El protocolo del caos LXXV
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Tomás Noronha confiaba plenamente en su amigo.

Le describió a Kurt Weilmann todo cuanto había ocurrido durante el encuentro con Sasha, hacía diez días en Moscú.

Le habló del deepfake de la masacre de Christchurch, del chantaje y de la misión que le habían impuesto.

No se calló nada. Sabía que el hombre de la DARPA tenía buenos contactos en la CIA, como ya se había puesto de manifiesto en la aventura de La mujer del Dragón Rojo .

Si había alguien que podía darle soluciones, era él.

Cuando el portugués terminó su relato, Weilmann ya se había acabado el whisky y había dejado el vaso en la mesa. Mentalmente, barajaba todas las opciones.

—Es un caso clásico de kompromat —constató—.

Los rusos siempre han sido expertos en esas tácticas.

¿Dices que plantaron el deepfake comprometedor en los servidores de Facebook?

Podemos encargarnos de eso. Entramos, borramos el deepfake y reintroducimos el vídeo original.

Fácil. Ahora bien, no podemos reponer los registros que los rusos borraron de tus tarjetas de débito y crédito, de tus peajes ni de tu itinerario en Google Maps en Lisboa.

Eso es imposible. Sí podemos, en cambio, introducir registros falsos que acrediten tu presencia en Portugal los días de la masacre de Christchurch.

—Es decir: tendremos que usar la mentira para decir la verdad.

—Exacto. Y podemos rastrear minuciosamente los sistemas electrónicos en Nueva Zelanda para detectar los registros falsos que los rusos plantaron allí y borrarlos. No veo problema en eso.

Tomás se sintió tan aliviado que casi abrazó a su amigo.

—¡Uf! Me quitas un peso de encima, ni te imaginas.

—Pero, man , todo esto va a dar trabajo. Mucho. Nadie hace algo así sin cobrar un precio, como calcularás.

—Cuando hablas de precio, ¿en qué estás pensando en concreto?

Tomás sabía que a partir de ese momento ya no estaba hablando con su amigo, sino con un profesional cuyo objetivo era defender los intereses de Estados Unidos. Como dicen los ingleses, no hay almuerzos gratis. Nada que él no hubiera previsto, claro.

—Voy a tener que afinar los detalles con Washington y sobre todo con Langley, pero el procedimiento estándar en estos casos es claro: seguirles el juego.

Compórtate como si siguieras bajo chantaje e inicia la investigación para encontrar el smartphone cuyo extravío, al parecer, les tiene tan preocupados.

Si están desesperados por encontrarlo será por alguna razón. Encuéntralo.

—¿Y después?

—Simple. En lugar de hablar con ellos, vienes a hablar conmigo y nos entregas ese smartphone .

Es decir: tendría que llevar el asunto hasta el final. De nuevo, nada que no hubiera previsto.

—¿No hay alternativa?

—No creo. Langley jamás aceptará emplear recursos para ayudarte si no obtiene algo a cambio. Ese es el precio que la Agencia suele cobrar, y me parece razonable. Es lo tomas o lo dejas.

—Pero entonces simplemente estaría cambiando un chantaje por otro...

—No lo veas así, man —replicó Weilmann con gesto conciliador—. Tienes que verlo como un negocio en el que todos ganan. Nosotros conseguimos información que, al parecer, los rusos consideran vital; tú te libras del embrollo en el que te han metido por accidente. Me parece justo para ambas partes.

—Pero soy yo quien está en el ojo del huracán.

—No somos nosotros los que te hemos puesto ahí, man . Han sido los rusos. Solo te estoy dando una solución. Te ayudamos y nos ayudas. Yo diría que es justo, ¿no crees?

Tomás pensó que Weilmann lo tenía justo donde quería. Pero lo que no sabía era que él también se acercaba al punto que deseaba.

—Acepto..., pero con una condición.

—Dime.

