El protocolo del caos LXXIX
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Aunque la entrada del capitán Dimitri Chernishev en el Capitolio había sido caótica —como la de todos los manifestantes que en ese momento invadían el edificio que albergaba el Congreso—, la decisión de mantenerse junto a los Oath Keepers resultó sensata.

El hombre del FSB se había unido a ellos al darse cuenta de que tenían formación militar y sabían lo que hacían; avanzaban en hilera, la llamada «fila Ranger», cada uno agarrando el cuello del chaleco del camarada de delante, una táctica militar estandarizada.

Además, estaban provistos de cascos y chalecos antibalas y se comunicaban entre sí con gestos, haciendo señales militares para coordinar movimientos tácticos.

Una vez superada la barrera policial y la inviolabilidad del recinto —algo que ocurría simultáneamente en varias entradas—, los Oath Keepers se detuvieron para estudiar un plano del edificio.

—El Senado está por allí —señaló el miliciano que dirigía el grupo, apuntando a la izquierda—. ¡Vamos!

El grupo se dirigió en esa dirección y Dimitri los siguió, junto con otros invasores. Avanzaron por el pasillo y, unas decenas de metros más adelante, se encontraron con un cordón policial a la entrada del vestíbulo que da acceso a la cámara del Senado.

Uno de los policías, un hombre negro corpulento que parecía comandar el cordón de protección del Senado, alzó la mano y señaló la puerta de salida.

—¡Volved atrás!

—Nos ha invitado el presidente Trump —dijo un manifestante—. Cuando el comandante supremo da una orden, los patriotas obedecen.

—¡Estamos aquí para parar el robo! —añadió otro—. Nadie ha votado a Biden.

El policía negro les respondió.

—Yo voté por él.

Se hizo un breve silencio.

—Chicos, ¿habéis oído eso? —gritó una mujer con una camiseta rosa con un MAGA estampado en el pecho—. ¡Este negro ha votado a Joe Biden!

Se desató un griterío en el vestíbulo, los ánimos exaltados.

— Fucking nigger! —vociferaron los hombres de los Oath Keepers—. ¡Negro cabrón!

Los milicianos lanzaron el asalto y los policías aguantaron el embate.

No iba a ser fácil pasar por encima de ellos.

Al ver que la situación se complicaba allí, Dimitri reculó y buscó una salida.

Su misión era otra. Los pasillos estaban repletos de manifestantes, cada vez eran más y más; se oían gritos y el ruido de los enfrentamientos en el vestíbulo de acceso a la cámara del Senado.

El hombre del FSB se dirigió hacia el Ala Oeste, consciente de que en esa zona había milicianos que habían entrado por otras puertas, probablemente los Proud Boys, y quizá podría acompañarlos.

Le llegó un mensaje al smartphone . Echó un vistazo a la pantalla; era de San Petersburgo. Clicó.

Pence está en una habitación del segundo piso.

Dimitri se irritó. ¿Para qué se lo contaban a él? Escribió un mensaje de respuesta.

Poned esa información en las redes inmediatamente.

Había que guiar a los invasores hacia los lugares donde se escondían los congresistas de la Cámara de Representantes, los senadores y el vicepresidente, junto con sus respectivas familias.

Si la cúpula de la clase política caía en manos de los milicianos y era linchada, tanto mejor.

Cuanto mayor fuera el caos, mayor sería el desastre para Estados Unidos y para Occidente; mayor, por tanto, la victoria de Rusia.

Sin embargo, en ese momento su prioridad era otra.

Lo que él quería, de manera imperiosa, era acceder a los ordenadores del Congreso para descargar las imágenes del deepfake de Joe Biden en las que se lo veía quemando votos de los estadounidenses a favor de Trump.

Si lo encontraban en el disco duro de sus equipos, comprometería gravemente a los congresistas demócratas y legitimaría la revolución.

Intentó abrir puertas a lo largo de los pasillos, pero estaban cerradas o daban a cuartos de almacenaje o de limpieza.

Oyó cánticos y voces acercándose y se topó con un nuevo grupo de manifestantes que recorría el interior del edificio; eran los Proud Boys.

—¿Dónde están los traidores? —gritó el que iba al frente, vestido de camuflaje—. ¡Traedlos aquí!

—¡Traidores! —coreaban varios—. ¡Traidores! ¡Traidores!

Mientras los milicianos golpeaban diversas puertas, creyendo que había gente escondida dentro y tratando incluso de forzar algunas, un hombre con megáfono recorría los pasillos para incitar a sus compañeros.

—¡Defended vuestra libertad! —decía con tono monótono, como una grabación—. ¡Defended vuestra Constitución! ¡Defended vuestra libertad! ¡Defended vuestra Constitución! ¡Defended vuestra...!

