El protocolo del caos LXIX
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LXIX

Tras ayudar a la abuela de Nur a levantarse, Tomás Noronha la cogió en brazos y se salió de la fila de registros, dirigiéndose hacia un equipo médico bangladesí que examinaba a los niños recién llegados.

Al verlo acercarse con la anciana, médicos y enfermeros le lanzaron una mirada inquisitiva; no era habitual ver por allí a un occidental con aspecto tan sucio, más bien parecía un mendigo.

—Esta señora está muy débil y necesita asistencia médica —dijo el portugués—. ¿Pueden atenderla, por favor?

—Déjela en el suelo —le indicó un médico bangladesí—. ¿De qué organización es usted?

Tomás la dejó junto al médico.

—Acabamos de llegar de Myanmar.

—¿Cómo? ¿Ha cruzado al otro lado del Naf para buscar a los rohinyás? ¿No sabe que eso no se puede hacer?

—He venido de Myanmar con ellos. Anteayer atacaron el pueblo en el que estaba y tuvimos que huir todos. Hemos caminado por montañas y selva durante tres días hasta llegar aquí.

Todo el equipo médico se quedó boquiabierto, mirándolo.

—¿Cómo?

—He llegado con los rohinyás —repitió—. ¿Puede atender a esta señora, por favor? Su hija, su yerno y un nieto han sido asesinados. Logré venir con ella, con otros dos nietos suyos y con un amigo rohinyá. Acabamos de desembarcar. Estamos exhaustos y hambrientos.

Los bangladesíes no cerraban la boca, estupefactos.

—¿Quién es usted?

—Me llamo Tomás Noronha —se identificó, sacando un documento de su bolsa—. Este es mi pasaporte. Acabo de llegar de Myanmar y he venido con los rohinyás.

Solo a la tercera vez la información caló en la mente de los bangladesíes.

Se desató un revuelo de inmediato. Los enfermeros fueron a buscar a funcionarios del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, que eran de varias nacionalidades, y rodearon a Tomás para interrogarlo.

El portugués mostró sus papeles y volvió a explicar lo ocurrido y cómo había llegado hasta allí.

La historia causó gran impacto: era la primera vez que un occidental aparecía en medio de la corriente de rohinyás en fuga.

Entonces llamaron a funcionarios bangladesíes de inmigración para formalizar la entrada de Tomás en el país.

Cuando, al cabo de diez minutos, todo estuvo regularizado, el historiador se dirigió al británico que encabezaba el equipo de la ONU, un hombre bigotudo, con los pantalones caqui impecablemente planchados y la pose altiva de un oficial de la corona en el Raj británico.

—Quería pedirle un favor —dijo—. Mi mujer debe de estar muy preocupada, porque desde que salí de Yangón no he podido comunicarme con ella. ¿Me podría prestar su móvil para llamarla?

El británico sacó de inmediato su smartphone del bolsillo.

—Por supuesto, old boy . Tome.

Tomás cogió el aparato y marcó el número de Maria Flor. Ella contestó al segundo pitido.

—¿Dígame?

—Florcita, soy yo.

—¿Tomás?

—Sí, soy yo.

—¡Ay, Dios mío! ¿Tomás? ¡Gracias a Dios! ¡Gracias a Dios que estás bien! ¡Estaba tan angustiada, no te imaginas! ¡Gracias a Dios! ¡Gracias a Dios!

Sollozaba.

—Estoy bien, estoy bien. No te preocupes, estoy bien.

—¿Dónde estás?

—En Bangladés.

—¿En Bangladés?

—Sí, he tenido que venir aquí.

—¿Cómo has acabado en Bangladés?

—Es una larga historia, ya te la contaré. No puedo estar mucho tiempo al teléfono; mi móvil está sin batería y estoy usando uno prestado. Solo he llamado para tranquilizarte. Estoy bien, estoy vivo, sano y salvo, no te preocupes.

—He visto en la BBC que hay mucho lío en la zona adonde fuiste. ¿Te ha pasado algo?

—Está todo bien, ya hablaremos. No puedo entretenerme, tengo que devolver el teléfono a su dueño. Luego te llamo y te lo cuento todo, ¿vale? Lo mejor será que compres un vuelo para Lisboa. Yo también voy a regresar.

—¿Y qué pasa con eso que Amnistía Internacional necesita ? ¿Lo tienes?

—En cuanto pueda, te llamo y te lo explico todo. Esta noche. Solo quería que supieras que estoy bien y que no hace falta que te quedes en Yangón. Coge un vuelo a Lisboa lo antes que puedas.

—Vale, vale.

