El protocolo del caos LXII
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LXII

No fue fácil tranquilizar a Clarence. La hermana de Betty temblaba descontroladamente y su desesperación era evidente; estaba fuera de sí.

El pánico le incendiaba la mirada y las lágrimas le emborronaban el maquillaje.

Miraba a Leroy Roderick con una expresión suplicante, como una náufraga, como si estuviera a punto de ser engullida por las aguas revueltas de un mundo en el que se ahogaba.

—Por favor, Leroy, tienes que ayudarme.

Su cuñado sabía que antes tenía que conseguir que se calmara, estaba completamente alterada.

—Entra y tranquilízate —le dijo con voz serena, invitándola a pasar con un gesto—. Te preparo un té y...

—¡No hay tiempo para eso! —lo interrumpió Clarence, casi furiosa—. ¡Tienes que venir conmigo, tienes que ayudarme!

—Perdona, pero estás muy alterada. ¿Qué historia es esa de que van a vender a Tim? Eso es un disparate. ¿Quién iba a venderlo?

Tim era Timothy, el hijo pequeño de Clarence.

Estaba divorciada y padecía el síndrome de Munchausen, un trastorno psicológico que, según había diagnosticado el psiquiatra de los Servicios Sociales, la llevaba a provocar enfermedades en su hijo para llamar la atención sobre sí misma.

Por esa razón, el Estado le había retirado la custodia, que estaba en manos de su padre.

—Bob.

—¿Cómo dices?

Bob era el exmarido de Clarence, el que tenía la custodia del niño.

—Bob... Bob quiere entregárselo al Servicio de Protección de Menores.

—¿Estás segura?

—Sí. Me lo ha dicho él mismo. Se ha separado de su pareja, trabaja en los pozos del golfo de México y pasa semanas enteras en las plataformas offshore .

No tiene tiempo ni posibilidad de cuidar a Tim, ni tiene a nadie que pueda encargarse de él.

Así que... lo va a entregar al Servicio de Protección de Menores.

Era una noticia muy grave. Lo sabían tanto Leroy como Clarence.

El Servicio de Protección de Menores era la institución federal que se ocupaba de los casos de niños que se encontraban en situación desprotegida.

Pero según las publicaciones de QAnon en las redes, esa entidad solo era una fachada y, en realidad, se encargaba de proporcionar «materia prima» a las redes satánicas de pederastia de las élites.

Eso significaba que el pequeño Tim seguramente iba a convertirse en un objeto sexual de Biden, Clinton, Hanks, Spielberg y toda esa panda de depredadores de Washington y Hollywood.

—¿Bob sabe cuál es el destino de los niños custodiados por el Servicio de Protección de Menores?

—¡Se lo he contado!

—¿Y qué ha dicho?

—Que es falso —respondió Clarence entre sollozos—. Dice que estoy loca, que ese QAnon es un cuento chino, que no existe ninguna red de pederastia entre las élites y que todo es mentira...

Leroy entendió que era aún peor de lo que pensaba.

—Dios mío —murmuró, preocupado—. Le han lavado el cerebro, pobre.

—¡Pobre Tim! —se indignó Clarence—. ¡Tenemos que rescatarlo antes de que lo envíen a Washington y lo pongan a merced de la bruja Hillary y de la red satánica que dirige! ¿No has visto lo que dicen, que hay un vídeo en el que Hillary le corta la cara a un niño y la usa como marcarilla? ¡Horrible!

Era terrible pensar que el pequeño Tim pudiera caer en esas redes de pederastia satánica. Leroy hizo un esfuerzo por mantener la cabeza fría y valorar las posibilidades.

—¿Has hablado con el Equipo Especial del Pentágono contra la Pederastia?

Según QAnon, se trataba de una unidad de élite que había creado el presidente con la misión de proteger a los niños entregados a las redes vinculadas al Servicio de Protección de Menores.

El drop número ciento cincuenta y tres de Q afirmaba que una de las razones que habían llevado a Trump a postularse para la Casa Blanca había sido precisamente «no poder soportar la idea de que estuvieran raptando, drogando y violando a niños mientras las autoridades hacían la vista gorda».

—Sí, he intercambiado correos electrónicos con el equipo del Pentágono.

—¿Y...?

—Creen que Bob sabe perfectamente lo que va a pasarle a Tim, pero le da igual. Al contrario, ese cabrón ganará una fortuna con todo esto.

—¿Bob?

