El protocolo del caos LVII
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LVII

Por más que intentara alcanzar a Maria Flor no lo lograba, corría por un laberinto, se metía en pasillos de espejos en zigzag, se le escapaba como una anguila. Hasta que hubo una gran deflagración y todo explotó.

Tomás Noronha abrió los ojos.

Pensó en su mujer. ¿Hacia dónde corría? Vio las hojas de palmera que cubrían el techo y al instante recordó que estaba en la totta ghor de la familia Nur.

La huida de Maria Flor por el laberinto de espejos había sido un sueño que se había desvanecido con la detonación.

La explosión que lo despertó había sido increíblemente real.

Los sueños podían llegar a ser tremendamente poderosos.

Oyó un traqueteo rítmico, como si una máquina de coser trabajara fuera. Levantó la cabeza, intrigado. El ruido era real, no estaba soñando. En ese momento, Nur y Tin Tun también se levantaron, igual de perplejos, por lo que empezó a sospechar: ¿y si la detonación había sido real?

Oyó otra explosión.

No había duda: eran reales. Se levantó de un salto junto a sus compañeros de cuarto, y los tres miraron hacia el exterior por las rendijas de las paredes de madera.

Amanecía bajo un cielo amarillento y columnas de humo subían en el horizonte, del lado donde estaban instalados los desplazados de la vecina aldea de Tula Toli.

Nur fue el primero en reaccionar.

—¡El Tatmadaw!

Acto seguido, su padre apareció en la habitación, despeinado, y susurró algo. Parecía tenso.

—Necesita ayuda para llevar a su mujer —tradujo Tin Tun—. Viene el Tatmadaw. Tenemos que irnos.

Se vistieron a toda prisa y fueron a la habitación en la que se encontraba la madre de Nur.

La señora estaba tumbada, febril. Intentaron levantarla, pero era evidente que no estaba en condiciones de caminar, mucho menos de huir.

Los hermanos de Nur y su abuela también estaban desorientados y hablaban todos a la vez.

Nadie sabía qué hacer, cómo resolver aquella situación.

—Tranquilos —dijo Tomás, manteniendo la cabeza fría—. Vamos a improvisar una camilla.

—¿Qué camilla? Aquí no hay.

El portugués echó un vistazo a la casa y se detuvo en una puerta de bambú. Ahí estaba la solución. Arrancó dos cañas de la puerta y las posó en el suelo, paralelamente. Se giró hacia Nur.

—¿Tienes un martillo y clavos?

El chico fue a buscarlos y se los entregó. Afuera se oían disparos: a veces aislados, a veces en ráfagas cortas.

—¡Se nos acaba el tiempo! —avisó Tin Tun, que vigilaba lo que sucedía fuera. Estaba nervioso.

—Los soldados avanzan. ¡Deprisa! ¡Tenemos que irnos!

—Un momento.

Con el rostro encharcado de sudor, Tomás cogió el martillo y clavó piezas de madera a las cañas de bambú. Después tomó la esterilla de la enferma y la fijó sobre la estructura, formando la base de la camilla.

Ya estaba lista.

—Ayúdenme con mi madre —pidió Nur con urgencia—. Tenemos que tumbarla aquí.

Tomás ayudó a colocar a la señora sobre la camilla improvisada. Padre e hijo alzaron la estructura de bambú con la mujer encima, para comprobar que resistía el peso.

La camilla aguantó.

Fuera, los disparos se intensificaban, alternados con explosiones. El estruendo crecía, señal inequívoca de que los soldados se acercaban. También se oían las voces de los vecinos que huían.

—¡Deprisa! —dijo Tin Tun, con voz de alarma—. ¡Tenemos que salir inmediatamente!

El tiempo se agotaba. El grupo estaba formado por ocho personas: los dos visitantes, Nur, sus padres, los dos hermanos pequeños y la abuela.

Se organizaron. Nur y su padre llevarían la camilla, Tin Tun iría detrás, Tomás ayudaría a la abuela.

Delante irían los hermanos pequeños de Nur, porque conocían bien el pueblo, los senderos y los atajos.

El grupo salió de la casa y empezaron a subir la colina, al igual que otros vecinos.

Iban formando un grupo que trataba de huir de lo que se avecinaba.

Tomás miró hacia atrás y vio cientos de personas corriendo desde el centro del pueblo, intentando escapar.

Detrás, hombres uniformados avanzaban y disparaban.

No eran tiros al aire, había cuerpos en el suelo.

La situación estaba fuera de control, a punto de convertirse en una catástrofe.

—¡Rápido! ¡Rápido! —apremiaba Tin Tun, con creciente urgencia.

