El protocolo del caos LXXVII
82%

LXXVII

Leroy Roderick se coló entre los milicianos de los Proud Boys que se abrían paso entre la muchedumbre, y fue avanzando hasta situarse en la primera fila, donde todos se empujaban frente al cordón policial.

Los agentes eran pocos, no llevaban cascos ni equipo antidisturbios; era obvio que no estaban preparados para la avalancha de gente que los empujaba por todas partes.

Todos se apelotonaban en esas primeras filas a empujones.

Sin embargo, los Proud Boys, que se comunicaban entre sí con walkie-talkies , parecían extrañamente tranquilos.

Se respiraba tensión, sin duda. Por un lado, la policía daba muestras de tener dificultades, dado que no había un perímetro bien definido para contener a la gente; por otro, los manifestantes estaban furiosos, excitados por la noticia de que el vicepresidente se disponía a traicionar al presidente y a validar los resultados electorales fraudulentos.

Aun así, la manifestación parecía controlada y la gente mantenía uno o dos metros de distancia respecto al cordón formado por los policías del Capitolio, separados ambos bandos por bolardos metálicos.

Al cabo de unos minutos, Leroy oyó a un policía, presumiblemente al que comandaba la unidad, dar órdenes a varios de sus hombres.

— Jesus Christ! —exclamó—. ¡Han encontrado una bomba en la sede del Comité Nacional Republicano! ¡Tom, avanza con tu grupo! Hay que montar un perímetro de seguridad para alejar a la gente y permitir que intervenga el equipo de artificieros.

Un grupo de agentes de la ya escasa fuerza policial presente tuvo que salir para cumplir la orden.

Instantes después, el mismo policía recibió otra comunicación y dio indicaciones a otro grupo de agentes.

— Fuck! ¡Ahora han encontrado también una bomba en la sede del Comité Nacional Demócrata! Greg, vete allí con tu gente a montar el perímetro de seguridad. ¡Rápido!

Otro grupo de agentes abandonó sus posiciones y se dirigió al lugar. La defensa del Capitolio quedó así aún más diezmada. Cuando el segundo grupo se alejó, uno de los hombres de los Proud Boys, situado junto a Leroy, dio una orden por el walkie-talkie .

—¡Ahora!

Los Proud Boys comenzaron a avanzar arrastrando a la multitud detrás de ellos, y Leroy iba en medio. Rodearon los bolardos metálicos y establecieron contacto físico con los agentes que formaban el cordón de seguridad.

—¡Hey! —gritó un policía—. ¡Atrás! ¡Atrás!

Los Proud Boys ignoraron la orden.

—Vamos a entrar.

Al decidir, inesperadamente, retar a la autoridad, algunos policías desenfundaron sus pistolas y apuntaron a los manifestantes.

—¡Atrás! ¡Atrás!

—Si disparáis, nos los cargamos a todos —amenazó un miliciano de los Proud Boys, vestido de camuflaje, con casco y gafas tácticas—. Ni se os ocurra.

Nadie se creía las amenazas de los agentes.

Ningún policía iba a abrir fuego contra manifestantes frente al Capitolio, santuario de la democracia, y menos sabiendo que los atacantes estaban armados e incluso portaban fusiles semiautomáticos AR-15.

Enseguida empezaron a llover proyectiles sobre las fuerzas del orden.

El policía que comandaba la unidad señaló con el dedo a un manifestante.

—¡Ese ha lanzado un objeto! —Lo señaló—. ¡Detenedlo!

Los agentes avanzaron para detener al infractor, pero los Proud Boys cerraron filas y les bloquearon el paso.

—¡No dejéis que se lo lleven! —gritó uno—. ¡Impedidlo!

Los manifestantes avanzaron en bloque, presionando con sus cuerpos a los policías.

Llovieron más objetos, esta vez más pesados.

De pronto se oyeron detonaciones y el aire se llenó de humo; eran granadas de gas y otros explosivos que los manifestantes lanzaban contra la policía.

Leroy olió el aire; le pareció una especie de gas lacrimógeno porque le empezaron a arder la nariz y los ojos; aun así, empujado por la multitud y empujando él también a los que estaban delante, fue avanzando paso a paso.

—¡Traidores! —gritó uno de los milicianos a los policías—. ¡Sois unos traidores!

—¡Acordaos de vuestro juramento! —bramó otro—. ¡Estamos aquí para que se cumpla la Constitución y vosotros deberíais hacer lo mismo! ¡Acordaos de vuestro juramento! ¡Proteged la Constitución!

—¡Traidores! ¡Traidores!

