El protocolo del caos LXXIV
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Un auténtico ejército.

—¡Parad el robo! —gritaban varios de ellos al unísono, lanzando la consigna del momento—. ¡Ejecutad a los ladrones!

—¡Liberad a los niños! —coreaban otros, que seguramente eran anons —. ¡Somos la Tempestad! ¡Luchad por la libertad! ¡De las tinieblas a la luz!

La mañana se había despertado helada y Leroy llevaba su abrigo, bordado previamente con la simbología que definía su identidad: el gallo que mostraba sus orígenes y las iniciales con las que se presentaba como un anon . Él también era la Tempestad.

Todos a su lado marchaban hacia la Casa Blanca, donde el presidente iba a dar el mitin que prometía ser «salvaje».

Había miles de personas en las calles de la capital, un verdadero río humano, venidas de los cuatro rincones de Estados Unidos, si bien la gran mayoría procedía de los llamados flyover states del Sur; había gente sobre todo de Alabama, Texas, Misisipí, Georgia, Luisiana, Arkansas, Tennessee, Carolina del Norte y Carolina del Sur.

Pero también había milicianos de otros estados, como Míchigan, Arizona, Nuevo México, Nevada, Pensilvania o Wisconsin.

Por la forma de actuar, muchos mostraban formación militar; la mayoría sin duda eran exmarines, y algunos serían incluso veteranos de las fuerzas especiales, como los Navy Seals.

Llevaban cascos y chalecos antibalas, gafas tácticas, botas militares y uniformes de camuflaje; varios portaban walkie-talkies y uno incluso mostraba un auricular.

Pero Leroy vio que también había ciudadanos corrientes con banderas de Estados Unidos y de la Confederación, gorras con las siglas MAGA y mensajes de QAnon cosidos; se veía a obreros de la construcción y bomberos, oficinistas y pequeños comerciantes, gente del pueblo, hombres y mujeres blancos, muchos rednecks como él, pobres como él, despreciados como él.

Todos armados, todos excitados, todos rabiosos.

—Pence tiene que devolver la votación a los Estados —decía uno—. Con eso basta para que ganemos.

Se refería a Mike Pence, el vicepresidente, encargado ese día del acto protocolario de dar lectura a los resultados electorales ante el Congreso.

Sin embargo, el presidente quería que el vicepresidente, invocando un supuesto fraude generalizado, convirtiera los votos a Biden en votos a Trump.

O, si eso no era posible, al menos que devolviera las actas electorales a los siete Estados donde el presidente había perdido por poco, para que allí se celebrara una nueva votación.

Esta segunda opción se consideraba la más factible.

Los milicianos que se dirigían al mitin en la Casa Blanca comentaban el tema.

—Alexander está en contacto con la Casa Blanca —dijo uno—. Parece que el equipo del presidente se ha reunido en el hotel Trump y en el Willard para coordinar las operaciones. Alexander me dijo que ese equipo se llama «Consejo de Guerra».

— Yeah , buen nombre.

—Si Pence no accede, tendrá que ser ejecutado por traición a la patria.

—O ahorcado. Los traidores no merecen que se gasten balas con ellos. Si esos cabrones se portan mal, tendremos que ahorcarlos.

No se veía mucha policía en las calles, aunque se trataba de un día políticamente importante y Washington hervía de milicias armadas.

Al principio aquello sorprendió a Leroy, pero enseguida dedujo la razón: el presidente había ordenado una presencia policial mínima.

Además, ¿cómo se iba a ejecutar la operación Ocupar el Capitolio si la policía hubiera estado allí en gran número?

Se sentía hermano de toda esa gente que caminaba a su lado.

Eran estadounidenses resentidos con las élites por no tenerlos en cuenta y haberlos convertido en minoría en su propia tierra.

Tenían que luchar por lo que era suyo: por sus familias, por su tierra, por su gente, por su país.

Por la América que les pertenecía y que las élites querían transformar en la de los otros, sustituyéndolos por extranjeros y haciendo de los verdaderos estadounidenses una minoría objeto de burla, olvido y desprecio.

No lo aceptarían. Iban a luchar. Como hermanos.

Ellos eran la Tempestad.

Antes de salir hacia Washington D. C., Leroy había escrito un mensaje codificado y empezó a repartirlo en papel a todo aquel que veía con símbolos de QAnon. La gente miraba lo que estaba escrito y algunos le dirigían miradas interrogativas.

—¿Qué es esto, dude ?

