El protocolo del caos LXVIII
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LXVIII

Donald Trump pronunció la primera declaración de la noche electoral en la Casa Blanca durante las primeras horas de la madrugada.

Leroy Roderick estaba pegado al televisor, expectante y ansioso, siguiendo el recuento de votos; cuando el presidente apareció ante las cámaras, los chicos ya dormían, como era habitual a esa hora.

—Estamos listos para ganar estas elecciones —declaró Donald Trump con total confianza—. Para ser franco, ya las hemos ganado.

El anuncio hizo que Leroy saltara en el sofá.

—¡Hemos ganado! —gritó, recorriendo la sala a saltos para liberar toda la tensión que se le había acumulado en el cuerpo durante las últimas horas—. ¡Hemos ganado! ¡Dios mío, hemos ganado!

Estaba eufórico. Incluso pensó en despertar a sus hijos para darles la noticia, como hizo con Charlie cuatro años antes, pero se contuvo.

Aquella victoria le supo maravillosamente bien, aunque no tenía la dimensión de la primera, cuando el triunfo de Trump fue tan inesperado que incluso le hizo llorar de alegría.

Esta vez sabía de antemano que ganaría: Q lo había vaticinado una y otra vez en sus drops , y todo indicaba que ese sería el resultado inevitable de aquella noche electoral.

Estaba muy feliz, pero no tan embriagado como la primera vez.

Con el mando en la mano, fue zapeando entre los distintos canales, pero curiosamente ninguno daba la noticia de la victoria del presidente.

Todos reproducían sus declaraciones, claro.

Las palabras «para ser franco, ya las hemos ganado» aparecían por todas partes.

Pero cuando conectaban con los colegios electorales, donde se efectuaba el recuento de votos, nadie confirmaba esa victoria que a él le parecía más que evidente.

Sería cuestión de tiempo, sin duda. Si el presidente anunciaba que había ganado era porque tenía datos concretos.

Ese era el resultado lógico y esperado. Trump había sido reelegido.

Tenía que confiar en el Plan.

Leroy se relajó. Fue a la cocina a buscar una cerveza y preparó unas palomitas en el microondas.

Debidamente pertrechado, volvió al salón y fijó la vista en la pantalla del televisor.

Su duda ya no era saber si Trump iba a ser reelegido —eso, evidentemente, lo daba por hecho—, sino en qué momento las televisiones anunciarían su reelección y, sobre todo, cuál sería la magnitud de la victoria.

El presidente iba a arrasar, con toda seguridad; la cuestión era saber con qué margen.

Como de costumbre en aquella casa, el televisor estaba sintonizado en Fox News.

De pronto, el presentador anunció que la mesa de análisis electoral del canal daba la victoria a Biden en Arizona.

Leroy se quedó pasmado. Tenía la impresión de haber oído que sin Arizona Trump perdería.

El presentador de la Fox preguntó al responsable de la mesa, Arnon Mishkin, por los datos que permitían al canal ser el primero en atribuir a Biden la victoria en Arizona.

Mishkin respondió con los datos de que disponía y con los cálculos que había realizado.

—Me temo que el presidente no podrá remontar y obtener votos suficientes para reducir la ventaja de siete puntos de Biden.

La declaración dejó a Leroy boquiabierto. ¿Trump había perdido en Arizona? ¡Eso significaba que había perdido las elecciones! Se quedó paralizado, incrédulo y en estado de shock , mirando fijamente la pantalla como si lo hubieran hipnotizado.

—No puede ser, no puede ser...

Agarrado al mando a distancia del televisor, apretó el botón y empezó a saltar frenéticamente entre los diferentes canales.

Uno a uno, todos fueron anunciando la derrota del presidente: CNN, MSNBC, CBS, ABC.

Curioso: Fox News había sido la primera en hacerlo.

Trump había perdido. ¿Cómo podía haber sucedido algo así?

—Pero... Q había dicho que iba a ganar...

¿Cuántas veces los drops habían asegurado la victoria del presidente?

¿Cuántas? Biden estaba senil, se limitaba a repetir como un loro lo que le susurraban al auricular que llevaba oculto en la oreja, como si fuera un robot manejado a distancia por el Estado Profundo; su hijo se había visto envuelto en un escándalo de corrupción en Ucrania y formaba parte de la pandilla de pederastas.

Todo el mundo conocía esas porquerías; Q las había denunciado.

Si lo sabían, ¿quién había votado a Biden?

Nadie. Entonces, ¿cómo era posible que hubiera ganado?

Cayó en una especie de letargo. Se sentía confuso y deprimido por ese giro inesperado, con los ojos fijos en la televisión como un zombi.

Permaneció así largo rato, viendo desfilar en la pantalla las imágenes de la derrota.

Apático, atontado. Impactado. Perdió incluso la noción del tiempo.

No quería creerse aquello. ¿Biden había ganado?