—¡Mostrad solidaridad con Nosotros, el Pueblo, o entonces os destruimos! ¿Creéis que vuestras armas de pacotilla nos van a parar? ¡Nada para al pueblo! ¡Vamos a tomar el edificio!

En medio de aquel caos, Leroy vio a dos milicianos de los Proud Boys que apuntaban sus armas contra los policías y abrían fuego; se dio cuenta de que no disparaban munición real, sino balas de goma. Los policías respondieron también con balas de goma.

La situación se descontroló. Se oyeron gritos, las detonaciones se multiplicaron, había humo, destellos, usaban los mástiles de las banderas y los propios bolardos metálicos para agredir a los agentes, arrojaban a la cara de los policías espráis de gas, usaban Tasers para provocar descargas eléctricas a agentes que caían al suelo.

La confusión se generalizó.

Los manifestantes atacaban a las fuerzas de seguridad y se instaló el combate cuerpo a cuerpo, los policías retrocedían o abrían paso.

La multitud avanzaba y avanzaba, como una corriente descontrolada que se salía por las márgenes de un río.

De repente Leroy se dio cuenta de que la masa humana en la que estaba había superado la barrera policial y ya subía la escalinata rumbo al imponente edificio del Capitolio, una ciudadela a punto de caer en manos de la turba descontrolada.

Los invasores estaban por todas partes e incluso había personas que trepaban por las paredes del edificio como arañas gigantes.

La anarquía se generalizó y la multitud, comandada por los Proud Boys y los Oath Keepers, se había hecho con la situación.

Un manifestante señaló el gran edificio que alberga el Congreso de los Estados Unidos.

—¡Todos los cabrones que están ahí dentro son traidores! —gritó—. ¡Todos ellos!

—¡El peor es Pence!

—¡Y los pederastas! ¡No os olvidéis de los malditos sonnavabitches pederastas satánicos!

Leroy siguió la corriente de patriotas y fue ascendiendo hasta llegar a un punto donde se concentraba una masa compacta de manifestantes, todos sin parar de empujar.

Se dio cuenta de que era una de las entradas del Capitolio bloqueada por la policía.

Los agentes aguantaban el embate y trataban de mantener la cohesión hombro con hombro. El caos allí era total.

—¡Aguantad la línea! —gritaba un policía, con la cabeza ensangrentada—. ¡Aguantad la maldita línea!

Pero iban llegando más y más manifestantes y quedó claro que la línea defensiva de las fuerzas de seguridad iba a ceder; era cuestión de minutos.

Se veían sobre todo puñetazos y empujones, pero también garrotes, martillos, mástiles de bandera e incluso cuchillos.

Lanzaron un extintor contra las cabezas de los agentes, golpeándolos con brutalidad.

Aunque resistían, el cordón de seguridad se iba debilitando.

—¡Dejadnos pasar! —gritó un miliciano en medio del asalto—. ¡Somos ciudadanos pacíficos!

—¡Lo hacemos por vosotros! —bramó otro—. ¡Lo hacemos por Estados Unidos!

En un momento dado, los atacantes lograron agarrar a un policía y lo arrastraron al exterior, arrojándolo sobre los peldaños de la escalinata.

—¡He cogido a uno! —exclamó alguien.

Lo rodearon, le arrancaron la placa, el arma y las municiones, y lo mantuvieron bocabajo, inmovilizado, impidiendo que los demás agentes acudieran en su ayuda.

—¡Mátalo con su propia arma! —corearon algunos milicianos—. ¡Mátalo con su propia arma!

Los policías que estaban en la barrera de la puerta empezaron a gritar en dirección al compañero y a los manifestantes que lo tenían rodeado.

—¡Tiene hijos! ¡No le hagáis nada, tiene hijos!

Nadie lo mató.

El combate proseguía feroz junto al acceso al Capitolio; los policías se enfrentaban a los invasores, se protegían con los escudos e intentaban contener la muchedumbre a golpes, mientras los manifestantes forzaban la entrada a empujones, puñetazos y con todo tipo de objetos.

Se oyeron cristales romperse y Leroy, en medio de la multitud furiosa, vio a manifestantes trepando por la fachada del edificio, intentando entrar por las ventanas ya rotas.

No cabía duda: era cuestión de tiempo hasta que los atacantes se impusieran.

Y el tiempo se estaba agotando, se percibía en los rostros demacrados de los policías.

De pronto, la barrera de seguridad cedió; la masa humana avanzó como un ariete y Leroy se vio atravesando el umbral y entrando en un pasillo decorado con mármol.

Estaba dentro del Capitolio.