El protocolo del caos LXVII
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LXVII

El coronel Mijaíl Arseniev estaba estupefacto por lo que acababa de presenciar.

La pantalla del ordenador se puso negra, pero las imágenes que unos instantes antes habían pasado por ella seguían frescas en su mente: Joe Biden sacando papeletas de una urna llena de votos por correo a favor de Donald Trump, vertiendo gasolina sobre ellas, prendiéndoles fuego y riéndose mientras se consumían.

El vídeo era una bomba y estaba en manos del FSB.

—¿Tenemos esto?

El capitán Dimitri Chernishev asintió.

—¿No lo ve?

—¿Y... no se lo damos a la campaña de Trump? ¡Joder, tenemos que colgarlo ya en las redes! ¡O se lo damos a Assange para que lo meta en WikiLeaks! ¡Quiero esto en todas partes! ¡Estas imágenes son explosivas! ¡Mejor que los correos electrónicos de Hillary Clinton que usamos la otra vez!

Su subordinado alzó la palma de la mano hacia su jefe pidiéndole calma.

—Mi coronel, las elecciones en Estados Unidos son dentro de unos días —le recordó—. Todavía no ha votado nadie, ni siquiera por correo. Las urnas están vacías.

El responsable de la operación del FSB señaló la pantalla donde acababan de proyectarse las imágenes de Joe Biden incendiando las papeletas.

—Entonces, ¿qué es lo que hemos visto?

—Es un deepfake —le aclaró Dimitri—. La imagen de Biden y su voz han sido reconstruidas por ordenador. Esto que hemos visto no ha ocurrido; él nunca ha quemado papeletas ni ha pronunciado las declaraciones que acabamos de oír.

—¡Maldita sea! ¡Era su cara! ¡Era su voz!

—Las técnicas para producir deepfakes son cada vez mejores. Pero le aseguro que el vídeo que acaba de ver es una invención de nuestros servicios técnicos, creado con las tecnologías más recientes de inteligencia artificial.

El coronel Arseniev estaba atónito.

—¡Esto es la leche! —exclamó—. ¡Es tan perfecto! Me la ha colado usted bien, ¿eh? ¡Juro que pensé que era el propio Joe Biden quemando papeletas para fastidiar a Trump!

—Sí, la tecnología del deepfake ha evolucionado mucho.

—En cualquier caso, estas imágenes serán demoledoras si Trump pierde —observó el jefe de la operación—.

Joder, empiezo a pensar que tiene razón: sería aún mejor que perdiera las elecciones.

Este vídeo sembrará un caos de aúpa en Estados Unidos.

¡Caramba! Cuando lo vean, los anons cogerán las armas, saldrán a la calle pegando tiros y se desatará la guerra civil por todo el país.

—Hizo un ademán teatral con la mano, como despidiéndose—.

¡Adiós, Estados Unidos; adiós, democracias; adiós, Occidente!

El oficial del FSB ya reía, ansioso, imaginando cómo aquellas imágenes se viralizarían en YouTube, Facebook, Instagram y en las demás redes sociales, incluso en los medios tradicionales.

¿Joe Biden incendiando votos? Aquello era una auténtica bomba atómica estallando en pleno corazón de la democracia estadounidense.

Pero Dimitri permaneció impasible.

—No sé si debemos usarlo.

—¿Está loco, capitán? —casi se enfureció el coronel Arseniev—. ¡No podemos dejar de usar estas imágenes! ¡El vídeo los va a reventar!

—Mi primera reacción fue esa, mi coronel.

Cuando encargué el deepfake y vi el resultado, me puse eufórico, me subí por las nubes, literalmente.

Destruiríamos la democracia estadounidense, el país se dividiría y se hundiría en el caos absoluto, Occidente entraría en crisis, la victoria final sería nuestra.

Pero, antes de llegar a eso, hay cuestiones que tenemos que estudiar primero.

—¿Qué cuestiones? ¿De qué demonios habla?

—A primera vista, este deepfake engaña —dijo—. Sin embargo, si se fija bien, verá que la dirección de las sombras en el rostro de Biden no coincide con la del resto de las imágenes. Cuando lo analicen, lo detectarán en un santiamén.

La explicación cortó el entusiasmo del responsable del FSB.

—Ah, vaya.

