LXXII
Apostado adrede en un rincón oscuro del garaje donde podía seguir siendo invisible, el hombre aguardó oculto entre las sombras a que el recién llegado aparcara el coche y se apeara.
Le había tendido una emboscada. Tras cerrar el vehículo, el recién llegado se dirigió despreocupado hacia el ascensor, tarareando una vieja canción de Frank Sinatra mientras buscaba en el bolsillo la llave de su piso.
—¿Kurt?
El recién llegado no esperaba aquella voz que surgió de la penumbra y dio un salto sobresaltado.
—¡Santo Cielo!
El hombre salió de entre las sombras y, bajo la luz amarillenta del garaje, su rostro quedó al descubierto.
—¿Te asustas de los viejos amigos?
Al reconocerlo, el recién llegado abrió los ojos de par en par.
—¡Tomás Noronha! —exclamó. Resopló aliviado—. ¡Joder, tío! ¿Quieres matarme o qué? Fuck! ¡Casi me da un ataque al corazón!
El portugués sonrió.
—No me digas que ahora el gran Kurt Weilmann tiene miedo a la oscuridad...
—Cualquiera en mi país le teme a la oscuridad —replicó Kurt—. Vengo de Estados Unidos, man . ¿Crees que aquello es como esto? Allí todo el mundo tiene acceso a armas.
—No me digas que eres de los barrios mafiosos de Nueva York.
—Soy de San Francisco —respondió—. Pero, como sabes, hace ya unos años que vivo en Lisboa. Es mucho más tranquilo. —Hizo un gesto hacia el ascensor—. Venga, sube. A ver si con un whisky me recupero del susto que me has dado.
Los dos entraron en el ascensor.
—¿Ahora vives aquí?
—No podía quedarme en el piso de antes, ¿no te parece? No después de lo que te pasó.
Era una referencia a los acontecimientos de cuando se conocieron.
—Ya, me imagino.
—Pero me voy a marchar —anunció Weilmann—. He puesto el piso en venta.
—¿Ah, sí? ¿Ya no te gusta Lisboa?
—DARPA me quiere en Estados Unidos a tiempo completo. Todos estos enfrentamientos con Rusia y China exigen que esté allí de forma permanente para desarrollar y supervisar los nuevos proyectos. Son gajes del oficio, qué le vamos a hacer.
La DARPA, en la que Kurt Weilmann se destacaba como uno de los responsables y principales cerebros, era la agencia encargada de desarrollar las tecnologías militares más avanzadas de Estados Unidos.
Una parte importante de los grandes avances tecnológicos del último siglo —incluido el inicio de la misión que llevó al hombre a la Luna y la invención de internet— llevaba su firma.
—¿Entonces nos vas a dejar...?
—Lamentablemente. Pero tranquilo, que cuando me entre la nostalgia, vendré por aquí de vez en cuando.
Esto me recuerda mucho a California, pero en versión europea y más económica.
Tiene una bahía parecida a la de San Francisco, colinas similares, tranvías e incluso un puente que recuerda al Golden Gate.
Y, como en California, el clima es templado y el sol se pone sobre el mar.
Portugal es la California de Europa, man . Me siento como en casa.
Llegaron al tercer piso y salieron del ascensor. Con la llave en la mano, Weilmann abrió la puerta y entraron. A Tomás le extrañó no oír una voz familiar.
—¿Rebecca?
—La he desconectado. Como te acabo de decir, tengo el piso en venta y he empezado a desmontarlo. La tecnología fue de las primeras cosas que desactivé.
—¡Ah, qué pena!
Rebecca era la asistente virtual del responsable de la DARPA: un sistema avanzado de inteligencia artificial con una voz femenina seductora que controlaba toda la electrónica de la casa y que Tomás ya conocía. Al parecer, esa presencia ya no estaba activa.
Entraron en el piso. Weilmann encendió las luces, se quitó el abrigo y se dirigió al bar.
