LXIII
La lluvia los acompañó durante prácticamente todo el trayecto.
Atravesaron las montañas Mayu y el denso bosque birmano; subieron y bajaron a pie por senderos estrechos en condiciones penosas.
Cada vez con más frecuencia, Tomás Noronha tenía que ayudar a la debilitada abuela de Nur.
Mientras, Tin Tun acompañaba a los hermanos del estudiante fallecido.
Habían huido de Tula Toli de forma improvisada, por culpa de la inesperada llegada de los soldados del Tatmadaw y la posterior masacre junto al río, por lo que a ninguno les dio tiempo a prepararse mínimamente para el largo viaje.
Incluso el portugués se limitó a coger su bolsa y huir con la familia de acogida.
Al menos, la incesante lluvia tropical les proporcionaba suficiente agua para beber.
Y aunque no lloviera, había fuentes y ríos cristalinos que descendían de las montañas.
El gran problema era la alimentación. Como nadie llevaba nada para comer, y en aquellas condiciones era casi imposible pescar o cazar, solo les restaban los pocos frutos y raíces que iban encontrando por el camino.
Los hermanos pequeños de Nur eran los más atentos y ágiles, y fueron sobre todo ellos los que, aquí y allí, localizaban los alimentos.
Además del hambre constante y de sentirse cada vez más débiles, los fugitivos también tenían que enfrentarse a la noche.
Tras la primera jornada, cuando el sol, oculto por las nubes cargadas de lluvia, se escondió al otro lado de las montañas, la luz del día se apagó, se vieron obligados a parar, ya que ninguno de ellos llevaba linterna y era imposible ver un palmo por delante.
Buscaron refugio bajo unos árboles para resguardarse lo mejor posible de la intemperie.
No fue fácil dormir en esas condiciones.
A pesar de todo, los rohinyás lograron adaptarse mejor, acostumbrados a vivir con muchas privaciones.
Pero Tomás, que estaba habituado a los lujos de la vida europea, lo tuvo más difícil.
Esa primera noche no fue capaz de pegar ojo.
En términos generales, el día siguiente volvió a ser duro, prácticamente igual al anterior.
Pasaron por varios pueblos, aunque algunos ya estaban abandonados y en otros los habitantes habían agotado los alimentos, por lo que no podían ofrecer nada a los visitantes.
Al caer la tarde, cruzaron el punto más alto de las montañas Mayu y empezaron a descender.
Con el crepúsculo, buscaron un lugar para descansar, pero al caer la noche el portugués empezó a desesperarse.
—¿Podemos seguir a ver si encontramos un lugar más cómodo?
Tin Tun respondió en la oscuridad.
—¿En mitad de la noche, profesor Noronha?
El rohinyá tenía razón. Incluso Tomás se dio cuenta de que era una pregunta ridícula.
Avanzar en medio de esa noche negra sería una locura, además de absolutamente imposible.
¿Qué esperaba encontrar? ¿Un hotel con cama y sábanas limpias?
¿Cena y, de postre, un chocolate regado con whisky ?
Aquella realidad a la que estaba acostumbrado era radicalmente distinta.
Tendría que aceptarlo y, en vez de quejarse, adaptarse.
Si todos eran capaces de resistir, incluso los mayores como la abuela de Nur, él también lo haría.
Se sentó en el suelo encharcado y se apoyó en un árbol.
Estaba exhausto porque no había conseguido descansar ni un minuto la primera noche, por lo que se durmió notando las gotas de lluvia tropical que se deslizaban por las hojas y le golpeaban el rostro inerte, como si fuera el mismísimo cielo el que lloraba.
Descender a la miseria más absoluta no era fácil para nadie, pero al parecer el ser humano era capaz de adaptarse a lo que hiciera falta.
Se despertó al percibir movimiento a su alrededor.
Abrió los ojos y comprobó que empezaba a amanecer, aunque el sol todavía se ocultaba tras las montañas.
Se estremeció. Estaba calado hasta los huesos.
Tosió. Se dio cuenta de que estaba tumbado en el suelo, el barro le servía de colchón, tenía el pelo empapado.
Se levantó despacio: el cuerpo le dolía, el hambre apretaba, el malestar general empezaba a desesperarlo.
Se sentía miserable. Se sacudió el agua y el barro del pelo y miró alrededor, intentando orientarse.
Había varias familias rohinyás y algunos de ellos transportaban a heridos.
Se quedó pasmado con la resiliencia de esas personas: era digna de admiración.
—¿Cómo son capaces?
—No les queda otra, profesor Noronha.
Era una pregunta retórica, como si pensara en voz alta, pero la respuesta de Tin Tun era más que obvia. Nadie allí tenía alternativa. Era seguir o morir. Por eso mismo, tenían que seguir.
La abuela de Nur estaba muy débil, así que los dos hombres, también agotados por el hambre y la fatiga, se alternaban para llevar a la anciana en brazos. Estaba muy frágil.
— Oshanti lage —murmuraba la mujer con una melancolía infinita—. Oshanti lage .
No era la primera vez que el portugués escuchaba esa frase; en realidad, era la que más veces salía de los labios de la señora. Con la mirada, le preguntó a Tin Tun qué significaba.
—No siento paz —tradujo el rohinyá—. Es una forma de expresar su tristeza.
Era el tercer día desde que habían huido de Tula Toli.
Tomás, que ya se arrastraba por el camino pedregoso y encharcado, empezó a pensar que, si al día siguiente seguían igual, no sabía si sería capaz de llegar hasta el final.
Estaba exhausto, sin energía, sus movimientos reducidos a una mecánica dolorida.
Al menos había algo bueno, tanto para él como para sus compañeros y todos los fugitivos: estaban bajando las montañas y la gravedad era una especie de mano divina que, por inercia, los impulsaba hacia delante.
A veces, la multitud se agitaba y volvía la vista hacia lo que dejaban atrás.
Aquí y allá surgían columnas de humo: negras si el fuego estaba activo, blancas si ya solo quedaba el rescoldo.
A veces también se oía un ruido que todos reconocían al instante: el fragor de las ametralladoras.
Por lo visto, el Tatmadaw no se retiraba y lanzaba sucesivos ataques contra los pueblos rohinyás de la región.
No era de extrañar que aquella huida se hubiera convertido en un verdadero éxodo; ya no eran miles las personas que se desplazaban, sino decenas de miles, quizá cientos.
Un río humano que huía de sus casas y que, igual que ellos, se dirigía hacia el noroeste.
Tras varias horas marchando como un sonámbulo, Tomás se percató de un clamor de voces en algún lugar.
Algo pasaba. Los fugitivos aguzaron el oído, temiendo que las voces asustadas significaran una nueva amenaza.
Temían que pudiera tratarse de una emboscada del Tatmadaw.
Avanzaron con prudencia. Doscientos metros más adelante, Tomás oyó una palabra que resonaba en la boca de los rohinyás que iban delante.
—¡Naf! —gritaban—. ¡Naf!
Se giró y miró a Tin Tun, que iba detrás; traía a la agotada abuela de Nur subida a sus espaldas.
—¿Qué dicen?
—Hemos llegado a Naf.
—¿Qué es eso?
A pesar del esfuerzo y de la fatiga, su compañero de viaje reunió las últimas fuerzas que le quedaban y logró esbozar la sombra fugitiva de una sonrisa de alivio.
—Bangladés.