El protocolo del caos LXIV
69%

LXIV

Cuando aquella mañana el capitán Dimitri Chernishev entró en el edificio de la operación del FSB en San Petersburgo, lo primero que vio al cruzar la puerta de la sala de los trolls fue al coronel Mijaíl Arseniev a cierta distancia, señalándole su despacho con el dedo.

Se dirigió hacia allí. Al entrar, se percató de que el párpado izquierdo de su superior temblaba.

—¿Qué opina, capitán? —le preguntó el coronel, visiblemente ansioso, justo después de que su subordinado cerrara la puerta—. ¿Trump gana o no gana?

Dimitri hizo una mueca.

—No lo sé, coronel. La cosa está difícil.

—También en las últimas elecciones y después pasó lo que pasó —recordó el jefe de la operación, como si buscara una respuesta que le proporcionara algún alivio—. ¿No han trabajado usted y los trolls arduamente para que gane?

—Sí, claro. Ayer pasamos el día enviando una tonelada de material sobre QAnon.

Esos idiotas se creen cada cosa. Ahora se ha hecho viral el hashtag #SaveTheChildren, tiene millones y millones de seguidores.

En Facebook hay cientos de grupos contra el supuesto tráfico de menores para nutrir a las redes satánicas de las élites, y el número de seguidores no para de crecer.

Organizan manifestaciones por todas partes para exigir que liberen a los niños. Es una locura.

—Bueno, también es cierto que les estamos echando una mano.

—Claro, es nuestro trabajo; hay que surfear la ola —confirmó Dimitri—. A fin de cuentas, más del ochenta por ciento de los electores republicanos cree, al menos en parte, en las teorías de QAnon. Ochenta por ciento es mucho, mi coronel.

—Y tanto.

—Pero todo es muy raro. Mire: ahora creen que a Trump le preocupan las redes de pederastia de las élites y que ha creado en el Pentágono una unidad especial para proteger a los niños.

—¿No la ha creado?

—¿Quién? ¿Trump? A ese tipo le importan un pimiento los niños y la pederastia, mi coronel.

Se rieron los dos.

—Bueno, basta de cháchara —dijo Arseniev, a quien lo que le preocupaba era otra cosa—. Vamos a lo que importa. ¿Qué estamos haciendo nosotros para garantizar su victoria en las elecciones?

Desde que Alastair Hayes, el británico de Cambridge Analytica, terminó su contrato con la empresa pantalla del FSB, el capitán Dimitri llevaba todos los detalles de esa operación rusa contra Estados Unidos.

Le correspondía a él responder por todo lo que se pensara y ejecutara en ese teatro de operaciones.

—Bueno, estamos procediendo exactamente como cuando conseguimos que ganara —dijo—.

Usamos cuentas falsas para divulgar verdades, medias verdades y mentiras; nos hacemos eco de la campaña de QAnon entre los perfiles más influenciables; enviamos mensajes a electores negros diciendo que Biden es racista; a las feministas, que es misógino; a los jóvenes, que está senil; a los que apoyan a Palestina les decimos que Biden protege a Israel, y a los proisraelíes les decimos que favorece a Palestina...

En fin, lo de siempre. También estamos promoviendo la narrativa de que es un corrupto y de que su hijo recibió dinero de Ucrania, todo eso.

—¿Y las campañas para el Congreso?

—Hemos sido rápidos en elegir a más de una decena de fanáticos deseosos de acceder a cargos públicos, como una histérica llamada Marjorie Taylor Greene y otros candidatos al Congreso.

Estamos logrando convencer a esa gente y a sus seguidores de que Rusia es el gran baluarte de la cristiandad, la moral, la tradición: hombres de verdad, mujeres de verdad, la raza blanca frente a homosexuales, musulmanes, ateos y las élites progresistas.

Mi coronel, le garantizo que cuando esos seguidores de QAnon lleguen al Congreso, serán muy activos en la defensa de nuestros intereses.

Cuando sean congresistas, se acabarán los obstáculos y por fin Trump podrá ayudarnos.

Además de la Casa Blanca, transformaremos el Congreso en una institución rusa.

Vamos a conquistar Estados Unidos sin disparar un tiro.

Su jefe no pareció impresionado. Ya llevaban tiempo planeando todo aquello, así que lo que esperaba de su subordinado era algo más.

—¿Eso es todo? —preguntó—. ¿No tiene nada nuevo con lo que garantizar la victoria de nuestro candidato?

Dimitri se movió, incómodo. Dudó de si debía ir más lejos y poner todas las cartas sobre la mesa. Pero si no mostraba la estrategia a su jefe, ¿a quién?

