El protocolo del caos LIX
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No podía ser más sorprendente la noticia que circulaba en las redes sociales: habían detenido a Oprah Winfrey, la célebre presentadora de televisión, por su presunta implicación en la red de pederastia de las élites.

Sentado frente al ordenador, Leroy Roderick estaba estupefacto. Y, tenía que admitirlo, eufórico.

Cerró el puño en señal de victoria.

—¡Por fin! —exclamó—. ¡El Plan está en marcha!

Ya era hora. Es cierto que aún no habían divulgado el informe de la OIG, aunque lo hubiera exigido durante su acción armada en el embalse, pero al menos había demostrado que era un soldado de la luz que estaba listo en su puesto de combate, apoyando al presidente y a Q, quien al parecer había convencido a Trump de que no estaba solo en su lucha.

Por fin se había desencadenado la operación contra el Estado Profundo.

Y seguramente era solo el principio. Confiaba en el Plan.

Buscó más detalles sobre la noticia de Oprah y vio que un anónimo había compartido un enlace de YouTube.

Pinchó en él. Era un vídeo en el que se mostraba la mansión de Oprah Winfrey en Florida.

Las imágenes granuladas, ampliadas por quien las hubiera descargado de YouTube, dejaban claro que, efectivamente, se trataba de la presentadora escoltada por agentes federales que sacaban también a otras personas del interior del edificio.

—¡Ajá!

No cabía duda, la habían detenido. La operación contra el Estado Profundo y las élites que lo utilizaban contra el pueblo estaba definitivamente en marcha.

Tras ver el vídeo, Leroy volvió a Facebook y comprobó que el hashtag #OprahPresa ya era viral.

Se multiplicaban las fotografías de agentes federales en la propiedad de la presentadora en Boca Ratón, excavando en el terreno donde habían detectado numerosos túneles secretos.

Seguramente las búsquedas estaban relacionadas con los cadáveres de los pequeños y con los accesos a los antros satánicos subterráneos en los que se cometían violaciones y asesinatos de esas pobres almas. ¡Justicia al fin!

Las noticias en Facebook aseguraban que Oprah sería de inmediato presentada ante un tribunal militar, creado por orden secreta del presidente, así como que estaban levantando un cadalso en un ala oculta de la prisión de Guantánamo para ahorcarla.

A ella y a otras figuras importantes del Estado Profundo involucradas en el escándalo de la pederastia.

¿Quién iría después de Oprah? Desde hacía tiempo, en los grupos de Facebook se debatía sobre otros miembros de la élite implicados en la red de abusos a menores en Washington.

Los drops de Q no mencionaban nombres, pero ciertas referencias enigmáticas habían dejado entrever que, además de la bruja Hillary y del musulmán Hussein —ambos destinados igualmente al pelotón de fusilamiento—, el actor Tom Hanks y el director de cine Steven Spielberg también estaban implicados en la violación de menores.

Incluso había tuits de supuestas víctimas que lo contaban todo, como el caso de una tal Sarah Ruth Ashcraft, pobrecilla.

Su mensaje en Twitter incluía una fotografía y era tan contundente como la gravedad de las acusaciones y la culpabilidad de las siniestras figuras de Hollywood:

Aquí estoy yo con 13 años, la edad en la que @tomhanks me compró a mi padre para usarme como una muñeca sexual. Me pregunto ¿cuánto pagaría? Me pregunto cuánto $$$ hizo que mi padre destruyera mi mente y vendiera mi cuerpo infantil a lo largo de mi vida. ¿Alguna vez lo sabré?

Leroy ardía de rabia.

—¡Tienen que ejecutar a ese Tom Hanks! —rugió entre dientes—. ¡Lo que él junto con esa panda de violadores está haciendo a esos niños es imperdonable!

¡Tenía que dar gracias a Dios por Donald Trump!

La prensa masacraba al presidente por enfrentarse a las élites que cometían semejantes atrocidades, pero al parecer había resistido la presión y había lanzado el ataque contra el Estado Profundo.

La detención de Oprah Winfrey era solo la primera.

La seguirían Hanks, Spielberg y toda esa jauría de violadores, satánicos y progresistas globalistas que atacaban a los estadounidenses, promovían a los extranjeros, destruían el país y amenazaban a la humanidad.

YouTube, Facebook y Twitter, junto con el resto de las redes sociales, no paraban de difundir más detalles sobre la operación en la casa de Oprah, hasta que, de repente, apareció en la página de The Washington Post una noticia que afirmaba que todo era falso, que la policía no había lanzado ninguna gran operación contra la pederastia, que Oprah ni siquiera tenía una casa en Florida.

Leroy soltó una carcajada, irritado.

—¡Ya están protegiéndose entre ellos! ¡Qué gentuza!

A continuación, apareció un tuit de Oprah:

Acaban de llamarme para decirme que mi nombre está por todas partes. Y que me he hecho viral por algo horriblemente FALSO. NO ES VERDAD. No han entrado en mi casa ni me han detenido.

El desmentido lo perturbó, sobre todo, porque con una rápida verificación confirmó que el mensaje había sido enviado desde la cuenta oficial de Oprah Winfrey en Twitter.

Pero enseguida comenzaron a circular en Facebook informaciones de que alguien la había suplantado, que la verdadera Oprah estaba camino de su ejecución en Guantánamo y que alguien de las élites había entrado en su cuenta para enviar el mensaje falso en su nombre y seguir engañando al público.

¡Cabrones de las élites y sus trampas! Incluso cuando los detenían, esos monstruos no cesaban en su empeño de encubrir sus delitos y manipular a los estadounidenses.

Alguien llamó a la puerta con violencia.

Por un instante, Leroy pensó en no levantarse.

Lo que estaba leyendo en las redes sociales, con el sello de credibilidad de YouTube, Facebook y Twitter, y los intentos frenéticos del Estado Profundo y sus secuaces por silenciarlo era demasiado importante.

Las élites, a través de los medios tradicionales y de la industria de Hollywood, mantenían a la población adormecida, dócil, fácilmente controlada y manipulada.

Había que despertarla, sacarla de ese letargo.

Lo que estaba en juego era la salvación del alma de América.

Volvieron a llamar, esta vez con más insistencia, obligándolo a levantarse.

—¿Quién será el idiota que viene a molestarme? —murmuró, tenso y contrariado, mientras caminaba hacia la entrada—. ¿Es que no tienen nada mejor que hacer que venir a incordiar?

Abrió la puerta y encontró a su cuñada Clarence, con los ojos arruinados por el maquillaje corrido a causa de las lágrimas. Traía el rostro desfigurado por la desesperación.

—Mi hijo... Mi hijo...

—¿Qué ha pasado?

La hermana de su difunta esposa Betty se abrazó a él. Todo su cuerpo temblaba mientras lloraba desconsolada.

—Van a venderlo.