—Es un crumb —respondió—. Si eres un verdadero anon , tienes que bake it . —La expresión de Q cuando se refería a «interpretar»—. No lo olvides: everything is connected . Está todo conectado. Confía en el Plan. Nosotros somos la Tempestad.

Al acercarse a la Casa Blanca vieron arcos con detectores de metales donde algunos manifestantes estaban siendo registrados. Al encontrarlos, los miembros de las milicias se rieron y los sortearon. Un policía se los acercó.

—Tenéis que pasar por aquí.

Los milicianos de los Oath Keepers simplemente lo ignoraron. Algunos incluso se burlaron en la cara del agente.

—¡Payasos!

—Por favor, tienen que pasar por el detector de metales —insistió el policía, sonrojado—. Es una zona de seguridad.

Los milicianos con cascos y uniformes volvieron a reírse. Sin embargo, uno de ellos se acercó tanto que casi pegó su cara a la del agente. Señaló a los dos policías que atendían el control.

—¿Esa es toda vuestra fuerza? —preguntó—. ¿De verdad creéis que vais a poder detener a toda esta gente?

El policía parpadeó, sorprendido por la audacia de aquellos hombres. A Leroy le quedó claro que las fuerzas del orden no tenían la menor idea de lo que se cocía. Mejor así, pensó. Cuando despertaran a la realidad, sería demasiado tarde.

Como los Oath Keepers y muchos otros, Leroy ignoró a los policías, rodeó el control de metales y siguió adelante.

Llevaba en la mano la bolsa verde con la AR-15, las municiones y las granadas guardadas en los bolsillos del chaleco; si se sometía al detector de metales, evidentemente, sería desarmado. Eso no entraba en sus planes.

La multitud se agolpó en las inmediaciones de la Casa Blanca.

Llegó un punto en que era imposible avanzar; había demasiada gente y la masa humana formaba ya una auténtica muralla.

La multitud llenaba el Ellipse, el parque al sur del muro de la Casa Blanca, y se extendía hasta el monumento a Washington; debían de ser más de veinte mil personas.

Leroy se puso de puntillas e intentó mirar por encima del mar de cabezas y banderas.

Al fondo, junto a la Casa Blanca, se erguía un escenario.

—La gente de delante llegó a las tres de la mañana —le dijo un hombre cuando lo vio observar el escenario—. Esto lleva días, mucha gente está llegando a D. C.

Se oyó otra voz.

—Eh, chicos, ¿habéis visto el nuevo tuit del presidente?

Leroy miró de inmediato su smartphone , como el resto.

Los Estados quieren corregir sus votos, saben que se basan en irregularidades y fraude, además de que los procesos corruptos nunca tuvieron aprobación legislativa.

Todo lo que Mike Pence tiene que hacer es enviarlos de regreso a los Estados, ¡Y NOSOTROS GANAMOS!

Hazlo, Mike, ¡esta es la hora de extrema valentía!

Con ese tuit, Trump dejaba claro que no controlaba a su vicepresidente, lo que inquietó a Leroy y a las personas a su alrededor también.

—¿Y si Pence no lo hace?

—Imposible —respondió otra voz—. Es el vicepresidente, respetará a su presidente. Además, Pence es evangélico. Teme a Dios. ¿Qué evangélico va a defender a los pederastas? Sabe que Biden, el violador de niños, no puede ser presidente. ¡Lo hará!

—Sí, pero no olvidéis que Pence ha estado mucho tiempo en el pantano —aventuró un tercero, usando pantano como referencia al mundillo político de Washington D. C.—. Las ratas de agua son todas iguales, amigos.

Las opiniones se dividían. Unos pensaban que Pence actuaría correctamente y evitaría la certificación de los resultados fraudulentos que robaban la victoria a Trump; otros tenían sus dudas.

La discusión se prolongó, acalorada. Cuando se serenaron los ánimos, Leroy se puso a hablar con todos los manifestantes que llevaban la simbología de QAnon.

A los que le preguntaban de dónde era, les entregaba el papel con el mensaje que había codificado en casa antes de partir.

—Este crumb revela quién soy —decía a quien le preguntaba por los símbolos que había garabateado en el papel—. Amigo, si de verdad eres un anon , te toca bake it . No lo olvides: everything is connected . Confía en el Plan. Somos la Tempestad.

A los verdaderos anons les encantaban esas cosas. Las conversaciones se interrumpieron de pronto cuando la voz del presentador del mitin irrumpió por los altavoces.