Parecía un circo.

—¡Eh, chicos! —llamó alguien—. ¿Habéis visto lo que acaba de salir en Facebook? ¡Pence está en una habitación del segundo piso!

— Motherfucker! ¿Dónde están las escaleras?

—¡Allí! ¡Allí!

Salieron corriendo en esa dirección.

—¡Esperad! ¡Esperad! —dijo otro—. Acabo de recibir un nuevo mensaje en Facebook. ¡Todos los legisladores están en los túneles, tres pisos abajo!

—¿Cómo coño vamos a llegar hasta allí?

—Tenemos que ir a las puertas de la Cámara de Representantes, en el Ala Norte, girar a la izquierda y bajar las escaleras. Q dice que el presidente ha firmado órdenes secretas para detener a Pence y a todo el mundo.

El miliciano que parecía mandar en esa unidad de Proud Boys dio instrucciones rápidas a sus hombres.

—¿Habéis oído esto, chicos? Son órdenes del presidente. Así que un grupo sube para atrapar a Pence en el segundo piso, los demás bajan para capturar a los legisladores. ¡Vamos, chicos! ¡Tenemos que detener a todos los traidores!

Los distintos grupos de Proud Boys, junto con los manifestantes que los seguían, se dividieron en dos columnas principales: una subía las escaleras y la otra las bajaba, cada una con sus órdenes específicas.

Dimitri se colocó detrás de los que subían, creyendo que el sector al que se dirigían le permitiría entrar en un despacho de los demócratas, pero pronto ese grupo llegó a un espacio llamado Speaker’s Lobby, el vestíbulo del presidente del Congreso, y se topó con una barrera formada por mesas y sillas. Detrás de esa barrera había policías.

—¡Apartaos! —ordenaron los manifestantes a los agentes—. ¡Dejadnos pasar!

Las fuerzas del orden parecieron dudar. Algunos agentes retrocedieron, pero otros sujetaban sus pistolas, apuntaban a los invasores y no parecían dispuestos a ceder.

Los milicianos arremetieron contra ellos.

Algunos intentaron saltar por encima de mesas y sillas, y los policías, que custodiaban un lugar de gran importancia, abrieron fuego.

Una chica con una bandera MAGA sobre los hombros cayó hacia atrás; el zumbido de las balas cortó el aire y Dimitri sintió que la pierna izquierda le fallaba y también se desplomó.

Sorprendido, se miró y vio una mancha líquida de un rojo vivo que le empapaba los pantalones.

Lo había alcanzado una bala. Intentó levantarse, pero la pierna no obedecía.

—¡Joder!

Justo en ese instante, Dimitri entendió la gravedad de la situación.

Era ruso, estaba herido, se hallaba en medio de la invasión ilegal de un órgano de la soberanía de Estados Unidos y no podía ni completar su misión ni salir de allí.

Muy probablemente, cuando todo aquello terminara, la policía lo detendría y posteriormente lo investigarían.

No presagiaba nada bueno. Sería inevitable que las autoridades estadounidenses se preguntaran qué hacía allí un ciudadano ruso.

El caso acabaría en el FBI; su vínculo con la Lukoil sería escrutado al detalle y pronto se comprobaría que él sabía de petróleo lo mismo que un bosquimano del permafrost. Peor aún: la policía federal analizaría su smartphone y descubriría lo que contenía.

Además de los contactos y de los mensajes, lo más grave era que había guardado en el aparato —con la intención de inyectarlo en los ordenadores de los congresistas demócratas— el deepfake .

Esas imágenes ya eran, por sí solas, suficientemente comprometedoras.

Pensó con calma. ¿Había algo más delicado en su móvil? No, no había nada más...

Se quedó helado.

Salvo el... el...

El corazón casi se le paró y la boca se le secó al recordar lo más importante.

¿Cómo había podido olvidarlo? Abrió los ojos de par en par, horrorizado ante su estúpida negligencia y las terribles consecuencias que de ella podían derivarse.

Peor que los contactos, los mensajes o incluso el deepfake que la policía iba a encontrar, peor que todo eso, mucho peor, era el hecho de haberse descargado en el teléfono todo el programa del FSB del Protokol Kaosa .

El Protocolo Caos.

Palideció al comprender la magnitud del problema.

¿Cómo había sido capaz de cometer una imprudencia semejante?

El protocolo era osoboy vazhnosti , que en ruso significaba «particularmente importante».

Es decir, Top Secret . Absolutamente secreto.

El documento contenía los mayores secretos de Rusia y a él solo podían acceder apenas unos pocos agentes clave de la operación del FSB contra Occidente.

Lo había descargado a escondidas tiempo atrás para leerlo tranquilamente en casa cuando tuviera tiempo: leerlo y destruirlo.