—La tecnología del deepfake todavía necesita unos dos o tres años más de evolución para alcanzar un nivel tan perfecto que sea difícil, o incluso imposible, de detectar.

—Sí, pero tenga en cuenta que, aun cuando detecten la falsedad de este deepfake , el mero hecho de que Biden —o cualquier otro político— tenga que salir a desmentir un vídeo falso hará que mucha gente quiera verlo, y una parte de esa gente acabará creyéndolo —argumentó el coronel Arseniev—.

En unas elecciones basta que el dos o tres por ciento de los electores cambien su voto por culpa de un deepfake para que una carrera reñida, como la que se acerca, cambie de dirección.

—Sí, es cierto —admitió Dimitri—. Pero también hay que considerar el problema político, mi coronel. ¿Y si los estadounidenses, al darse cuenta de que circulan deepfakes para influir en sus elecciones, consiguen identificarnos como el origen?

Su jefe ponderó ese escenario, que era bastante plausible, y sus consecuencias.

—Pues sí, eso sería un problema.

—Más que un problema, mi coronel, puede ser el motivo para romper relaciones con nosotros e incluso para que nos declaren la guerra —advirtió su subordinado—.

Fíjese: los occidentales aún no se han dado cuenta.

Perciben nuestra animosidad, claro, pero la subestiman.

No saben que ya les hemos declarado la guerra.

El día en que el conflicto entre nosotros y Occidente sea oficial —como inevitablemente sucederá tarde o temprano— entonces será diferente: podremos usar deepfakes como nos dé la gana para desestabilizarlos, dividirlos y destruirlos.

Sin embargo, en esta fase, en que todo permanece subrepticio, en que nos ceñimos a las tácticas híbridas de la Doctrina Guerásimov, no sé si nos conviene enseñar demasiado nuestras cartas.

El coronel Arseniev valoró esos argumentos y acabó asintiendo con la cabeza.

—Tiene razón, capitán —concedió—. De todos modos, voy a hablar con Moscú sobre este tema.

El Kremlin decidirá si usamos o no este tipo de vídeos como arma de guerra híbrida.

Pero estoy de acuerdo con usted y presentaré su punto de vista.

Usar deepfakes en estas elecciones puede traernos más inconvenientes que ventajas.

Debemos ponderar todo con mucho cuidado.

Dimitri carraspeó.

—Permítame, entonces, recapitular las órdenes operativas —dijo—.

Por ahora nos concentraremos en repetir las tácticas que condujeron a la victoria del Brexit y de Trump en las últimas campañas.

En cuanto al uso de nuestra arma secreta, el deepfake , quedará a la espera de una decisión superior. ¿Así es, mi coronel?

El responsable de la operación del FSB en San Petersburgo guardó un largo silencio, sumido en sus pensamientos. Tras unos segundos, sus ojos recobraron viveza y se fijaron en su interlocutor; el razonamiento había concluido.

—Tiene usted razón —dijo—. La derrota de Trump podría ser una gran oportunidad. Es fundamental que se centre en eso, capitán.

—Por supuesto, mi coronel. Eso haré.

—Pero eso implica que no vamos a necesitarlo aquí en San Petersburgo —añadió—. Le emitiré nuevas órdenes operativas.

El anuncio pilló a Dimitri por sorpresa.

—¿Nuevas órdenes, mi coronel?

El coronel Arseniev ni se molestó en responder, tan absorto estaba en la idea que se había formado en su mente. Cogió el teléfono y estableció una llamada interna en manos libres.

—¿Sí, mi coronel? —Era su asistente.

—Irina, necesito que tramites las nuevas órdenes de misión del capitán Dimitri Chernishev. Reserva un hotel y cómprale los billetes de avión. Parte mañana.

—¿Cuál es el destino, mi coronel?

—Estados Unidos.

Así fue como Dimitri se enteró de su nueva misión como agente del FSB.

Estados Unidos iba a celebrar elecciones dentro de unos días y él estaría allí para maniobrar en la sombra, en caso de una derrota de Donald Trump.

Su tarea no sería sencilla, pero era de suma importancia para Rusia.

Le tocaría la increíble misión de convertir una eventual derrota en una gran victoria para Rusia.

Esa victoria sería la guerra civil en Estados Unidos.