LXX #2
—Mi inglés no es perfecto, pero supongo que me he expresado bien —ironizó Dimitri—.
¿No es vuestro QAnon, el que no para de hablar del Plan y de la Tempestad que viene, de la ley marcial que se va a decretar, detenciones y ejecuciones y no sé qué más?
Pues desaten esa Tempestad sobre América: salgan a la calle y tomen el poder.
—¡No podemos hacer eso!
—¡Bah! ¿Por qué no?
—Porque estamos en Estados Unidos.
—¿Y bien?
El estadounidense sopesó las razones para evitar el camino que se le proponía.
—Bueno, algo así desencadenaría una guerra civil.
—¿Y bien?
Cannon se quedó atónito por la ligereza con la que el visitante hablaba de algo de ese calibre.
—Nuestras fuerzas armadas nunca lo permitirían.
—Pero ¿quién es el comandante supremo de las fuerzas armadas?
—Es... el presidente.
—¿Y quién es ahora mismo el presidente?
—Donald Trump.
Dimitri hizo un gesto con las manos, como si acabara de demostrar su razonamiento de forma lógica.
—Entonces las fuerzas armadas solo intervendrán si el presidente les ordena intervenir, ¿cierto?
—Bueno..., sí, claro.
—¿Y Trump ordenaría que intervinieran contra él mismo?
—Eh..., claro que no.
El ruso se inclinó hacia delante.
—Dejémonos de tonterías y vayamos al grano —dijo—. Necsitan un pretexto legal para intervenir. Proporciónenselo. Por lo que he entendido de su sistema, el resultado electoral debe ser ratificado por el Congreso, ¿cierto?
—Sí, eso ocurrirá el 6 de enero.
—Esa es la fecha de la revolución. Lo que ocurra ese día dentro del Congreso será el pretexto.
Pongan a sus hombres en las calles. Armados hasta los dientes, claro.
Al mismo tiempo, impidan que las fuerzas armadas intervengan.
Intensifiquen la retórica y dramaticen todo lo que puedan.
Cerquen el Congreso e invádanlo. Siembren el pánico entre los congresistas y oblíguenlos a anular los votos que ustedes declaran como fraudulentos.
Si se anulan los que dan ventaja a su adversario, los congresistas no tendrán más alternativa que certificar la victoria de Trump. ¡Usen la democracia para subvertirla!
Cannon se removió en su asiento, incómodo.
—Eso es complicado...
—Es sencillo.
—¿Sencillo?
Dimitri se rio.
—Mire, nosotros en Rusia somos profesionales en revoluciones —le recordó—.
Hicimos una en 1917 y hemos provocado decenas y decenas por todo el mundo.
Las revoluciones se hacen con golpes de mano, ¿me entiende?
¿Acaso cree que Lenin contaba con el apoyo popular cuando hizo la Revolución de Octubre?
Nadie lo apoyaba. Nadie. De hecho, la revolución fue un golpe audaz llevado a cabo por un puñado de hombres armados y decididos sin el respaldo de la población.
Tanto fue así que los bolcheviques perdieron poco después las elecciones a la Asamblea Constituyente y se vieron obligados a decretar la dictadura para poder gobernar.
—Los Estados Unidos de hoy no es la Rusia de 1917.
—Rusia, Estados Unidos... Es lo mismo. Las revoluciones que organizamos por todo el mundo se llevaron a cabo del mismo modo y, mire, funcionaron.
Si lo hicieron en todas partes, también aquí.
De hecho, si lo analizan, comprobarán que todas las grandes revoluciones del siglo XX las encabezaron grupos de hombres determinados que sometieron a los Parlamentos por la fuerza.
Miren nuestra revolución de 1917, miren la revolución fascista en Italia, miren la revolución nazi en Alemania.
Disuelvan su Duma, incendien su Reichstag y triunfarán.
—Pues, vamos... a pensarlo.
La respuesta no sonó convincente. El ruso lo notó y giró el rostro, como si pretendiese abordar la cuestión desde otro ángulo.
—¿Quién es Q?
La pregunta pilló a Cannon desprevenido.
—Eh..., ¿qué Q?
—Q de QAnon. ¿Quién es?
—No lo sé.
—Venga, no se haga el tonto —lo cortó Dimitri—. Son agentes de la CIA, ¿no?
El estadounidense volvía a sentirse acorralado.
—Mire, yo no sé...
—¡No me diga tonterías! Si quiere que esto funcione, tiene que decirme la verdad. Se lo pregunto por última vez: ¿quién es Q?
Acorralado, Cannon terminó por ceder.
—Exagentes de la CIA que apoyan a Trump.
—No se preocupe, no me ha revelado ningún secreto —replicó el ruso con una sonrisa cómplice—.
Que proceden de la CIA no cuesta deducirlo.
QAnon es, claramente, una operación psicológica —una psyop — llevada a cabo por agentes especializados en este tipo de acciones de desinformación.
Y, como es evidente, en Estados Unidos solo la CIA tiene ese tipo de know-how .
Lo que me lleva a hacerle otra pregunta: ¿los del QAnon son lobos solitarios o esos exagentes han realizado la campaña de psyop bajo su coordinación?
El anfitrión negó con la cabeza.
—No puedo decírselo. Lo siento.
Dimitri se reclinó en su asiento, relajando la postura.
—Da igual, conozco la respuesta —dijo—. Hablen con esos exagentes de la CIA y pregúntenles cómo se llevan a cabo golpes de Estado disfrazados de revoluciones. Verán que corroborarán el plan que acabo de proponerle.
—Está bien, hablaremos con ellos.
Esta vez sí se pronunció con convicción.
—Pero la operación que lancen contra el Congreso debe estar bien concebida, ¿entendido?
Tienen que inventar un buen pretexto, reunir a un grupo de hombres determinados y avanzar con firmeza.
Los progresistas son unos maricas. Cuando vean las escopetas y los cuchillos, se cagarán todos.
Confíe en mí. Esa gente es de blablablá, no de acción.
Pero si la operación está mal planeada o hay vacilaciones, la cosa fracasará. No querrán que fracase, ¿verdad?
—No, claro que no.
El hombre del FSB consultó el reloj y, sin las delicadezas propias de los protocolos sociales, se levantó del sofá. La reunión había terminado.
—Señor Cannon, ha sido un placer hablar con usted —dijo como despedida—. Haga el favor de transmitir al presidente nuestro más cordial saludo. Dígale que, por nuestra parte, haremos todo lo que esté en nuestra mano para ayudarlo.
—Se lo diré, quede tranquilo.
—Tienen que hablar con esos exagentes de la CIA, y si deciden avanzar contra el Congreso, llámeme —le pidió—.
Basta con que diga «viene la Tempestad» y sabré que el golpe se va a ejecutar.
Esa señal es imprescindible para que, en el momento oportuno, podamos auxiliarlos de maneras que no conviene detallar aquí. ¿Entendido?
—Sí, claro. Se lo agradezco mucho.
Los dos hombres se estrecharon la mano.
—Que tenga un buen día, señor Cannon.
El estadounidense acompañó a Dimitri a la puerta.
El agente ruso entró en el ascensor con paso seguro.
No era para menos: había oído lo que necesitaba oír y había dicho lo que debía decir.
El resto ocurriría, inevitablemente, como tenía que ocurrir.
Había leído el informe ultrasecreto del FSB sobre Donald Trump y el perfil que trazaba.
Si el presidente se mantenía fiel a su naturaleza —y Dimitri estaba convencido de que así sería—, aquello solo podía significar una cosa.
Se avecinaba una tempestad sobre América. Y una catástrofe para todo Occidente.