Lo leyó, pero se le olvidó destruirlo. Se le olvidó que se lo había descargado en el smartphone .

E incluso se le olvidó que se le había olvidado.

Y solo ahora, en el peor momento y en el peor lugar, cuando ya nada podía hacer, acababa de recordar que lo tenía en el móvil.

Un escalofrío de miedo le recorrió el cuerpo.

El coronel Arseniev había sido muy claro al advertirlo sobre la confidencialidad de aquel documento tan importante.

Las palabras aún le resonaban en la cabeza: «Si el protocolo cae en manos de alguien por negligencia suya, habrá consecuencias graves».

Lo dijo en tono solemne y se aseguró de que entendiera esas palabras sin dejar lugar a dudas.

Dimitri sabía que por «consecuencias graves» el coronel quería decir mokroye delo , o «trabajo mojado», eufemismo del FSB para «ejecución».

Habría un interrogatorio intensivo que acabaría con un tiro en la nuca, al modo soviético de la Checa, del NKVD y de la KGB.

Si el enemigo echaba mano a ese documento —ya fuera por alta traición o por simple negligencia—, estaba claro: lo pagaría con su vida.

Ni más ni menos. Y su familia también sufriría. No le quedaba la menor duda.

Por lo tanto, era imprescindible impedir que su smartphone cayera en manos de la policía.

El FBI no debía, bajo ningún concepto, enterarse del Protokol Kaosa .

Pero ¿cómo evitarlo si yacía en el suelo del Capitolio, herido en medio de una invasión absolutamente ilegal, rodeado de un grupo de alucinados armados, incapaz de moverse y, por tanto, condenado a ser detenido y a que inspeccionasen el teléfono con todas las consecuencias que eso acarrearía?

—¡Ayudadme! —pidió, haciendo señas a los Proud Boys que se agolpaban allí—. ¡Ayudadme, por favor! —Nadie parecía hacerle caso—. ¡Socorro! —gritó—. ¡Estoy herido! ¡Necesito ayuda! —Aun así, nadie respondió—. ¡Ayudadme, por favor! —volvió a gritar—. ¡Estoy herido!

Solo entonces un manifestante le prestó atención.

—No puede ser, amigo. Han disparado a una chica en el cuello. Estamos tratando de salvarla. Tienes que esperar.

Dimitri comprendió que él no era una prioridad.

Volvió a intentar ponerse de pie, pero otra vez no pudo.

La pierna no le respondía y, al intentar moverla, sintió un dolor lacerante.

Entró en pánico, pero intentó mantener el control.

Aunque no había completado el entrenamiento del FSB, fue suficiente para permitirle retroceder del abismo psicológico al que se deslizaba peligrosamente.

Se concentró en lo que había aprendido. «Tranquilo, Dima», se dijo.

Tenía que controlarse; el pánico solo le perjudicaría.

Necesitaba mantener la cabeza fría. En los momentos más difíciles había que conservar la serenidad y razonar, tal como le habían enseñado en la formación.

«Tranquilo, Dima».

Había dos problemas: su detención y la incautación del smartphone . Lo más grave era lo segundo, así que resolverlo era prioritario. Miró a su alrededor. Si él no podía sacar el aparato de allí, la conclusión lógica a la que llegó era que alguien tendría que hacerlo por él. Pero ¿quién?

Analizó a los hombres y mujeres que circulaban por el corredor.

No podía fiarse de los Proud Boys: con toda probabilidad acabarían detenidos e investigados.

Además, estaban ocupados intentando salvar a la chica herida.

Tenía que apostar por alguien distinto, una figura más anónima, sin ningún tipo de visibilidad.

Necesitaba a una persona con muchas posibilidades de escapar sin que la policía la sometiera a un escrutinio severo.

Y, aun si descubrían el documento, tendría que ser alguien a quien nadie relacionara con Rusia y mucho menos con el FSB.

Tras estudiar con frialdad a los manifestantes a su alrededor, fijó la atención en un hombre con símbolos singulares bordados en la chaqueta: el emblema de un gallo y una inscripción ininteligible compuesta por una secuencia de letras mayúsculas: WWG1WGA.

No tenía pinta de miliciano; parecía desubicado, perdido en medio del Capitolio.

Lenin tenía una denominación para gente así: los idiotas útiles.

Cuando el hombre pasó a su lado, Dimitri lo llamó.

—Perdone, tiene que ayudarme.

El idiota útil se detuvo y miró la pierna herida del agente del FSB disfrazado de manifestante.

—Lo siento, amigo. No soy médico, no sé qué hacer.

—¿Cómo se llama?

Al ver los ojos suplicantes de Dimitri —que en ese instante era un hombre herido e indefenso— el alma cristiana del idiota útil se compadeció de él.

—Soy Rod...