LXI
Nada más ver la declaración en televisión, el capitán Dimitri Chernishev salió con paso acelerado de su despacho y se dirigió a la gran sala donde los trolls del Shaltai Boltai se afanaban en Twitter, Facebook, YouTube y todas las redes sociales que usaban los estadounidenses.
—¿Habéis visto lo que ha dicho Trump?
—¿Cuándo?
—Ahora mismo. Sobre QAnon.
Algunos trolls se echaron a reír.
—¡Increíble! —exclamó Alexéi—. ¿Ha vuelto a retuitear esas tonterías?
—Le han preguntado públicamente sobre el tema.
—¿Qué?
—Hay que difundir que Trump ha respondido, ¿me oís? ¡A toda pastilla! Nos ayudará a dar credibilidad a QAnon.
—¿Dónde está?
Dimitri se sentó delante del ordenador de Alexéi y buscó el enlace al vídeo.
Desde la operación del FSB en San Petersburgo, llevaban tiempo encargándose de divulgar la inventada detención de Oprah Winfrey y de otras celebridades estadounidenses.
La noticia de que figuras relevantes del entretenimiento en Estados Unidos estuvieran implicadas en supuestas redes de pederastia tenía un enorme potencial divisorio y desestabilizador en el país, lo que servía de maravilla a los intereses de Rusia.
El hecho de que el presidente se sumara a la campaña de Q era lo que ahora llamaba la atención de los trolls en San Petersburgo.
Desde hacía algún tiempo, en sus tuits, Trump había empezado a repetir cientos de mensajes, ideas y expresiones de QAnon, e incluso escribía «nada puede detener lo que se avecina», una frase típica de Q que aludía a la inminente declaración de la ley marcial y al arresto de miembros del Estado Profundo y de las élites estadounidenses.
El presidente había empezado a retuitear de forma casi rutinaria mensajes de QAnon en los que se afirmaba que el cerebro de Joe Biden estaba «congelado» y que él también era un pederasta.
Trump solía además difundir memes creados por los anons con acusaciones extravagantes.
Aquellas publicaciones habían provocado una auténtica explosión de las ideas de Q, que ya estaban en todas las redes sociales, intensificando el trabajo del equipo de San Petersburgo.
Cada vez más estadounidenses se sumaban a las tesis de QAnon y creían que estaba en marcha una guerra secreta entre las fuerzas del bien, lideradas por Donald Trump, y las del mal, encabezadas por Joe Biden, Hillary Clinton, Barack Obama y toda la élite pederasta del país.
La batalla final era inminente, pues «nada puede detener lo que se avecina».
Pero todavía había incrédulos. Una declaración pública del presidente sobre QAnon significaba llevar la credibilidad al máximo nivel y disipar las dudas sobre su legitimidad.
Era una oportunidad que, en Rusia, el FSB y sus chicos del Shaltai Boltai no iban a desaprovechar.
Dimitri localizó rápidamente el vídeo con la declaración de Donald Trump y pinchó en el enlace. Las imágenes mostraban al presidente en una rueda de prensa, con el símbolo de la Casa Blanca detrás, y una periodista le preguntaba sobre Q y sus drops .
—No sé mucho sobre el movimiento, excepto que les caigo muy bien, lo cual me agrada —respondía Trump—. Pero no sé mucho más. Solo he oído que se está haciendo muy popular, y que son personas que aman a su país.
La periodista insistió.
—Señor presidente, la base de la teoría sostiene que usted, en secreto, está salvando al mundo de un culto satánico de pederastas caníbales. ¿Le suena de algo? ¿Está al tanto de esa situación?
—No lo había oído —replicó Trump, como si encarnara la inocencia misma—.
Pero... ¿eso es algo bueno o algo malo? Si sirve para resolver los problemas del mundo, estoy dispuesto a hacerlo.
Estoy disponible para empeñarme. Y, de hecho, estamos salvando el mundo.
Lo que he oído de ese movimiento es que se opone a la pederastia. Y en eso estoy de acuerdo.
—Pero no existe ninguna red satánica de pederastia.
—No lo sé. No sé nada de ellos.
La periodista parecía en shock .
—¿No lo sabe?
—No, no lo sé. Ni usted lo sabe.
Los trolls rusos estallaron en una carcajada.
—¡Ese tipo está dando crédito a QAnon! —Alexéi se rio—. ¡Es extraordinario!
Pero Dimitri iba un paso más allá. En realidad, lo que Trump hubiera dicho le daba absolutamente igual. Lo único que le preocupaba era descubrir la mejor forma de usar la declaración del presidente para que las ideas de QAnon ganaran más fuerza en todos los hogares de Estados Unidos.
—¡La declaración de Trump tiene que aparecer en todas partes!
—ordenó en voz alta, dirigiéndose a los trolls del Shaltai Boltai a su alrededor—.
Esto tiene prioridad máxima, ¿entendido?
Facebook, Twitter, YouTube, Reddit, Instagram...
¡Todo, todo, todo! En una hora, todo Estados Unidos tiene que saber lo que ha dicho su presidente.
De inmediato, los trolls rusos se sumergieron en sus ordenadores y comenzaron a teclear frenéticamente, difundiendo el enlace con las declaraciones en todas las cuentas falsas que habían creado en las redes sociales.
Solo Alexéi, el más atento de todos, se quedó inmóvil.
