LXX
La Torre Trump, justo al lado de Central Park, probablemente ya no era el rascacielos más popular de Nueva York —una ciudad demócrata donde miraban a su propietario con vergüenza y profunda hostilidad—, pero seguía siendo un edificio imponente.
Deslumbraba, sobre todo, por sus enormes cristales espejados.
El ejecutivo rubio de pelo corto entró en el vestíbulo con un maletín de cuero. Se acercó a la recepcionista y le tendió una tarjeta.
—Tengo una reunión con el señor Cannon. Paul Cannon. ¿Podría avisarlo de que ya he llegado, por favor?
La recepcionista consultó el nombre impreso en la tarjeta.
—Señor Daimaitrai Shirnai..., eh...
—Dimitri Chernishev —corrigió el recién llegado—. Soy director de relaciones exteriores de Lukoil, de Rusia. El señor Cannon me espera. ¿Podría avisarlo de que ya he llegado, por favor?
La recepcionista hizo una llamada e, instantes después, le entregó una acreditación para acceder al edificio.
—Es en el quincuagésimo segundo piso —le indicó—. El señor Cannon lo espera allí.
Dimitri avanzó, pasó delante de los guardias y tomó el ascensor hasta el piso 52.
Lukoil era la segunda petrolera más importante de Rusia, por detrás de Gazprom, y la mayor empresa no estatal del país en términos de ingresos.
Muy poderosa, mantenía un acuerdo formal de cooperación con el FSB.
Por eso Dimitri la utilizaba como tapadera para esa misión en el corazón del imperio empresarial de Trump.
Ya en el quincuagésimo segundo piso, invitaron al oficial del FSB a entrar en un despacho con una enorme ventana que se abría a una vista espectacular de la Quinta Avenida, con el Empire State visible al fondo.
La decoración tenía cierto aire kitsch , con colores chillones y estatuillas extravagantes.
Un televisor en la pared estaba sintonizado en Fox News.
Un hombre calvo, con corbata y gemelos dorados, apareció en la puerta y se dirigió a él con una sonrisa cálida.
—Señor Chernishev, ¡encantado de conocerlo! —lo saludó, invitándolo a sentarse con un gesto—. Lamento no recibirlo en la Casa Blanca, pero..., en fin, este es un lugar más discreto, como comprenderá.
—Mejor aquí. Así evitamos preguntas incómodas sobre mi presencia.
Se acomodaron ambos en el sofá.
—Bueno, cuénteme —dijo el anfitrión—. ¿Es ahora cuando Lukoil nos va a ayudar a conseguir la tan deseada autorización para construir la Torre Trump de Moscú?
Se trataba de un viejo proyecto. El Kremlin lo había usado numerosas veces como una especie de zanahoria, pero nunca se había llegado a concretar.
—Lo siento, señor Cannon; ese asunto no me compete —atajó Dimitri, consciente de que su interlocutor sabía perfectamente que él no pertenecía a Lukoil ni que la eventual construcción de la torre en la capital rusa fuera el verdadero motivo de la reunión—.
Dejemos la charla para otro momento y vayamos a lo que realmente importa, porque mi tiempo es precioso y supongo que el suyo también.
— Yeah , así me gusta. Vamos a lo que importa.
—Como puede calcular, señor Cannon, estamos decepcionados y muy preocupados por el resultado de las elecciones. He venido a echar una mano. ¿Qué están haciendo para revertir la situación?
El estadounidense se reclinó en su asiento y respiró hondo, se lo veía poco animado.
—El presidente y su equipo han pedido el recuento de los votos en los Estados donde hemos perdido por márgenes escasos, sobre todo, Arizona —dijo en un tono monocorde, como quien recita un guion que apenas comprende—.
Hemos enviado a nuestros simpatizantes a los lugares de recuento, como Detroit y Phoenix, para exigir la paralización de los escrutinios alegando fraude.
También hemos intentado que los legisladores republicanos que controlan las cámaras en los Estados donde Biden ha ganado por poco —concretamente, Míchigan, Pensilvania, Arizona, Georgia, Nevada, Nuevo México y Wisconsin— convoquen elecciones especiales, que nombren directamente a electores alternativos y que declaren a Trump vencedor.
El presidente ya está haciendo llamadas en ese sentido.
Además, hemos puesto en entredicho las máquinas de recuento electrónico, sobre todo las de Dominion, argumentando que han convertido votos de Trump en votos de Biden.
Y, por supuesto, vamos a recurrir al Tribunal Supremo para que proteja la integridad del acto electoral y declare la victoria del presidente.
Hay decenas de demandas en curso y confiamos en que... en que...
Se interrumpió porque en ese momento hablaba en directo el principal abogado de Donald Trump, Rudolph Giuliani, antiguo alcalde de Nueva York. Ansioso por conocer las novedades sobre los procesos legales, inmediatamente Cannon cogió el mando a distancia y subió el volumen.
—... sé muy bien qué es un delito —decía Giuliani.
Mientras hablaba, de sus patillas escurrían gotas negras y se deslizaban por las mejillas—.
Los huelo. Pero este ni siquiera necesitamos olerlo.
