órdenes ejecutivas confidenciales para organizar la resistencia de los patriotas contra el Gobierno de los pederastas y los satánicos en caso de que Biden, ese usurpador corrupto, gane tras el robo electoral y ocupe ilegalmente la Casa Blanca.

—¿Tiene material altamente secreto de Q? —repitió Leroy.

Dimitri volvió a mirar alrededor, asegurándose de que la conversación siguiera siendo confidencial.

—Es el Plan —susurró.

Leroy se quedó boquiabierto.

—¿El... el Plan?

—Chis, hable más bajo —le ordenó el herido, alarmado—.

Mire, veo que es usted un buen patriota y que está al tanto.

Por eso comprenderá que esta documentación no puede caer en manos del Estado Profundo.

Algo así destruiría todos los esfuerzos que hemos hecho durante años para sacar del poder a las élites globalizadoras y devolver el control al pueblo.

Tenemos que salvar el Plan, cueste lo que cueste. ¿Me entiende?

La mirada de Leroy recorrió el cuerpo del capitán Smith, intentando descubrir alguna carpeta o archivo con los documentos que decía poseer.

—¿Dónde está el Plan?

El herido alzó la mano y le mostró el smartphone .

—Aquí.

Leroy miró el aparato como quien contempla el arca de la alianza o el santo grial. Se incorporó un poco para adoptar una postura marcial e hizo un saludo militar; en ese momento se sentía un soldado de la luz.

—¡A sus órdenes, mi capitán! —exclamó solemnemente—. ¿Cómo puedo ser útil?

—Necesito que se lleve mi móvil y lo esconda en un lugar seguro. No se lo cuente a nadie, ¿me oye? Es Top Secret . Además, pondría en peligro su vida. Nadie puede saber nada.

—Quédese tranquilo, mi capitán.

—Señor Rodhes Gonzalez, necesito su número. ¿Puede dármelo?

Leroy estuvo a punto de confesar que no se llamaba Rodhes Gonzalez —que solo había usado Rod y su ciudad natal por prudencia—, pero vaciló: la desconfianza volvió a apoderarse de él.

—¿Para qué lo quiere?

—Para recuperar el Plan cuando sea oportuno, lógicamente. ¿Cuál es su número?

Leroy dudó de nuevo. No confiaba en el Estado Profundo ni en sus artimañas. El capitán Smith le parecía auténtico: además, había entrado en el Capitolio con los Proud Boys, estaba herido y decía tener el Plan. Pero no lo conocía de nada y las élites eran manipuladoras. ¿Y si aquello era una trampa?

—Capitán, ¿de verdad trabaja con Q?

—Pertenezco a su equipo, ya se lo he dicho.

Leroy pensó en una forma de comprobar que el capitán Smith era de verdad un anon . Sacó del bolsillo el papel que había estado repartiendo durante el día entre los anons con los que se había cruzado en las calles de Washington D. C. y se lo ofreció.

—Aquí tiene mi contacto.

El herido miró la inscripción, paralizado, intentando comprenderla.

—¿Qué es esto? —preguntó.

—Es un crumb —le respondió Leroy—. Si trabaja con Q, le será fácil bake it , interpretarlo. Recuerde: everything is connected. Confíe en el Plan. Somos la Tempestad.

Con un movimiento decidido, Leroy cogió el smartphone y desapareció.