El protocolo del caos LVIII
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LVIII

Desde hacía un buen rato, el párpado izquierdo del coronel Mijaíl Arseniev no dejaba de temblar.

Era el tic que delataba su nerviosismo. El capitán Dimitri Chernishev y todos los trolls de la operación en San Petersburgo ya lo habían notado.

Y no era solo el párpado. Últimamente, el jefe de la misión del FSB estaba irascible, de mal humor, muy diferente a los días de gloria tras las victorias del Brexit y de Donald Trump.

Por eso, a Dimitri no lo sorprendió demasiado que su superior irrumpiera en su despacho de sopetón, con el semblante tenso y la voz alterada.

—¡Era lo que nos faltaba! —rugió el coronel, sin siquiera saludar—. ¡QAnon se ha quedado sin plataforma!

—¿Otra vez? ¿Qué ha pasado?

Los drops de Q empezaron en 4chan, pero sus mensajes eran tan delirantes y desestabilizadores que la plataforma los prohibió.

Entonces migraron a 8chan. Pero como la campaña de desinformación seguía activa, provocando incidentes con personas armadas que actuaban invocando la guerra contra el Estado Profundo en nombre del Plan, Cloudflare le retiró su protección contra los ciberataques.

En la práctica, eso los silenció. Q se trasladó a 8kun, luego a servidores en el Reino Unido, pero también lo expulsaron.

Acabó buscando refugio en servidores chinos de Tencent y Alibaba.

Pero, por lo visto, ni allí estaba tranquilo.

—Vaya si les importamos a los cabrones de los estadounidenses —dijo el coronel Arseniev—.

Desde que descubrieron que estuvimos implicados en promover el escándalo Pizzagate y en la elección de Trump, no nos dejan en paz.

Como detectaron que estábamos impulsando a QAnon, presionaron a los chinos para que también lo expulsaran.

Resultado: Q se ha quedado sin plataforma desde la que lanzar sus mensajes.

—¿Los estadounidenses creen que a QAnon lo hemos inventado nosotros?

El coronel negó con la cabeza.

—Eso no —aseguró—. Los mensajes de Q utilizan referencias culturales tan específicas de Estados Unidos que saben que no podríamos haberlos escrito.

Además, nuestras campañas de desinformación son más dirigidas, mientras que este QAnon dispara a todo lo que se mueve.

Pero sí han entendido algo importante: estamos promocionándolo con todas nuestras fuerzas y lo estamos usando para dividir y desestabilizar su país.

Por eso van tras él cada vez que se instala en una nueva plataforma.

Dimitri comprendió al instante a dónde quería llegar su jefe.

—Entonces, mi coronel..., ¿quiere saber qué podemos hacer para ayudar a QAnon a encontrar una nueva plataforma?

—En el FSB, usted es el hombre de los ordenadores —le recordó Arseniev—. QAnon es demasiado valioso como para perderlo. ¿Tiene idea de cuántas personas hay en los grupos de Facebook y cuentas de Instagram dedicadas a QAnon?

—Bueno..., la última vez que lo vi, eran millones.

—Centenares de grupos, miles de cuentas, millones de seguidores discutiendo los drops de Q, hablando del supuesto Plan para destruir América o exigiendo la ejecución inmediata de Hillary Clinton y Barack Obama —añadió el coronel—.

Un tercio de los estadounidenses cree que existe un Estado Profundo que maneja todos los hilos.

No es poca cosa. Q está radicalizando aún más el país y puede conducirlo a una guerra civil.

No podemos permitir que lo silencien, ¿me oye? Así que resuelva el problema.

Dimitri se quedó en silencio unos minutos, sopesando todas las posibilidades.

—Solo veo una solución segura —concluyó finalmente—. Acogerlo nosotros.

—¿Quién? ¿El FSB acoger a Q?

—Rusia. Tenemos una IP que QAnon podría usar sin problemas.

El coronel lo miró indignado.

—¿Está usted loco? —se exaltó—. ¡Ni se le ocurra hacer algo así! Eso nos expondría. Tenemos que hacerlo de forma que nadie pueda relacionarlo con nosotros.

—Lo sé —respondió Dimitri—. Pero el Gobierno estadounidense ya sabe que estamos detrás de la promoción de QAnon.

—Una cosa es que lo sepan, otra muy distinta es que puedan probarlo —argumentó Arseniev—. Tenemos que poder negarlo. Si le ofrecemos una de nuestras plataformas, eso nos compromete. Estamos en una operación híbrida. Formalmente, debemos mantener las distancias.

Dimitri respiró hondo.

—La situación es la siguiente: si QAnon sigue saltando de plataforma en plataforma, sus mensajes seguirán interrumpiéndose y perderán impacto.

Las autoridades estadounidenses no van a parar de perseguirlo.

La única forma de darle estabilidad es alojarlo en una de nuestras plataformas, desde la que pueda lanzar todos sus mensajes sin que nadie en Occidente pueda expulsarlo.

—Se lo repito: no podemos exponernos.

—Aunque funcione desde una plataforma rusa, no significa que pertenezca al FSB o al Estado ruso —señaló Dimitri—.

Las plataformas anteriores no eran del FBI ni de la CIA.

La británica tampoco era del MI5 ni del MI6.

Si usamos una plataforma formalmente independiente, se puede mantener la negación plausible.

El rostro del coronel se iluminó.

—Ah..., ¿en Rusia hay plataformas independientes?

—Como sabe, lo controlamos todo. Pero podemos crear una fachada, como si fuera independiente. ¿Por qué no acogemos a QAnon en una de nuestras plataformas piratas?

—¿Cuál sugiere?

—Media Land LLC, con sede en Vladivostok. Está especializada en fraudes con tarjetas de crédito, malware y estafas por phishing . Podemos dejar que Q use su red para lanzar mensajes y nadie podrá vincularlo directamente al Estado ruso. ¿Qué le parece?

El rostro de Arseniev cambió al instante. Incluso el temblor del párpado cesó.

—¡Perfecto! —exclamó, dándole una palmada en la espalda—. ¡Ponga esa mierda a funcionar en Vladivostok y vamos a acabar con esos estadounidenses para...!

La puerta del despacho se abrió de golpe. Alexéi irrumpió jadeando, los ojos abiertos de par en par y el rostro encendido por la emoción. Traía noticias urgentes.

—¡Han detenido a Oprah!