—¿Qué pasa? —le preguntó Dimitri—. ¿Por qué estás ahí parado? ¡Manos a la obra!
Pero el troll no se movió.
—Hay un mensaje de Q al que no hemos prestado suficiente atención, y me parece que también es prioritario —advirtió—. De hecho, Trump lo ha estado retuiteando. Creo que deberíamos hacer lo mismo.
—¿De qué habla?
—En sus drops , Q dice que Joe Biden tiene problemas cognitivos, que no es capaz de hablar con coherencia, que se esconde en un búnker, que usa un auricular donde le soplan todo lo que tiene que decir como si fuera un loro...
Por eso, Q insiste en que Trump ganará las elecciones: Biden no podrá derrotarlo.
—Excelente. ¿Y cuál es el problema?
Alexéi lo miró fijamente, como subrayando la pregunta retórica que iba a formular.
—El problema es que todavía no ha ganado las elecciones, ¿no?
Dimitri frunció el ceño ante esa posibilidad.
—En Estados Unidos tienden a reelegir a sus presidentes —recordó—. Además, las encuestas le son ahora más favorables que cuando se presentó por primera vez. Y también cuenta con nuestra ayuda, ¿cierto? Así que tranquilo, lo tiene chupado.
—Las encuestas lo sitúan por detrás de Biden...
—En las últimas elecciones también decían que iba a perder y... mira lo que pasó. No te preocupes.
Pero el troll no parecía convencido.
—Cada elección es distinta, y el exceso de confianza es medio camino hacia la derrota.
Dimitri enarcó una ceja.
—¿A dónde quieres llegar?
—Tenemos que considerar la posibilidad de que Trump pierda las elecciones.
Ambos se quedaron en silencio. Dimitri había aprendido a confiar en las valoraciones de Alexéi, así que lo que acababa de decir lo inquietaba.
—¿Por qué lo dices?
—Cuando Trump ganó, pilló a todos por sorpresa.
Incluso a él mismo. Ahora es distinto: todo el mundo está en guardia.
Sus adversarios ya saben que aquí, en Rusia, hemos interferido en las elecciones y que Cambridge Analytica usó métodos innovadores.
Esta vez estarán preparados y probablemente usarán las mismas técnicas.
—Sí, vale, pero no nos tienen a nosotros —replicó Dimitri—. Seguiremos aquí, en San Petersburgo, maniobrando en la sombra para ayudar a Trump. Eso no lo tienen los demás.
—Es cierto, pero hay otro problema. Trump tiene cada vez más seguidores, pero también más detractores.
Personas que antes lográbamos convencer para que se quedaran en casa —como las feministas y los votantes negros— esta vez no se quedarán de brazos cruzados.
El miedo a su reelección los llevará a las urnas.
Estas elecciones serán más difíciles. Mucho más.
Por eso debemos prepararnos para la eventualidad de que pierda. Q ya ha empezado a hacerlo.
—¿Q? —se sorprendió Dimitri—. Pero si acabas de decir que sus últimos drops garantizan que Trump tiene las elecciones en la palma de la mano...
—Sí, pero hay que interpretar los detalles.
Q asegura que Trump ganará porque Biden está senil, pero también ha puntualizado que la única forma de que eso no suceda es que haya un fraude masivo a todos los niveles, con banqueros globalistas como Soros y los Rothschild, la élite y todo el Estado Profundo implicados.
Q advierte de que un fraude así cambiaría el resultado.
—¿Es posible que haya un fraude masivo en Estados Unidos?
—Claro que no. Pero eso es lo de menos, ¿o no? Lo importante es que los seguidores de Trump lo crean. Y si lo creen, actuarán en consecuencia.
El responsable del FSB meditó sobre las múltiples implicaciones de lo que acababa de oír.
Las elecciones estadounidenses abrían una crisis en torno al futuro de Trump en la Casa Blanca.
Aunque las crisis, como había aprendido en la formación del FSB, también eran oportunidades.
Solo había que identificarlas y saber aprovecharse de ellas.
—Que Trump gane las elecciones nos beneficia —constató, enunciando lo obvio—. La cuestión es cómo lograr que una posible derrota también lo haga.
—Q ya nos ha mostrado el camino...
Dimitri reflexionó.
—El fraude —comprendió, visualizando las ramificaciones—. Si convencemos a los estadounidenses de que ha habido fraude, se justificaría la derrota de Trump.
—Eso es lo que Q y Trump tienen en mente.
Pero el hombre del FSB ya iba un paso por delante.
—No basta —afirmó—. Hay que ir más lejos.
En caso de derrota, debemos convencer a sus seguidores de que ganó y que la proclamación de victoria de su adversario es fraudulenta.
Nuestro objetivo estratégico no será justificar la derrota de Trump.
No. Nuestro objetivo real será usar esa derrota para provocar la revuelta de sus seguidores.
¿Entendido? ¡Vamos a hacer que salgan a las calles en pie de guerra!
Alexéi había mostrado a su superior los drops en los que Q mencionaba la posibilidad de fraude en caso de derrota. Pero lo que Dimitri proponía iba mucho más allá.
—Si Trump pierde, ¿quiere que sus seguidores protesten en las calles? ¿Para qué?
En los ojos de Dimitri brillaba la anticipación. Quizá, para Rusia, una derrota de Trump sería incluso mejor que una victoria. Dependería de a dónde condujera esa derrota.
—Para desencadenar la guerra civil.