LXXVI
El capitán Dimitri Chernishev avanzaba hacia el Capitolio en medio de la multitud con su smartphone en la mano, con las redes sociales activadas y en permanente contacto con la oficina en San Petersburgo.
Obtener información y difundirla de forma inmediata eran factores de importancia crucial en aquella operación.
El golpe lo dirigían los hombres de Trump, pero, tras presenciar el espectáculo grotesco emitido en directo por el principal abogado del presidente y de haber visto cómo se divulgaban abiertamente en las redes los detalles operativos de la planeada invasión del Capitolio, el oficial del FSB albergaba serias dudas sobre las capacidades revolucionarias de aquella gente.
Si quería que el golpe prosperara, tendría que echar una mano con el deepfake explosivo de Biden incendiando votos.
En la página de Facebook del Congreso apareció una información de última hora: se trataba de un memorando del vicepresidente en el que afirmaba que no tenía poderes para «aceptar o rechazar unilateralmente los votos electorales», y concluía que iba a actuar «según nuestra Constitución, nuestras leyes y nuestra historia».
Es decir, Mike Pence acababa de anunciar que iba a actuar contra la voluntad del presidente y homologaría los resultados electorales.
Había que difundir cuanto antes aquella noticia entre la multitud armada que bajaba por la avenida de Pensilvania.
Sin perder tiempo, Dimitri reenvió el memorando a San Petersburgo con instrucciones para que lo publicaran de inmediato en las redes.
No tuvo que esperar ni dos minutos. Usando cuentas falsas en Estados Unidos, los trolls al servicio del FSB llenaron las páginas más frecuentadas por los partidarios de Trump con la noticia de que Mike Pence se negaba a cumplir con su «deber patriótico» y se disponía a homologar los resultados fraudulentos.
Miró a su alrededor. Varios manifestantes, alertados por sus smartphones , ya a estaban consultando la información urgente. Las reacciones fueron inmediatas.
—What the fuck?!
—¿Habéis visto al traidor de Pence? ¡El cabrón va a homologar los resultados falsos!
—¡No me lo creo! ¿Dónde aparece?
—Aquí, en Facebook. Acaba de salir.
—Holy shit!
Un clamor furioso empezó a crecer en la multitud y un hombre con megáfono se dirigió a los manifestantes.
—Escuchad bien, folks —empezó, para llamar la atención de todos—.
Acabamos de recibir la noticia de que Mike Pence no va a hacer lo correcto.
Oficialmente nos van a robar las elecciones.
Así que preparaos porque vamos a invadir el Capitolio.
¿Lo habéis entendido? ¡Vamos a invadir el jodido Capitolio!
La muchedumbre estalló.
—¡Cabrón! ¡Traidor!
—¡Ahorcadlo!
—¡Todos al Capitolio! ¡Tenemos que drenar este maldito pantano, tenemos que echar a estos políticos corruptos!
—¡Defended la Constitución! ¡Fusilad a los traidores! ¡Ejecutad a los pederastas!
La multitud ya estaba en pie de guerra. ¿Cómo se atrevía el vicepresidente a traicionar a su presidente, a traicionar la Constitución y a traicionar a Estados Unidos?
Si decía ser cristiano evangélico, ¿cómo podía Mike Pence ponerse del lado de los pederastas y los satánicos, contra Jesús y contra Dios?
Todos aceleraron el paso; ya casi era una carrera.
Avanzaron deprisa por la avenida de Pensilvania y llegaron junto al Capitolio, donde miles de manifestantes se concentraban con gritos y cánticos, banderas y símbolos MAGA y QAnon.
Todos exhibían sus armas y muchos se comunicaban por walkie-talkies , como si se coordinaran entre ellos.
Por encima de aquel mar de cabezas, junto al monumento a Ulysses S. Grant, Dimitri vio una estructura de madera levantada con una cuerda colgando en el centro, al estilo del Lejano Oeste: un cadalso improvisado que los milicianos acababan de levantar.
—¡Ahorcad a Pence!
—¡Colgad a todos esos motherfuckers políticos traidores! ¡Todos colgados por el cuello hasta que se mueran!
El agente del FSB no pudo evitar sonreír.
Era sorprendente cómo la difusión de un pedazo de información tenía la capacidad de enaltecer a la turba e impulsarla a la acción, siempre y cuando se divulgara en el momento y el contexto adecuados.
Recorrió el lugar con la mirada sin dejar de sonreír.
Manifestantes furiosos, armados, cercaban el Capitolio, y solo había un puñado de policías protegiendo el edificio.
Al menos en eso los hombres de Trump habían sido competentes.
También lo habían sido al lograr poner en la calle a una multitud armada que amenazaba el Congreso.
Ni Lenin había conseguido sacar a miles de personas a las calles para dar su golpe de octubre.
Pero ¿serían estos estadounidenses capaces de incendiar el Reichstag?