El protocolo del caos LXVI
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De repente, la selva dio paso a un espacio extenso donde, por primera vez, era posible ver en toda su longitud la fila de fugitivos rohinyás; un mar de gente llenaba aquel vasto terreno, como si todo un pueblo estuviera huyendo.

Ahora que habían llegado a campo abierto, Tomás Noronha se volvió hacia atrás y contempló las montañas Mayu; las columnas de humo seguían elevándose desde múltiples puntos, como una miríada de pequeños volcanes en erupción, dejando constancia de que las operaciones del Tatmadaw proseguían contra las aldeas rohinyás.

Había tantas personas delante del portugués que tardó media hora en percatarse de que el lugar por el que caminaban era la cuenca de un río. Miró a Tin Tun en busca de una explicación.

—Es el río Naf —lo identificó su compañero rohinyá—. Al otro lado está Bangladés.

Habían realizado gran parte del viaje en silencio; el hambre y la posterior debilidad tendían a enmudecer a la gente.

Pero la visión del río y su significado reanimaron momentáneamente al portugués: la esperanza también servía de alimento.

Lo curioso era que los fugitivos que había a su alrededor no daban señales de alivio.

—¿Qué pasa? —se extrañó—. ¿No están contentos de haberse salvado?

Tin Tun negó con la cabeza, también él abatido.

—Todos saben muy bien qué les espera al otro lado —dijo—.

Nos encerrarán en campos de refugiados con pésimas condiciones, controlados por mafias y por los radicales de la ARSA; sin perspectivas de empleo, sin posibilidad de salir, sin horizonte alguno.

Los bangladesíes ya no nos quieren, están hartos de nosotros y de nuestros problemas.

Incluso el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados está cansado.

—Señaló el mar de gente que caminaba a lo largo del río—.

Muchos de estos fugitivos ya estuvieron aquí en el pasado, sufrieron mucho en los campos de Bangladés, pasaron años encerrados y, al final, los mandaron de vuelta a Myanmar con el argumento de que todo estaba bien y nadie los volvería a atacar.

Y ahora, tras tanto sufrimiento, vuelven al punto de partida.

Todos saben qué les espera al otro lado.

Si estamos aquí no es por elección, profesor Noronha. Es porque no hay alternativa.

Tras un rato de marcha, y cuando ya estaban tan cansados que hasta se tambaleaban, se dieron cuenta de que habían llegado a un lugar en el que pasaba algo.

La multitud era más compacta, lo que significaba que las personas de delante habían dejado de avanzar.

Se abrieron paso como pudieron para acercarse más al agua.

Cuando finalmente lograron una visión despejada, comprobaron que en el río Naf había múltiples embarcaciones de pescadores, unas que venían vacías desde la otra orilla y otras partían de esta margen cargadas de fugitivos.

Aquel era el lugar donde los rohinyás cruzaban a Bangladés.

Se pusieron en fila. Tras tres horas de espera, por fin lograron subir a un bote.

Dos pescadores bangladesíes ayudaron a su grupo de fugitivos a instalarse; había insectos por todas partes, y aunque los sacudían con las manos o con matamoscas, parecía imposible acabar con ellos.

Cuando la embarcación quedó repleta, los pescadores arrancaron el motor e iniciaron la travesía hacia la orilla de Bangladés.

Sus rostros seguían alicaídos. Nadie ignoraba la dura vida que les esperaba; incluso los que nunca habían estado allí conocían demasiado bien las historias de los que ya habían huido a ese lugar, por lo que no alimentaban ilusiones sobre su futuro.

La mirada de Tomás se fijó en la orilla hacia la que se dirigían.

El paisaje en Bangladés era totalmente distinto al que habían dejado atrás.

En lugar de bosque y montaña, vio arrozales extendiéndose por los campos anegados por el Naf.

Y la margen bangladesí del río bullía de actividad.

Allí se había organizado la recepción de los refugiados y el movimiento era intenso.

