El protocolo del caos LXV
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Cuando terminaron de comer, Leroy Roderick y Clarence se pusieron los abrigos y se montaron en el coche.

Hicieron un par de comentarios circunstanciales y recorrieron el resto del trayecto en silencio; preferían concentrarse en la delicada tarea que los aguardaba.

El destino de Tim estaba en juego, el riesgo de que lo vendieran a las redes pederastas de las élites era demasiado grande.

¿Cómo iban a conseguir atraer la atención de la prensa para que se interesara por ese drama si las élites también manipulaban a los medios de comunicación?

El viaje hasta Baton Rouge fue corto; la capital de Luisiana estaba relativamente cerca, por lo que rápidamente llegaron a la zona urbana. En su smartphone Clarence buscó información sobre la manifestación de las madres.

—Es en Brooks Park.

Leroy condujo hasta allí y dejó el coche en un aparcamiento cercano.

Se bajaron y caminaron hacia Brooks Park, un enorme jardín en el corazón de Baton Rouge.

Vieron a una pequeña multitud junto al Museo de los Niños, en uno de los laterales del parque; el lugar les pareció idóneo para una manifestación como aquella.

Se acercaron y comprobaron que, sobre todo, había mujeres —la mayoría serían madres—, además de estudiantes y algunos hombres.

Muchos manifestantes exhibían brazaletes con la letra Q y varios empuñaban carteles.

Uno decía: «¡Ejecutad a todos los pederastas!

»; otro exigía: «Echad a los pederastas del Gobierno y de Hollywood».

También había pancartas que proclamaban: «¡Exigimos justicia!

» y «Voto por correo = fraude», además de lemas concretos de Q como: «Somos la Tempestad» o «Confiad en el Plan».

En un cartel se leía: «Los niños no son propiedad», y en otros se repetía la consigna: «¡Soltad a los niños! ».

Ese era el eslogan que entonaban los manifestantes en ese momento.

—¡Soltad a los niños! —gritaban a coro, con puños reivindicativos en alto—. ¡Soltad a los niños! ¡Soltad a los niños!

Los recién llegados se sumaron a la manifestación y también corearon la consigna. Lo hicieron durante varios minutos, sin dejar de mirar a su alrededor para ver quién les prestaba atención. No vieron periodistas ni cámaras de televisión.

Clarence movió la cabeza, desanimada.

—El Estado Profundo lo controla todo.

Era innegable. Los periódicos, las emisoras de radio y las televisiones estaban al servicio de las élites progresistas y por eso no habían aparecido.

Y si lo hacían, pensó Leroy, sería solo para ridiculizarlos: la humillación y el silenciamiento eran tácticas habituales para desacreditar a quien intentaba despertar al pueblo estadounidense desvelando lo que sucedía en las sombras.

Pero Clarence no estaba dispuesta a tirar la toalla.

Tim estaba por encima de todo, y su deber era protegerlo.

Habló con varias mujeres, les explicó que tenía que salvar a su hijo y les preguntó qué podía hacer.

Todas parecían encontrarse en la misma situación: habían perdido la custodia y temían que sus exmaridos planearan vender a sus hijos a la red satánica pederasta.

El sentimiento de impotencia y desesperación era generalizado.

—Solo puedes hacer una cosa —dijo una de ellas, bajo la mirada atenta de las demás—. Tienes que contactar con el Equipo Especial del Pentágono contra la Pederastia creado por el presidente para proteger a los niños. Ellos te ayudarán.

—Ya lo he hecho, pero me han dicho que solo pueden actuar en los tribunales. Eso tarda y no salvará a mi Tim.

Las demás mujeres la miraron, solidarias.

—Todas estamos igual —admitió otra—. Solo nos queda rezar. ¿Creéis en Jesús?

Claro que Clarence creía. Pero la fe no bastaba para calmar sus nervios.

Su exmarido estaba a punto de vender a su pequeño Tim a las redes pederastas y eso era algo incontestable.

Se sentía de manos y pies atados. Quería hacer algo, pero estaba acorralada, a su alrededor solo veía obstáculos.

Se echó a llorar. La vida era injusta. Las élites hacían lo que querían —compraban niños para violarlos y matarlos, se repetía— y el pueblo no tenía a quién acudir. Lo de siempre.

—Psst.

Estaba tan inmersa en su dolor que no se dio cuenta de que les estaba hablando alguien. Su cuñado miró a un lado y vio a un hombre con bigote y pelo largo. Llevaba una gorra con la frase «Somos la Tempestad» y un brazalete con el símbolo Q. Los llamó con un gesto.

—¿Qué quiere?

—Mire, amigo, he escuchado a su mujer y tal vez pueda ayudarlos.

Clarence, desesperada por encontrar una salida, se giró ansiosa y miró al hombre como un náufrago a una boya.

—¿Puede hacer algo para salvar a mi Tim?

—¿Yo? No, nada.

—Entonces, ¿por qué dice que puede ayudarnos?

—Conozco a un tipo que... Bueno, tiene sus métodos.

—¿Qué métodos?

El desconocido hizo un gesto con la cabeza para que se apartaran de la multitud.

—Vamos a hablar a un sitio más tranquilo...