—A cambio de ayudaros con el smartphone ruso, vosotros ayudaréis a mis amigos rohinyás para que los acojan en Occidente.

El responsable de la DARPA lo consideró por un instante y al final negó con la cabeza.

—Lo siento, no puede ser. Cambiamos un favor por otro favor, no por dos.

El asunto de los rohinyás no es cosa nuestra.

Me gustaría ayudarte, créeme, pero Langley y Washington nunca estarían de acuerdo y no lo voy a proponer porque me jugaría mi credibilidad.

Mi oferta sigue los términos habituales en este tipo de situaciones.

Como te acabo de decir es lo tomas o lo dejas.

Ahora respóndeme: ¿qué va a ser? ¿Hay trato o no?

Tomás esbozó una mueca de pena. Pensaba que iba a ser capaz de incluir a Tin Tun y a la familia de Nur en el trato, pero estaba claro que no iba a ser posible. Paciencia. Cada cosa a su tiempo. Su prioridad era resolver el asunto del kompromat .

—Vale, lo haremos a tu manera. Pero, en ese caso, voy a necesitar vuestra ayuda. Para encontrar el smartphone que los rusos han perdido, necesito localizar a un individuo llamado Rodhes Gonzalez en Estados Unidos. ¿Podéis echarme una mano?

Weilmann cogió un bloc de notas y anotó el nombre.

—Ro-dhes Gon-za-lez —silabeó mientras escribía—. ¿Dónde vive ese tipo?

—Ni idea. Lo único que sé es que, al parecer, pertenece a las milicias trumpistas.

—Hum. ¿Un trumpista?

—Eso es todo lo que sé. ¿Crees que podréis localizarlo?

Anotado el dato, el estadounidense cerró el bloc.

—No será difícil para el FBI. Creo que cuentan con el registro de todos los miembros de las milicias trumpistas. Además, disponen de acceso privilegiado a las listas de ciudadanos estadounidenses. Hablaré con ellos y, cuando me den la información, te llamo. ¿Te parece bien así?

—Excelente.

—Entonces, nos pasas todo lo que averigües y nosotros resolvemos el tema del deepfake . ¿Quedamos en eso?

Tomás suspiró y le tendió la mano, que se estrecharon para sellar el acuerdo. Luego Weilmann se levantó y fue al bar para rellenar su vaso de whisky y celebrar el acuerdo. Al darse la vuelta para volver al sofá, se detuvo al ver que el visitante se dirigía hacia la puerta.

—¿A dónde vas?

—A cumplir mi parte —respondió—. Tengo que terminar la investigación y planear sin demora el paso siguiente. Hay mucho que hacer y, si quiero sacar esto adelante, no puedo perder tiempo. Pero si quieres celebrar, Kurt, te sugiero que bebas un whisky por mí.

Celebrar a solas no era exactamente lo que tenía en mente. Cumpliendo con sus deberes de anfitrión, acompañó al visitante al descansillo y pulsó el botón del ascensor.

—Muy bien, man —dijo con un tono apreciativo—. No cabe duda de que eres un tipo especial, ¿eh? Ni siquiera te tomas un whisky hasta que no hayas cumplido con tus obligaciones. No hay mucha gente así.

—Hay mucho en juego y no descansaré hasta que no haya resuelto el problema.

—Lo entiendo. Cumple tu parte y nosotros cumpliremos la nuestra. Si nos ayudas, puedes estar seguro de que ese deepfake de Christchurch desaparecerá.

—Eso espero.

El ascensor llegó al tercer piso y Weilmann abrió la puerta, invitando al portugués a entrar.

—Pero hay algo que debes tener siempre presente, man —añadió, manteniendo la puerta abierta—. Los rusos tienen muchas imágenes tuyas porque instalaron varias cámaras en tu casa. Que no se te olvide.

—¿Qué quieres decir?

—Nada les impide usar esas imágenes para crear otro deepfake .

Y con ese aviso se despidió. Cerró la puerta del ascensor y dejó que Tomás se fuera.