LXXVIII
Tomás Noronha cogió la camisa que acababa de planchar y doblar y la metió con cuidado en un lado de la maleta abierta sobre la cama.
Cuando iba a hacer lo mismo con los pantalones, también recién planchados, sonó el móvil.
Descolgó al instante; esperaba que fuera Maria Flor.
Su mujer había tenido dificultades para conseguir un billete de avión que saliera de Yangón y no volaría hasta esa noche.
Calculó que ya debía de estar de camino al aeropuerto y probablemente por eso lo llamaba.
Sin embargo, en pantalla del smartphone apareció un número desconocido.
—¿Dígame?
—Soy yo —respondió una voz masculina al otro lado—. He llamado a todas las puertas.
Era Kurt Weilmann. El hombre de la DARPA hablaba sin dar detalles precisos porque nunca se sabía si los rusos podrían estar monitorizando la llamada.
—¿Y bien? ¿Tienes buenas noticias?
—No mucho. No ha sido posible localizar a tu..., eh..., amigo.
—¿Hablas en serio?
—Desgraciadamente sí. Se ha revisado todo al detalle y no ha dado resultado. Lo siento.
Estaba claro que no eran buenas noticias.
—Vale, vale —se resignó Tomás—. Tendré que encontrarlo de otra manera.
—Buena suerte.
Colgaron.
Lo que Weilmann le había dicho veladamente por teléfono era que el FBI no había logrado identificar a ningún miliciano pro-Trump, ni a ningún otro ciudadano estadounidense, que se correspondiera de forma creíble con el tal Rodhes Gonzalez que Tomás y los rusos estaban buscando.
No era lo que el historiador esperaba, evidentemente.
Pensaba que el FBI, con sus inmensas bases de datos y los enormes recursos a su disposición, no tendría problemas a la hora de localizar al hombre que se había llevado el smartphone de Sasha.
Si los federales hubieran tenido éxito, como cabía esperar, eso le habría facilitado muchísimo el trabajo.
Pero esa vía no dio frutos. Se preguntaba por qué siempre le costaba tanto hacer las cosas.
Lo que a una persona normal requería un esfuerzo determinado, a él le exigía el triple.
Era su karma. Los atajos, por lo visto, nunca funcionaban con él.
Eso significaba que tendría que ser él quien resolviera el problema. Y cuanto antes, mejor, porque el tiempo apremiaba.
Postergó la tarea de ordenar la maleta. Ansioso y presionado por el tiempo, se encerró en su despacho para volver a leer sus anotaciones en busca de ideas y pistas. Comenzó por repasar lo que había averiguado cuando se puso a descifrar la inscripción encriptada.
Se rascó la cabeza. ¿Qué le decía aquella pista?
Poco, en realidad. O quizá, todo. Tenía que analizarlo desde otra perspectiva, explorar nuevas vías.
Necesitaba ponerse en la piel del autor del enigma ya parcialmente resuelto.
El responsable del mensaje era, según le había dicho Sasha en Moscú, un miliciano pro-Trump.
Un cateto. Pero si Rodhes Gonzalez era un paleto, cómo iba a ocultar su mensaje en un código sofisticado.
Los paletos, por definición, no son sofisticados.
También estaban los símbolos que Sasha le había descrito. El ruso le había contado que el tipo que se había quedado con su móvil llevaba símbolos trumpistas cosidos a la ropa. Un gallo, para empezar. Y también una serie de iniciales. Consultó sus apuntes.
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¿Qué demonios quería decir eso? ¿Qué significaba? ¿Sería algo aleatorio? ¿Estaría viendo pistas donde no existían? Y, si existían, ¿qué relación tenían con todo lo demás? Muchas preguntas y ninguna respuesta. Le entraron ganas de gritar de frustración.
¿Qué debía buscar?
Si bien recordaba, lo que más le había llamado la atención era el tipo de alfabeto masónico que el autor del mensaje había empleado. Podía haber usado el sistema francés, el inglés o el alemán. Pero no. Había utilizado el sistema portugués.
El portugués.
¿Qué le decía eso sobre el autor del enigma?
La respuesta le pareció obvia. Si había usado el sistema portugués era porque, con toda probabilidad, se trataba de un portugués.
No era muy habitual encontrarlos en Estados Unidos, dado que no era el principal destino de la emigración portuguesa.
Aunque sí había, claro. Tradicionalmente emigraban a Brasil, a Francia, a Suiza, a Luxemburgo y a Canadá; aun así había colonias en Estados Unidos.
Las mayores se encontraban en Massachusetts, Newark, Rhode Island y San Diego.
Pero si el trumpista en cuestión no era portugués, nada impedía que fuera descendiente de portugueses.
De hecho, los había por todas partes en Estados Unidos.
Tom Hanks, George Lucas, Keanu Reeves y Katy Perry eran solo los ejemplos más famosos de lusodescendientes.
Claro que no se imaginaba a alguien como Tom Hanks elaborando un enigma así, pero...
Vaciló.
¿Y si...?
De repente, tuvo una idea. Se lanzó al ordenador y tecleó una serie de datos: algunos relacionados con la hipótesis que acababa de plantear, otros con la descodificación parcial de la inscripción encriptada.
Con toda la información introducida en el sistema, el ordenador tardó una fracción de segundo en darle la respuesta.
Cuando la vio, apretó el puño en señal de victoria.
—¡Ya está!
Había descubierto el paradero de Rodhes Gonzalez.