El protocolo del caos LX
65%

LX

Tumbados bajo los arbustos en los que se habían refugiado, en un punto elevado del monte, Tomás Noronha y Tin Tun, junto con la abuela y los hermanos pequeños de Nur, asistían con horror a lo que sucedía abajo, en la curva del río, en pleno corazón de Tula Toli.

Nur y sus padres se mezclaban con la masa de fugitivos; la situación era desesperada.

De repente, los rohinyás que se aglomeraban en la playa, en la zona de travesía del río, se vieron acorralados.

Los soldados del Tatmadaw los cercaban por los lados, los apuntaban con sus armas y, sin aviso previo ni vacilaciones, abrieron fuego.

Se oyeron gritos de pánico en la multitud rodeada y muchas personas cayeron sobre la arena encharcada de la playa o en el agua, que se tiñó de rojo de inmediato.

— O bazi! —gritaron los hermanos de Nur, echándose a llorar—. O bazi!O Nur!

Tin Tun tragó saliva.

—Están llamando a sus padres y a su hermano.

Ya había decenas de cuerpos en tierra o flotando en el agua cuando los hombres del Tatmadaw siguieron avanzando.

El fuego dejó de ser indiscriminado. Los soldados empezaron a disparar uno a uno a los hombres rohinyás, mientras civiles armados con machetes los destrozaban a machetazos, de arriba abajo, como quien se abre camino en medio de una vegetación espesa.

Desde aquella distancia no lograban distinguir a Nur ni a su padre, tampoco a la madre entre aquella masa humana, pero era difícil hacerse ilusiones respecto a su destino.

Desesperados, muchos hombres rohinyás se lanzaron al agua, intentando escapar de las balas y los machetes.

Pero casi nadie lograba subir a las balsas improvisadas.

El río los arrastró y la mayoría desapareció en la corriente.

Solo los más jóvenes y fuertes consiguieron llegar a la otra orilla.

Echaron a correr para salvarse, pero a algunos los alcanzaron por la espalda y, tras unos pasos, cayeron sin levantarse más.

Separaron a los hombres que habían sobrevivido de las mujeres y los niños que seguían acorralados en la playa, en la curva del río.

Ellas se abrazaban unas a otras, con el agua hasta el pecho.

Agruparon a los hombres en la otra parte de la ribera.

Algunos se sentaron, otros permanecieron de pie.

En un momento dado, los soldados comenzaron a liquidar a tiros a los que quedaban, mientras los vecinos rakhines, que se habían unido a la matanza, los remataban con machetes y cuchillos.

La carnicería se prolongó un buen rato, entre gritos desgarradores.

Por fin, cuando la gran mayoría de los hombres rohinyás yacía en el suelo, en medio de enormes charcos de sangre, los soldados del Tatmadaw dieron órdenes a los supervivientes de que cogieran palas y empezaran a cavar un gran agujero en la orilla del río.

Media hora después, el trabajo estaba terminado.

Les ordenaron arrojar en el agujero los cuerpos de sus compañeros y familiares: en su mayoría cadáveres, aunque había algunos aún vivos, mutilados con machetes y cuchillos.

Cuando todos estuvieron apilados, los soldados se acercaron a los hombres que habían cavado el hoyo y los mataron a tiros o a golpes de machete y estacas.

Luego arrojaron sus cuerpos al agujero y lo cubrieron con paja, hojas secas y trozos de bambú.

Después, encendieron cerillas y las lanzaron sobre los cuerpos.

La paja y las hojas actuaron como combustible, y en segundos se desató un incendio.

Cuando el fuego ardía intensamente sobre los cadáveres y los moribundos, los hombres del Tatmadaw se volvieron hacia las mujeres.

Se les acercaron y, en medio de gritos, arrancaron a los niños de los brazos de sus madres para arrojarlos al río, degollarlos o incluso lanzarlos a las llamas.

Las mujeres gritaban y aullaban, enloquecidas de desesperación, pero cuando la matanza de los niños terminó enmudecieron, postradas.

Cuando las mujeres ya no eran más que piltrafas humanas, los soldados tomaron a algunas de ellas y a unos pocos niños que habían dejado con vida y los llevaron a las cabañas intactas del poblado.

Allí, los hombres del Tatmadaw formaron filas en las puertas.

Los que salían instantes después lo hacían abotonándose los pantalones.

La abuela de Nur y los dos hermanos pequeños lo contemplaban todo a distancia, con los rostros empapados en lágrimas.

— Zulum —murmuró la anciana—. Zulum .

El portugués miró a Tin Tun sin comprender.

—Represión —tradujo—. En rohinyá no existe la palabra violación . Decimos zulum , represión.

Los soldados empezaron a incendiar algunas cabañas en las que habían encerrado a mujeres y niños supervivientes. En ese instante, Tomás entendió que tenían que tomar una decisión.

—Vámonos —dijo—. Ahora cruzarán el río y vendrán a por nosotros. Tenemos que marcharnos antes de que sea tarde.

Los cinco se levantaron y, guiados por los dos hermanos, subieron la ladera del monte y descendieron hacia la aldea más cercana, Wikhong, según explicaron los chicos.

Claro que la idea no era buscar refugio allí: todos sabían que ese pueblo sería el siguiente objetivo.

Había que seguir adelante hasta encontrar un lugar donde los soldados no pudieran llegar.

Tomás estaba preocupado. Después de lo que acababa de presenciar en Tula Toli, no lograba imaginar dónde, en todo Myanmar, podrían hallar refugio.