—Sinceramente, una derrota de Trump no tendría por qué ser una catástrofe para nosotros.

El coronel Arseniev enarcó una ceja, sorprendido por lo que acababa de oír.

—¿Cómo dice?

—En el curso de formación del FSB nos enseñaron que las crisis son oportunidades —explicó su subordinado—.

Esta es la cuestión: si por casualidad Trump pierde, ¿cómo podemos sacar partido?

Tras reflexionar mucho, he llegado a la conclusión de que tenemos una oportunidad maravillosa para llevar a Estados Unidos a un caos aún mayor del que ya hemos provocado.

Su jefe mostró interés.

—¿De qué oportunidad habla?

—Los mensajes de Q sugieren que solo hay una forma de que Trump pierda: si hay fraude —dijo Dimitri—. El propio Trump ha empezado a afirmar que los votos por correo serán objeto de manipulación para desvirtuar la voluntad de los electores.

—¿Es cierto?

—Claro que no. En Estados Unidos se vota por correo desde hace décadas; el propio Trump lo ha hecho.

Nunca ha habido problemas de fraude. Pero eso no importa.

Lo que importa es que se lo crean. Al hacer esa declaración, Trump está plantando la semilla para desacreditar los resultados si pierde.

Ahora bien, eso para nosotros es una oportunidad.

¿Cómo reaccionarán sus seguidores, sobre todo los anons , si de verdad creen que el presidente ha perdido por fraude electoral?

—Nada contentos, me imagino.

—Tenemos que explotar ese sentimiento de insatisfacción al máximo —se apresuró a precisar Dimitri—. Es más: tenemos que transformar esa insatisfacción en rabia.

—¿Para qué? —preguntó su jefe—. Las elecciones habrán terminado. Si Trump pierde, se acabó. ¿De qué nos sirve que sus seguidores estén rabiosos?

Su subordinado hizo una breve pausa y fijó la mirada en el coronel Arseniev como quien prepara un golpe maestro.

—Servirá para desencadenar una guerra civil.

El responsable de la operación del FSB abrió y cerró la boca, sorprendido por la ambición del proyecto.

—Eso... ¿es posible?

—Si sabemos jugar bien nuestras cartas, no veo por qué no —respondió Dimitri—. Tenemos todos los ingredientes que conducen a una guerra civil. Solo hay que mover bien las piezas, en el momento exacto.

Por un instante pareció que el coronel iba a besar a su subordinado; luego se contuvo. Era demasiado bueno para ser cierto.

—Cuénteme su plan.

—No hay mucho que contar —respondió Dimitri—.

Si Trump pierde, tenemos que trabajar para convencer a sus seguidores de que hubo fraude electoral, que sientan una rabia tan intensa que los lleve a actuar.

Hablamos de personas con armas en casa que están desesperadas por la forma en que las élites las han marginado, que sienten que las minorías les pasan por encima, protegidas por aquellas.

Mi coronel, con los estímulos adecuados, la guerra civil en Estados Unidos tiene una alta probabilidad. Quizá incluso una alta inevitabilidad.

Su jefe se quedó pensativo.

—Hum... Eso implica avivar la rabia e impulsar a la gente a salir a la calle. En la KGB nos especializamos en ese tipo de operaciones. Tal vez sea el momento de hacer las cosas a la vieja usanza.

—Tranquilo, mi coronel; mi plan se ajusta a esos moldes, recurre a nuestras técnicas tradicionales, junto con las que hemos aprendido de Cambridge Analytica, claro. Y... tengo una cosilla más.

—¿Qué cosilla?

—Un as en la manga, por así decirlo.

Lo dijo como quien guarda un secreto que no quiere desvelar.

—Explíquemelo, capitán.

Dimitri se levantó y se acercó al ordenador de su jefe.

Abrió su cuenta e hizo clic en un archivo.

La imagen apareció en la pantalla: se veía a Joe Biden acercándose a una urna electoral, abrirla y sacar todas las papeletas.

Un zum en la imagen mostraba que se trataba de votos para Trump.

Biden los amontonaba en el suelo y cogía un bidón de gasolina.

A continuación, vertía el líquido. Por último, encendía una cerilla y la lanzaba sobre las papeletas, prendiendo una hoguera.

Con el rostro iluminado por las llamas, el candidato presidencial soltaba una carcajada.

—Adiós, Donald Trump —decía, irónico—. Los votos por correo se han esfumado. Vuelve a tu tierra, redneck de mierda. En Washington, mandamos nosotros.

Y así terminaba el vídeo.