Podemos demostrárselo de dieciocho maneras distintas.
Puedo probar que ganó en Pensilvania por trescientos mil votos.
Puedo probar que ganó en Míchigan, probablemente, por cincuenta mil vot...
Las gotas seguían resbalando, una tras otra, dejando largos surcos oscuros a su paso, como si unas orugas negras descendieran lentamente por su rostro.
Giuliani cogió un pañuelo y se lo pasó por la cara para secarse el sudor, pero las manchas negras seguían resbalando, implacables.
Un espectáculo grotesco. La escena era tan bizarra que Dimitri dejó de escuchar las palabras del abogado porque solo conseguía ver las gotas resbalando por las patillas de Giuliani.
—¿Qué es eso que tiene en la cara?
El estadounidense esbozó una sonrisa avergonzada.
—Es... tinte para el pelo —titubeó encogiéndose de hombros—. Se está..., eh..., disolviendo.
—¿En directo? ¿En televisión?
—Eh..., sí, es... raro, ¿no?
Giuliani hablaba con total seriedad, aunque el tinte negro escurriera en directo; parecía una escena rocambolesca de comedia nonsense , más propia de las silly walks de los Monty Python. ¿Ese tío era el abogado de Donald Trump? El ruso estaba atónito.
—¡Esto es ridículo!
Avergonzado, Cannon pulsó el botón rojo del mando y apagó la televisión. Era un alivio que ese tipo irritante dejara de distraerlos, así forzó una sonrisa e intentó retomar el hilo de la reunión.
—Le decía que..., en fin, que estamos trabajando con nuestros abogados en una serie de procesos para frenar la certificación de los resultados electorales.
Dimitri señaló con el pulgar el televisor apagado, en el que instantes antes Rudolph Giuliani había hablado mientras el tinte de sus patillas se disolvía ante todo el país.
—Cuando dice que están trabajando con sus abogados, ¿se refiere a ese payaso?
El estadounidense forzó la risa.
—Sí, lo cierto es que Rudy hoy está un poco raro. Pero es un excelente abogado, puede estar tranquilo, de los mejores que tenemos.
Solo si es de los mejores haciendo el ridículo, pensó Dimitri. Cannon le decía que no se preocupara, pero lo que menos estaba en ese momento el ruso era tranquilo. No después de aquel espectáculo televisivo de aficionados.
—Oiga, dejemos la cháchara y hablemos en serio —propuso el hombre del FSB—. Necesito una respuesta honesta de su parte. ¿Ha habido fraude?
La mirada penetrante del visitante incomodó a Cannon; le daba la sensación de que el ruso le leía el pensamiento.
—Bueno..., eh..., bueno, estamos viendo si... si acumulamos el suficiente número de incidentes para..., ya sabe, para poner en duda el recuento de votos.
Eso sonaba a palabrería, pensó Dimitri.
—Pero ¿ha habido fraude sí o no? Para poder ayudarlos, necesito una respuesta honesta.
Viéndose acorralado, Cannon tragó saliva.
—No.
—¿Aun así existe alguna posibilidad realista de que algún tribunal declare que hubo fraude, anule el resultado y le dé la victoria a Trump?
Como había hecho Giuliani unos minutos antes, Cannon sacó un pañuelo y se secó la frente; solo faltaba que el tinte de su pelo también se disolviera.
—No.
El hombre del FSB gruñó con desagrado.
—Entonces no merece la pena perder el tiempo con ese asunto —concluyó—. Tenemos que articular una estrategia realista que produzca resultados concretos. Lo demás son distracciones.
—Los procesos legales son importantes —replicó Cannon—.
Aunque no produzcan resultado jurídico alguno, tienen un efecto propagandístico.
Las demandas que presentamos y la retórica del fraude sirven para enaltecer a nuestros seguidores.
Cuando las acciones legales fracasen, se intensificará en nuestros votantes el sentimiento de agravio. Eso alimentará su rabia.
—Lo sabemos, lo entendemos y coincidimos con esa estrategia —subrayó Dimitri, usando el nosotros para dejar implícito que detrás de él estaban el FSB y el régimen ruso—.
Pero, si me permite, señor Cannon, los asuntos legales se escapan a nuestro ámbito de intervención y no voy a perder tiempo con eso.
Lo que podemos hacer es aconsejarles un modo de actuación que conduzca a los resultados que todos queremos: mantener a Donald Trump como presidente de Estados Unidos.
El estadounidense asintió con un gesto, casi aliviado por escuchar algo alentador.
—Muy bien —asintió—. ¿Qué sugieren que hagamos?
El visitante clavó de nuevo su mirada en Cannon, esta vez para subrayar la importancia de lo que iba a proponer.
—Una revolución.
Cannon parpadeó ante la crudeza y frontalidad de la respuesta.
—¿Revolución? No entiendo...
—¿Ha oído hablar de la revolución bolchevique en Rusia? A eso me refiero. Que cojan las armas, salgan a la calle y tomen el poder. Tan sencillo como eso.
El estadounidense volvió a parpadear.
—Perdón, ¿está usted hablando de... de una revolución de verdad?