Colgó y devolvió el teléfono al británico del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados.

— I say, old boy , si quiere es bienvenido a nuestro hotel en Cox’s Bazar —dijo el hombre mientras acariciaba sus rubios bigotes—. Es absolutamente espléndido. Tiene una vista preciosa al mar y una piscina magnífica.

Tomás seguía pensando en la llamada a su mujer; su preocupación le confirmaba que la reconciliación entre ambos estaba cada vez más cerca. Quizá este susto sería el empujón definitivo. Las palabras del funcionario de la ONU lo devolvieron a lo prioritario en ese momento.

—¿Y mis amigos?

—¿Amigos? ¿Qué amigos?

—Los rohinyás que vinieron conmigo. Están allí, en la fila para registrarse. ¿Podrían venir conmigo al hotel?

Los funcionarios de la ONU se miraron incómodos.

—Me temo que eso no va a ser posible. A menos que tengan el pasaporte en regla y medios de subsistencia, claro. ¿Los tienen?

Era evidente que no, pero necesitaba estar seguro.

—Eh..., voy a informarme.

Tras pedir que atendieran a la anciana y regularizar su situación, Tomás se encaminó hacia la fila donde permanecían Tin Tun y los dos niños. Esperaban su turno para registrarse y para subirse a un autobús hacia los campos de Cox’s Bazar, pero con un poco de suerte quizá él podría rescatarlos.

Como sospechaba, le respondieron que ninguno tenía pasaporte; de hecho, uno de los problemas de los rohinyás en Myanmar era precisamente que rechazaban los documentos de identidad que Yangón les imponía, ya que se trataba de cartas que los identificaban como bengalíes, es decir, como extranjeros.

Eso no podían aceptarlo, y no lo aceptaron.

Pero les impedía tener pasaportes. Si los hubieran tenido, resolver el asunto habría sido apenas una cuestión de dinero, y el portugués habría abierto la cartera para asegurar su subsistencia.

Pero no podía inventar documentos que simplemente no poseían.

—Deme su contacto —le pidió Tin Tun—. Quizá nos pueda ayudar cuando vuelva a Europa.

Tomás anotaba su correo electrónico en un papel mientras maquinaba una solución al problema.

Normalmente, cuando se sentía más presionado era cuando se le ocurrían las mejores ideas.

Y, como tantas veces había pasado antes, en ese instante tuvo una.

Entregó a Tin Tun el papel con su correo electrónico, abrió la bolsa de viaje y sacó el sobre que el propio rohinyá le había entregado en Tula Toli.

—Quédese con esto.

Tin Tun miró el sobre con cara de sorpresa, sin entender nada.

—Pero... usted necesita ese documento. Es muy importante. Fue por eso por lo que atravesamos Myanmar de una punta a otra. Lo arriesgamos todo para conseguir ese papel. Tiene que llevárselo.

—Guárdelo bien, ¿me oye?

—No, profesor Noronha —rehusó—. Su mujer necesita ese documento. Además, Amnistía Internacional lo necesita. Tiene que llevarse el sobre. Es imperativo que lo haga.

El portugués estuvo a punto de usar la fuerza para colocar el sobre en las manos del hombre que lo había acompañado desde Yangón hasta Bangladés.

—Confíe en mí.

Fueron sus palabras, y sobre todo la convicción con que las pronunció, lo que finalmente hizo ceder a Tin Tun.

Aunque con reticencia, el rohinyá guardó el sobre.

No había nada más que decir. Los dos hombres se abrazaron emocionados, a modo de despedida; se conocían apenas desde hacía una semana, pero habían vivido juntos experiencias tan duras que ya se consideraban amigos para toda la vida.

La hora de la separación no podía dejarlos indiferentes.

—Adiós, profesor Noronha.

A continuación, Tomás se agachó y abrazó a los dos hermanos pequeños de Nur como si fuesen de su propia familia. Al estrecharlos contra su pecho, dirigió una mirada a Tin Tun.

—Cuide de ellos, por favor.

Por fin se incorporó y le dio al rohinyá buena parte del dinero que llevaba en la bolsa.

—Eso no, profesor Noronha.

—Acéptelo. Ese dinero les será mucho más útil a ustedes que a mí.

Tin Tun acabó accediendo. El portugués recogió su bolso de viaje, se lo colgó al hombro y, sin volver la vista atrás —pues temía perder el control de sus emociones—, se dirigió hacia los funcionarios del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, que lo aguardaban en una furgoneta de la ONU aparcada en el arcén.

Partía con el corazón pesado y la conciencia intranquila. Iba hacia la libertad, pero dejaba a sus compañeros en el infierno.