A Nur y a su padre les costaba cargar con la camilla, pesaba mucho y exigía un gran esfuerzo. Si subir ya era difícil, hacerlo con esa carga era casi imposible. A ese ritmo corrían el riesgo de que ser alcanzados.

El padre de Nur dijo algo en rohinyá y el chico tradujo:

—Mi padre dice que avancen ustedes, irán más deprisa.

—En absoluto —respondió Tomás—. Vamos todos juntos. Yo los ayudo.

Nur habló de nuevo con su padre y volvió a mirar al portugués.

—Les estamos atrasando. No vamos a conseguirlo. Si aceleran el paso, irán más deprisa. Nosotros iremos detrás.

—Ya he dicho que no. Si es preciso, yo mismo...

—¡Sigan! —insistió Nur, sin consultar a su padre—.

Por favor, ayude a mi abuela y a mis hermanos.

Es una tontería ponerlos en peligro porque mi padre y yo avanzamos más despacio con la camilla.

¡Sigan! Nos encontraremos más adelante, en la playa.

Recuerde lo que dijo el ukatta : si los soldados aparecen, debemos concentrarnos junto al río y no nos harán nada. ¡Allí nos encontraremos!

El chico tenía razón, a ese ritmo, todos estarían en peligro, incluida la abuela y los niños.

—Vale, nos vemos más adelante.

Tomás aceleró el paso y ayudó a la abuela de Nur.

Con Tin Tun y los hermanos pequeños ganó terreno y dejó atrás al estudiante y a su padre.

Avanzaron mucho más rápido. Doblaron la cima de la colina y comenzaron a bajar hasta que llegaron a un tramo del río que bloqueaba la huida.

La gente se aglomeraba en una pequeña playa fluvial.

Tomás dejó su bolsa en el suelo.

—Los esperamos aquí.

Tin Tun negó con la cabeza.

—No, señor Noronha —objetó—. Tenemos que cruzar el río y huir.

—No es eso lo que hemos acordado —replicó Tomás—. Además, aquí estamos seguros. ¿No ha oído lo que dijo Nur? El jefe del pueblo garantizó que los soldados no atacarían a quienes se concentrasen en la playa.

—Aunque así fuera, recuerde que usted es occidental —replicó el rohinyá—.

¿Qué cree que hará el Tatmadaw cuando lo vea aquí?

No quieren testigos de lo que están haciendo, y mucho menos occidentales.

Usted es un testigo. Independientemente de lo que diga el ukatta , su presencia nos pone en peligro a todos.

Créame, tenemos que cruzar el río y huir.

Pequeñas balsas improvisadas con bambú y bidones de plástico llevaban a la multitud al otro lado. Tomás aceptó los argumentos de Tin Tun, que conocía mejor la situación. Cogió su bolsa e hizo un gesto para avanzar. Se pusieron en fila para embarcar.

Cinco minutos después, con el tiroteo cada vez más cerca, lograron subir a una de las balsas.

La corriente era fuerte, la estructura se movía peligrosamente y tuvieron que aferrarse con fuerza para no caer.

A mitad de la travesía, Tomás miró atrás.

El horizonte estaba repleto de columnas de humo: eran las casas de Tula Toli incendiadas por el Tatmadaw.

Entre cientos de fugitivos, alcanzó a distinguir a Nur y a su padre con la camilla en la que transportaban a la madre; avanzaban despacio y pronto llegarían al río, donde cada vez se acumulaba más gente.

Cuando llegaron a la otra orilla, el grupo de Tomás siguió adelante. La prioridad era distanciarse de los soldados. En la estampida escalaron un monte. Exhaustos y sin aliento, se detuvieron al llegar a la cima: la abuela no aguantaba más.

Entonces oyeron el sonido de un helicóptero. Sobresaltados, se ocultaron bajo unos arbustos y miraron hacia el río, intentando encontrar a los tres familiares rezagados. Pero era imposible distinguirlos entre la multitud que se agolpaba abajo.

Todavía confiaban en la garantía que les había dado el ukatta .

La multitud junto a la playa había crecido, lo que hacía más difícil cruzar porque había pocas balsas improvisadas y la corriente parecía más fuerte.

Los soldados del Tatmadaw descendían por la colina disparando, acompañados por civiles, probablemente rakhines, armados con machetes, cuchillos y palos.

Los atacantes formaron una línea para cercar a los fugitivos. La situación se descontrolaba.

—Tienen que salir de ahí —exclamó Tin Tun, tumbado junto a Tomás—. Y deprisa.

Pero ya era demasiado tarde.