Era increíble. Una pesadilla. El país quedaría de nuevo en manos de los pederastas y de las redes satánicas de las élites y de sus respectivos financiadores globalizadores, junto con su legión de sodomitas, musulmanes, inmigrantes y feminazis.

Los estadounidenses de bien estaban perdidos.

El país estaba perdido. Él mismo estaba perdido.

De repente, vio al presidente aparecer en directo desde el Ala Este de la Casa Blanca.

—Nos estábamos preparando para una gran celebración —se lamentó Trump—.

Íbamos ganando por todas partes. Y de repente, cancelaron todo.

Un grupo muy triste de personas está intentando descalificarnos.

No lo vamos a aceptar. Estábamos todos listos para salir a celebrar algo tan bonito, tan bueno.

De repente, ¿qué ha pasado con estas elecciones?

Perdieron el rumbo. ¿Saben lo que ha pasado?

Sabían que no podían ganar. Yo lo preví, ¿no lo preví?

Llevo diciendo esto desde el día en que los oí decir que iban a enviar decenas de millones de papeletas por correo; dije exactamente eso.

Hemos ganado las elecciones y vamos a garantizar su integridad por el bien de esta nación.

Estamos ante un momento muy importante. Queremos que se use la ley correctamente, por eso acudiremos al Tribunal Supremo.

Esto es un fraude contra los estadounidenses.

Es una vergüenza para nuestro país. Estábamos preparados para ganar estas elecciones.

Con toda franqueza, ya las hemos ganado.

Es un momento muy triste para mí, un momento muy triste, y vamos a ganar esto.

En lo que a mí respecta, ya lo hemos ganado.

Una ola de esperanza se apoderó de Leroy, dado que los jueces trumpistas dominaban el Tribunal Supremo.

—¡Eso es, señor presidente! —exclamó, hablándole a la pantalla como si Trump pudiera oírle—. ¡Hemos ganado y nadie nos puede robar esta victoria! ¡Nadie! Tenemos que ir al Supremo para defender la integridad de estas elecciones y de nuestra democracia. ¡Hemos ganado! ¡Nadie nos puede quitar eso!

En Fox News, los comentaristas y los asesores del presidente ya sembraban dudas sobre el recuento en los estados decisivos.

El presidente exigía uno nuevo y Leroy sintió un alivio momentáneo.

Otra buena idea. Además, si Trump lo exigía era sin duda porque tenía información segura de que había habido tongo en el escrutinio.

La terrible sospecha empezó a consolidarse en Leroy.

¿No había advertido Q sobre las siniestras maquinaciones de las élites y sus movimientos para manipular el voto de los estadounidenses?

Sí: varios drops lo habían señalado. Además, siendo alguien cercano al presidente, Q sabía de lo que hablaba.

El propio Trump había alertado antes sobre el peligro de los votos por correo.

Si no le fallaba la memoria, incluso había avisado de lo fácil que sería manipular esos votos.

La prueba, decía él, era que las televisiones estaban dando la victoria a Biden, algo totalmente absurdo e imposible.

¿Qué estadounidense iba a votar a un pederasta senil?

Desorientado y desesperado como un náufrago buscando un salvavidas, Leroy encendió el ordenador y entró en su grupo de Facebook.

El contenido de las publicaciones era elocuente y, había que decirlo, reconfortante.

Todo el mundo mostraba asco y rabia por lo que estaba ocurriendo.

Todo el mundo. El presidente tenía razón.

Él había ganado las elecciones, pero había habido un fraude a gran escala.

Las élites no podían aceptar perder sus innumerables privilegios y estaban usando al Estado Profundo para frenar al presidente.

Era necesario salvar la democracia; había que atribuir la victoria a quien realmente había ganado; urgía rescatar el alma de Estados Unidos.

Una frase llenaba Facebook: «¡Parad el robo!».

Leroy sintió como si una voz le gritara dentro de la cabeza.

¡Parad el robo! Estaban robando la victoria a Trump, y también a él, a sus hijos, a los estadounidenses de bien.

Las élites satánicas y pederastas manipulaban todo a través del Estado Profundo y de sus secuaces, los conspiradores millonarios globalistas como Soros y los Rothschild, todos unidos en una siniestra conspiración para hacer retroceder a Estados Unidos de la luz a las tinieblas, para reemplazar a la población cristiana por negros, mexicanos y musulmanes, para sustituir a las familias tradicionales por legiones de sodomitas, para imponer la victoria del mal sobre el bien.

Leroy estaba furioso e indignado con lo que estaba pasando.

Con una fuerza interior que lo empujaba como si fuera un cruzado, se puso en pie ante el televisor.

Como un soldado de la luz que alza bien alto el estandarte de la verdad, la justicia y la libertad, alzó el puño —como si fuese Arturo empuñando Excalibur—, y de su garganta brotó un grito ronco que ya se había convertido en juramento:

—¡Parad el robo!

Su nueva consigna —y la de tantos y tantos como él, que se alzaban en revuelta contra la humillación y la injusticia— iba a hacer temblar al mundo.