Clarence no dudó un instante. Aprovecharía cualquier oportunidad. Salió inmediatamente de la muchedumbre y obligó a Leroy a seguirla. Los tres se alejaron de los manifestantes y se sentaron bajo un árbol, junto al Museo de los Niños. Allí podrían hablar lejos de las miradas indiscretas.

Tras comprobar que nadie los oía, Clarence le preguntó al hombre:

—¿Quién es usted?

—Mi nombre da igual —respondió el desconocido—. Digamos que soy un patriota.

—¿Un anon ?

—¿No lo somos todos?

Cierto. Todos los participantes en esa manifestación, y millones de estadounidenses, eran seguidores de Q. Se consideraban la Tempestad, la última esperanza del país.

—¿Cuál es su idea?

—Como le acabo de decir, conozco a un tipo con un don especial que les podría servir de mucho —indicó el hombre—. Es un exmarine totalmente entregado a la causa y al presidente. Un gran patriota.

—¿Qué don tiene que lo hace tan especial?

Antes de responder, el desconocido volvió a mirar alrededor para asegurarse de que nadie escuchaba.

—Experiencia en combate.

Clarence intercambió una mirada con Leroy. Parecía nerviosa.

—Mire, eso es algo en lo que no nos podemos meter así como así...

—¿Usted de verdad quiere impedir que vendan a su hijo a las redes satánicas pederastas de las élites?

—Sí, claro, pero...

—Entonces tiene dos opciones —dijo el hombre, mostrando dos dedos—.

La primera, recurrir a los tribunales. La ventaja es que es la vía legal; los inconvenientes, que tarda y el Estado Profundo controla a los jueces.

No llegará a ninguna parte, como ya sabrá.

La otra es pasar directamente a la acción.

La gran ventaja de esta solución es que resuelve el asunto sin demoras.

El problema es que no está regulada, digámoslo así. Pero tampoco es, estrictamente, ilegal.

—¿Ah, no?

—Recuerde que este tipo de acciones cuentan con el respaldo del presidente.

Lo dijo con una naturalidad sorprendente, como si el propio Donald Trump hubiera firmado una orden ejecutiva autorizando una operación para liberar al pequeño Tim.

—¿Trump está al tanto de esto?

El hombre volvió a mirar a su alrededor, y comprobó que nadie los escuchara, como si la respuesta fuera muy sensible.

—El presidente está muy preocupado por la red satánica de pederastia —murmuró—. ¿No lo han oído defender la causa QAnon en televisión? Por eso creó el Equipo Especial del Pentágono, ¿o no? Mi amigo, el exmarine, es un anon y, como saben, Q pertenece al círculo más cercano del presidente.

Leroy y Clarence llegaron a la conclusión de que la cosa iba en serio. Ahora entendían por qué les habían aconsejado acudir a la manifestación; contactar con ese hombre no había sido fruto del azar. Todo estaba previsto en el Plan.

Nada sucede por casualidad. Ese pensamiento calmó a Clarence y la invadió una ola de esperanza. Por fin no se sentía sola en la lucha para salvar a su hijo de las garras de la bruja Hillary y sus secuaces. Dios era grande y misericordioso.

—¿El presidente... lo ha enviado a hablar con nosotros?

El hombre bajó la mirada, algo comprometido.

—No se lo puedo decir.

Sonó como si fuera una confirmación implícita. Trump estaba verdaderamente preocupado por el tráfico de niños y hacía lo que fuera, posibles e imposibles, para ayudar a las madres.

—Por lo tanto, tenemos que contactar a ese marine y...

—Exmarine.

—Vale, exmarine, y organizar con él el rescate de mi hijo. ¿Es eso?

—Afirmativo.

—¿Y... qué tengo que hacer? —preguntó Clarence—. ¿Cómo contacto con él? ¿Tengo que pagar? ¿Cuánto? ¿Qué va a pasar exactamente?

La mirada del desconocido osciló entre los dos, como si dudara. Al final señaló a Leroy.

—¿Es su pareja actual?

Clarence se sonrojó.

—No, no. Es mi cuñado —aclaró—. Está casado con mi hermana que..., bueno..., ha fallecido.

El hombre hizo una mueca y negó con la cabeza, como si aquello fuera un problema.

—Me temo que solo puedo compartir los detalles de la operación de rescate con los familiares directos —explicó—. Lo siento mucho. Pero su cuñado no puede estar implicado.

Leroy reaccionó, sorprendido.

—¿Cómo que no? ¿Por qué?

—No es nada personal, amigo, no se enfade —dijo el desconocido con firmeza, dejando claro que ese punto era innegociable—. Es nuestra política. Tiene que ver con la seguridad de la operación. Espero que lo entienda.

Se hizo un breve silencio. Leroy intercambió una mirada con Clarence, que bajó los ojos, mostrando que aceptaba las condiciones.

—Te espero en el coche.

—No hace falta —le respondió—. Me las arreglo para volver a casa. Gracias por todo.

Leroy miró una última vez al hombre, comprendiendo a la perfección lo que se esperaba de él, y después a Clarence, pidiéndole con la mirada que tuviera cuidado. Hizo un gesto de despedida a su cuñada y se marchó.