LXXIII
La habitación del hotel estaba a oscuras.
El capitán Dimitri Chernishev había bajado las persianas para poder dormir hasta tarde.
La noche anterior había trabajado hasta altas horas, planificando los procedimientos para todos los escenarios; no se había acostado hasta las cuatro de la madrugada.
De ahí la necesidad de cerrarlas. Necesitaba dormir lo máximo posible, ya que, dadas las circunstancias, podía verse obligado a pasar dos o tres noches seguidas sin pegar ojo.
Lo despertó el sonido de su smartphone . Alzó la cabeza y, somnoliento, miró el reloj digital de la mesilla; era casi la una de la tarde. Había dormido mucho. Cogió el móvil y comprobó quién lo llamaba. Paul Cannon.
—¿Dígame?
—¿Señor Chernishev? —Era la voz del asesor presidencial con quien había hablado unos días antes a solas en la Torre Trump.
—Sí, soy yo.
— The Storm is coming —anunció Cannon—. Viene la Tempestad. —Era el código.
—Entendido.
—Que tenga un buen día, mister Chernishev.
Ambos colgaron.
Al parecer, la Casa Blanca había decidido avanzar. Sin perder tiempo, Dimitri buscó en los contactos de su teléfono el número de su jefe operativo en el FSB, el coronel Mijaíl Arseniev. Usando una línea cifrada de alta seguridad, estableció la conexión.
La voz al otro lado respondió al segundo tono.
—¿Dígame?
—Acabo de recibir la comunicación del meteorólogo —dijo en clave, por si la encriptación estuviera comprometida por el FBI o la CIA—. Viene la Tempestad. Repito: viene la Tempestad.
—Comprendido —respondió—. En tal caso, tengo nuevas instrucciones para usted. Ya hemos reparado el paraguas imprescindible para protegernos de la Tempestad y nos han autorizado a usarlo.
—¿La autorización es... de arriba?
—Del mismísimo meteorólogo jefe.
—¿Y, con esa reparación, el paraguas está en condiciones?
—Está perfecto.
—Entonces, le ruego que me lo envíe con urgencia, por favor.
—Me encargaré de ello —respondió—. No se moje.
Colgaron.
Dimitri se levantó de la cama de un salto.
Fue a la ventana y abrió las persianas para que el sol entrara en la habitación.
Nueva York se extendía ante él. Los múltiples rascacielos de la ciudad le parecían admirables, pero lo que más le impresionaba era el edificio neogótico que tenía a su derecha, el Chrysler: le recordaba a las Siete Hermanas de Moscú, como llamaban a los monumentales edificios neogóticos erigidos en la capital rusa durante la era estalinista.
Volvió a mirar su smartphone , esta vez para consultar las redes y ver las novedades. Lo primero que encontró fue un nuevo tuit de Donald Trump.
La GRAN Concentración de Protesta en Washington D. C. tendrá lugar a las 11:00 de la mañana del 6 de enero. Pronto publicaremos los detalles de las ubicaciones. ¡Parad el robo!
El hombre no paraba, sonrió Dimitri. Trump era un tuiteador compulsivo.
A continuación, echó un vistazo a Facebook; estaba lleno de llamamientos a la «Lucha por la Libertad» y a parar el robo, junto con múltiples avisos de que «Viene la Tempestad».
Se alarmó cuando se topó con planes —con mapas e indicaciones pormenorizadas— que detallaban una operación llamada «Ocupar el Capitolio», enmarcados por una cita de Lincoln que hablaba de la necesidad de «derrocar a los hombres que pervierten la Constitución».
Negó con la cabeza en señal de desaprobación.
—Están locos...
El hombre del FSB sabía que una revolución no se monta publicando abiertamente los planes.
Una operación de ese tipo debía mantenerse en secreto.
La confidencialidad era un requisito para el éxito de un golpe.
¿No se daban cuenta? Revisó las demás redes sociales y encontró los mismos detalles en Twitter, Instagram y Parler.
Ni siquiera se molestó en buscar en otras plataformas; los planes de insurrección para ocupar el Congreso estaban por todas partes.
Es cierto que los mensajes se compartían en los grupos de Facebook y en circuitos cerrados de otras redes, por lo que solo eran visibles para sus miembros, pero Dimitri no albergó la menor duda de que el FBI y otras agencias de seguridad nacional se habrían infiltrado y lo estaban monitorizando todo.
Más que locos, los organizadores de aquello parecían aficionados del calibre del abogado de Trump, el que había aparecido en directo con el tinte disolviéndose y las manchas negras corriéndole por la cara mientras intentaba convencer a sus conciudadanos de una fantástica conspiración electoral.
Para colmo, los mensajes de los seguidores de Trump resultaban tan surrealistas, e incluso tan descabellados, que los topos del FBI quizá no creyeran que fuesen en serio y pensaran que no era sino una bravuconada.
Al fin y al cabo, ningún conspirador con dos dedos de frente publicita sus planes de antemano.
Quizá el amateurismo de esa gente funcionara; quién sabía.
Un pitido en el móvil lo avisó de que acababa de recibir un mensaje.
Lo comprobó. Era el FSB, que, usando la fachada de Lukoil, le acababa de enviar el material solicitado: el famoso paraguas.
Pulsó el icono y las imágenes aparecieron.
Se veía a Joe Biden vaciando urnas, vertiendo gasolina sobre las papeletas y prendiéndoles fuego, rematando con la invectiva provocadora contra Trump.
Habían sido corregidas las sombras: ahora el deepfake parecía inatacable.
—Perfecto.
Abrió el buscador de vuelos y compró un billete para esa misma tarde en American Airlines, salida desde el aeropuerto de Laguardia de Nueva York y llegada, una hora después, al Ronald Reagan National, en Washington D.
C. Con todo organizado, dejó el móvil y fue a darse una ducha.
Los días siguientes prometían ser largos.
Y explosivos.