Había mucha gente aglomerada y una gran cantidad de policías y soldados, lo que atemorizó a los rohinyás que iban en la barca, sobre todo a los niños; la sola visión de hombres uniformados los asustaba.

Cuando desembarcaron, condujeron a los recién llegados por la playa formando múltiples filas destinadas al registro.

Las autoridades administrativas de Bangladés habían instalado mesas alineadas a lo largo de la orilla, bajo la supervisión del personal de las Naciones Unidas y con la presencia de equipos médicos y puntos de reparto de galletas y agua.

Tras la playa, había una vía junto al río por la que circulaban automóviles y en la que estaban estacionados decenas de autobuses en fila.

Era evidente que allí ya se había establecido una rutina para recibir a los fugitivos de Myanmar, dado el reiterado flujo de refugiados desde que Facebook se popularizó en la región.

La presencia de los autobuses llamó la atención de Tomás.

—¿A dónde nos llevan?

La mirada de Tin Tun, como la de todos los que acababan de llegar de Myanmar, reflejaba un extremo cansancio.

—Cox’s Bazar.

—¿Nos van a enviar a un bazar?

—Cox’s Bazar es el nombre del distrito en donde se encuentran los campos de refugiados rohinyá —le explicó el profesor—. Son decenas de campamentos. Y no, usted no irá allí.

—¿Por qué lo dice?

—Usted es occidental, profesor Noronha. Solo tiene que presentarse ante el personal de Naciones Unidas; ellos regularizarán su entrada y lo derivarán a un hotel.

La mirada de Tomás se desvió hacia la anciana y los dos niños que habían venido con ellos y ahora los acompañaban en la fila para el registro.

—No los voy a abandonar.

—No diga tonterías, profesor Noronha —respondió Tin Tun con sequedad—.

¿Quiere ir a Cox’s Bazar y quedarse allí años y años, consumiéndose en tiendas de campaña, comiendo arroz y teniendo que aguantar las estupideces de los radicales de la ARSA, de los bangladesíes hartos de esta situación y de los tipos de la ONU que dicen estar tan preocupados por nosotros pero no mueven un dedo para resolver nada, mientras se toman gin-tonics en los bares de sus hoteles de cinco estrellas? ¿Ese es su gran plan?

La pregunta dejó al portugués sin argumentos.

—Bueno, yo...

—Usted tiene una salida, afortunadamente.

Nosotros no. Aproveche su suerte. —Tin Tun señaló a la abuela de Nur, que se había sentado en el suelo para recuperar fuerzas mientras esperaba su turno para ser registrada como refugiada—.

Si quiere ayudar, profesor Noronha, llévela a los equipos médicos para que la atiendan —sugirió—.

La señora ya tiene una edad y, como ha visto, ha caminado tres días bajo la lluvia, ha dormido al raso y ha comido muy poco.

Asegúrese de que la atiendan. Si usted se lo pide al personal de la ONU, no tendrán el valor de decirle que no. Eso ya sería una gran ayuda.

El rohinyá tenía razón, pensó el portugués.

No tenía sentido instalarse en un campo de refugiados si tenía la opción de marcharse.

Que él supiera, no disponía de poder alguno para sacar de allí a Tin Tun, a los hermanos pequeños de Nur o a la abuela.

Si se quedaba en los campos de Bangladés, en cualquier caso, no los ayudaría.

Además, tenía una misión que cumplir y aún no había hecho nada.

Quizá estaba buscando justificaciones morales para legitimar su deseo ardiente de escapar de aquella pesadilla; quizá intentaba racionalizar la decisión de dejar atrás a sus compañeros de viaje.

Pero no cabía duda: cuando se tenían opciones, había que usarlas.

No hacerlo sería un gesto quijotesco y absolutamente inútil.

Tomás miró a sus compañeros de infortunio y se preparó para lo inevitable. Tendría que abandonarlos a su suerte. ¿Sería realmente capaz de hacerlo?