—¿Quieres un whisky ?
—Prefiero agua.
El estadounidense sirvió a su visitante y ambos se sentaron en el sofá con los vasos en la mano. Ya más relajado, y bajo la intensa iluminación del piso, Weilmann miró con más atención a su interlocutor.
— Wow, man! —exclamó, sorprendido por lo que veía—. Has perdido mucho peso. ¿Estás enfermo?
Tomás tenía el rostro más hundido, los pómulos marcados y la tez amarillenta.
—Ni me lo recuerdes. Acabo de llegar de Myanmar.
—¿Myanmar? Jesus Christ , man! ¿Qué demonios fuiste a hacer allí?
—Es una larga historia —respondió el portugués—. Te ahorraré los detalles. Solo quería pedirte un favor. Tengo unos amigos que están en campos de refugiados de Bangladés y me gustaría sacarlos de allí. ¿Crees que puedes mover algunos hilos?
—¿Hay portugueses en los campos de refugiados de Bangladés?
—Los amigos de los que hablo son rohinyás.
Weilmann negó con la cabeza.
—Eso es un asunto del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, no de la DARPA.
No vamos a meternos en eso. Además, ¿de qué sirve sacar a un puñado de personas?
Que yo sepa, en Bangladés hay un millón de rohinyás.
¿Por qué se ha de privilegiar a unos en detrimento de otros?
¿Solo porque son tus amigos? ¿Eso es un criterio?
Tomás sabía que tenía razón.
—Cierto, pero..., en fin, es una cuestión de lealtad. Hemos pasado muchas penurias juntos y no me siento bien abandonándolos.
—Lo comprendo perfectamente. Es humano y, en tu lugar, yo pensaría igual. Pero comprenderás también que no queramos meternos en ese asunto.
El historiador ya había previsto esa respuesta. Había sido solo el primer paso en su esfuerzo por ayudar a Tin Tun y a los hermanos y a la abuela de Nur.
—Sí, claro.
El hombre de la DARPA cruzó las piernas.
—Oye, que no nací ayer —dijo—. No te has emboscado en el garaje del edificio como un asaltante y has montado una vigilancia solo por culpa de unos rohinyás que quieres sacar de Bangladés, ¿verdad?
Si fuera por eso, habrías tocado al timbre o me habrías llamado por teléfono. Cuéntame de una vez qué pasa realmente.
Tomás sonrió. No cabía duda de que su interlocutor era un hombre perspicaz y muy inteligente; nada se le escapaba. Eso le daba pie para abordar el segundo tema que lo había llevado hasta allí.
—Tienes razón, tenía hablar contigo muy discretamente —confirmó—. Creo que me vigilan, así que debo ser muy cauteloso.
Esas palabras hicieron sonar una alarma en la cabeza de Weilmann.
—¿Te vigilan? —Hizo un gesto para que no siguiera hablando—. Antes de que sigas, ¿tu smartphone ? ¿Dónde está?
Pregunta obligada para quien trabajaba en ese campo.
En la era de la inteligencia artificial los dispositivos electrónicos se habían convertido en los mejores espías del mundo; los buenos servicios de inteligencia eran capaces de activar el GPS, los micrófonos y las cámaras a distancia, lo que les permitía determinar la ubicación de sus propietarios y captar todo lo que decían y hacían.
Llevar un teléfono móvil era tener un espía en el bolsillo.
—Encendido en casa —respondió—. La geolocalización electrónica me sitúa en el sofá. En la televisión hay un vídeo en el que se oye mi voz, lo que les hará pensar que estoy allí de verdad. Y he empleado técnicas de camuflaje para llegar hasta aquí.
Con un gesto de aprobación, Weilmann se fijó en los detalles.
—Cuando dices «les hará pensar», ¿a quién te refiere exactamente? ¿Quién te vigila?
Era el momento de poner las cartas encima de la mesa.