—Sí —confirmó Clarence—. Ese capullo está vendiendo a Tim a los pederastas, ¿lo entiendes? Por lo visto, las élites pagan millones por los niños, y él... se va a embolsar el dinero.

—¡Dios mío!

Su cuñada lo agarró por los hombros y lo sacudió con una ansiedad descontrolada.

—¡Tienes que ayudarme!

—¿Y el Equipo Especial del Pentágono contra la Pederastia? —preguntó Leroy—. ¿No van a hacer nada?

—Dicen que lo denunciaran ante los tribunales para rescatar a mi hijo —respondió—.

Pero los tribunales tardan, como bien sabes.

Y no olvides que el Estado Profundo domina todo y protege a las élites.

Cuando salga la decisión judicial, si es que llega a ser favorable, porque también controlan a muchos jueces, a Tim ya lo habrán violado los pederastas.

Pobre..., o quizá lo habrán matado para recoger...

, eh..., esa cosa..., el tal arderniocromo...

—Adrenocromo.

—Bueno, esa porquería, la superdroga que extraen de las víctimas y usan para alcanzar la inmortalidad. Por eso tenemos que actuar rápido, Leroy. ¿Me ayudas?

—Sí, claro que te ayudo, pero... ¿qué hay que hacer exactamente?

—El tipo con el que me escribí, el del Equipo Especial, me dijo que por ahora solo pueden actuar por la vía legal, pero me informó de que hoy a las tres de la tarde habrá una manifestación de madres en Baton Rouge y me sugirió que participara.

La televisión estará allí. Me insinuó que expusiera el caso de Tim, a ver si alguien hace algo. ¿Vienes conmigo?

Leroy miró su reloj: eran apenas las once de la mañana. La manifestación sería en cuatro horas.

—Tenemos tiempo —constató, e hizo un gesto para que lo siguiera al interior—. Entra. Comemos algo y después te llevo a Baton Rouge, ¿te parece?

La condujo a la cocina, aunque lo cierto es que no tenía mucho que ofrecer.

Desde la muerte de Betty, los Roderick, padre e hijos, se alimentaban casi exclusivamente de comida congelada de supermercado, barata y fácil de preparar; bastaba con calentarla en el microondas.

Leroy descongeló una lasaña y se sentaron a comerla en el comedor.

Clarence encendió la televisión para intentar distraerse del tormento que la consumía.

En ese momento, Fox News emitía un reportaje sobre las últimas declaraciones del presidente y su relación con las próximas elecciones.

—La única forma de perder estas elecciones es si son fraudulentas, recuérdenlo —decía Donald Trump—. El voto por correspondencia es muy peligroso para este país porque son unos tramposos. Muchas veces esos votos son fraudulentos. El voto por correspondencia falseará estas elecciones.

El entrevistador lo interrumpió.

—¿Está sugiriendo que podría no aceptar el resultado de las elecciones?

El presidente endureció el gesto.

—Habrá que verlo.

—¿Puede darme una respuesta directa: va a aceptar el resultado de las elecciones?

Trump movió la cabeza.

—No diré ni que sí ni que no —contestó—. No diré que no.

Leroy y Clarence masticaban la lasaña e intercambiaron miradas de preocupación. Fue ella quien rompió el silencio.

—¿Crees que el Estado Profundo falsificará los resultados para impedir la victoria del presidente?

Su cuñado negó con la cabeza.

—No podrán —respondió—. Claro que lo intentarán: el presidente es demasiado peligroso para los intereses de las élites, de los banqueros y de los globalistas como Soros y los Rothschild.

Pero Trump y el equipo de Q lo tienen todo controlado.

Todo está previsto según el Plan. Si seguimos el Plan, venceremos la guerra secreta contra los progresistas pederastas.

Clarence asintió. Sí, tendrían que confiar en el Plan.

Además, el mismísimo presidente acababa de aparecer en Fox News muy seguro de sí mismo.

Sus declaraciones estaban llenas de crumbs : pistas para que los anons las interpretaran.

El Estado Profundo planeaba falsificar las elecciones; «eran unos tramposos», había dicho Trump.

Pero el presidente lo sabía. Sin duda, estaba asesorado por el equipo de Q. Todo estaba bajo control.

Tendrían que confiar en el Plan. La guerra entre el bien y el mal era brutal, pero la luz acabaría imponiéndose a las tinieblas. Y los niños serían liberados, al fin.