—Señoras y señores, ¡el presidente de los Estados Unidos!

La multitud estalló en aplausos y vítores; las banderas ondearon frenéticamente, la gente saltaba eufórica, brazos y sombreros en alto, confetis llovían sobre la multitud: fue como si hubieran anunciado la llegada del mesías.

Leroy se esforzó en mirar por encima del mar de cabezas, pero resultaba difícil porque todos intentaban hacer lo mismo.

Solo se percató de que Donald Trump había subido al escenario por la reacción desbordada de la multitud, casi histérica.

Poco después oyó la voz inconfundible del presidente.

—Muchas gracias, esto es increíble —comenzó—.

Hay cientos de miles de personas aquí; quiero que los medios de comunicación, las fake news , lo reconozcan.

Enfocad vuestras cámaras, por favor, y mostrad lo que realmente está pasando.

—La multitud respondió con un clamor—. ¡Nuestro país ya no aguanta más!

—prosiguió—. No aguantamos más y por eso estamos todos aquí.

Vamos a parar el robo. Han falseado las elecciones.

¡Las han falseado como nunca se había hecho!

—Más aplausos y vítores—. Pasamos de sesenta y tres millones de votos a casi setenta y cinco millones.

Me dijeron que sesenta y seis millones nos garantizaban la victoria.

¡Nos han robado! Mirad los países del Tercer Mundo: sus elecciones son más honestas que las que hemos celebrado.

Es una desgracia. ¡No vamos a dejar que silencien vuestras voces!

¡No vamos a permitir que eso ocurra, yo no lo voy a permitir!

Esa última frase desató una ovación entre la multitud.

—¡Luchamos por Trump! —gritó Leroy con el puño en alto, a coro con todos—. ¡Luchamos por Trump! ¡Luchamos por Trump!

—Gracias —dijo él—. Espero que Mike Pence haga lo correcto.

Porque si hace lo correcto, ganamos las elecciones.

Tiene el derecho de hacerlo. Los Estados quieren votar de nuevo porque ha habido fraude.

Todo lo que el vicepresidente Pence tiene que hacer es devolverles su derecho a decidir y permitir que organicen una nueva votación.

Entonces me convertiré en presidente y vosotros seréis muy felices.

—¡Parad el robo! ¡Parad el robo! ¡Parad el robo!

—Acabo de hablar con Mike. Le he dicho: «Mike, no hace falta echarle valor. Lo que requiere valor es no hacer nada. Eso es ser valiente».

La multitud enloqueció.

—¡Trump! ¡Trump! ¡Trump!

—¿Ha dicho lo que acabo de oír? —preguntó Leroy al miliciano de los Proud Boys que tenía al lado; las AR-15 de ambos ya eran bien visibles—. ¿El presidente ha amenazado al vicepresidente?

— Yeah! —El miliciano se rio mientras mascaba chicle—. Ha avisado al motherfucker de Pence de que hace falta valor para no hacer nada; si no hace nada, ¡nosotros nos encargamos de él! —Alzó su rifle semiautomático—. ¡ Hell , puedes apostar que lo haremos!

—¡Grande Trump! ¡Pence debe de estar cagado!

En el escenario, el presidente prosiguió con su discurso durante otra hora, tocando varios temas que, según él, eran importantes para salvar la democracia, hasta que por fin entró en la fase final del mitin.

—Juntos vamos a drenar el pantano de Washington y vamos a erradicar la corrupción en la capital de nuestra nación.

Sabéis, ya hemos construido el muro. Pero ahora las caravanas —creo que eso es lo que Biden está planeando— se están formando otra vez.

Quieren venir aquí y acabar con nuestro país.

Eso no va a suceder. Nosotros lucharemos.

Y lucharemos como demonios. Porque si vosotros no lucháis como demonios, dejaremos de tener país.

Por eso vamos a bajar por la avenida de Pensilvania.

Y vamos al Capitolio, y lo intentaremos.

Así que bajemos por la avenida de Pensilvania.

Os doy las gracias. Dios os bendiga y que Dios bendiga América.

Una ovación invadió la multitud; se oyeron muchos «¡Amamos a Trump!

» y «¡Parad el robo!», hasta que, por fin, toda esa masa de gente comenzó a abandonar el lugar del mitin.

Leroy iba en medio. Como el resto, obedeció las órdenes del presidente e inició la bajada por la avenida de Pensilvania rumbo al Capitolio.

La revolución estaba en marcha.