LVI
La fecha de las elecciones presidenciales en Estados Unidos se acercaba y Leroy Roderick estaba convencido de que Donald Trump no lo tenía fácil.
Las élites y sus secuaces, la comunicación social tradicional, lo cercaban como hienas.
Daba igual lo que hiciera: enseguida se le echaban encima sin piedad.
Lo agredían, lo ofendían, lo humillaban de todas las formas posibles.
El Estado Profundo lideraba el ataque y saboteaba por completo los esfuerzos de Trump para limpiar el pantano, derrotar a las tinieblas e imponer la luz.
Por increíble que pareciera, el mal siempre parecía estar en condiciones de ganar la guerra contra el bien.
POTUS era Donald Trump, President of the United States .
RR era, como cualquier norteamericano sabía, Rod Rosenstein, el pérfido fiscal general adjunto que había nombrado a un relator especial para investigar la presunta interferencia rusa en las elecciones y que haría lo que fuera necesario para proteger a la élite progresista y complicarle las cosas al presidente que retaba al status quo .
Por su parte, los informes IG eran documentos del inspector general, la fiscalía, que, según había revelado Q en drops previos, contenían hechos de enorme gravedad cometidos por la élite y cuya divulgación precipitaría la detención de Hillary Clinton, el colapso del Estado Profundo, la victoria del bien y la salvación de Estados Unidos.
Una verdadera bomba.
El problema era que la Casa Blanca, que sabía la verdad, aún no había denunciado esa siniestra maniobra de las fuerzas del mal.
¿Por qué ese silencio? ¿Por qué Donald Trump se callaba?
¿Por qué razón la operación para desmantelar el Estado Profundo, que había llevado incluso al reposicionamiento de los portaaviones, se había detenido a última hora?
Leroy concluyó que para suspender el Plan solo había una explicación; lo mismo pensaban los demás anons que se juntaban en 8chan y en los grupos de Facebook para analizar estos misterios.
El Estado Profundo condicionaba a POTUS, el presidente.
De hecho, Q ya había alertado implícitamente de esa posibilidad.
Bastaba ver el final del último drop , donde hacía un llamamiento dramático a los anons .
Releyó esa línea:
Haced ruido. Que se os oiga. Luchad por la VERDAD.
Como la Casa Blanca seguía sin pronunciarse sobre el informe adulterado por Rosenstein, ese llamamiento solo podía ser una orden de Q, e implícitamente del propio presidente, para que los anons , en calidad de soldados digitales y guerreros de la luz, intervinieran en socorro de su líder.
Tenían que liberarlo de la camisa de fuerza que cohibía sus movimientos y le impedía publicar el verdadero informe, el que Rosenstein había recibido y mantenía oculto.
Solo así se cumpliría la misión sagrada de detener a la satánica Hillary, limpiar el pantano y volver a hacer a América grande de nuevo.
Los anons tenían que hacer ruido, tenían que hacerse oír, tenían que luchar por la verdad.
Entonces apareció un nuevo drop en 8chan:
El partido (D) dejará de existir cuando todo esto sea expuesto. Las FAKE NEWS ya no pueden controlar (silenciar) el conocimiento público de la VERDAD. DE LAS TINIEBLAS A LA LUZ. Q
De las tinieblas a la luz.
Había llegado el momento de hacer ruido, de hacerse oír, de luchar por la verdad.
¿Quién iba a hacerlo? Pues bien, ya que nadie se decidía, lo haría él.
Él. Leroy Roderick. Soldado digital, guerrero de la luz, combatiente del bien.
En realidad, no sabía cuántos anons pasarían a la acción, pero él sí estaba dispuesto a hacerlo.
Y lo haría. Era un cajún, y los cajunes lo aguantaban todo.
Era imperativo rescatar al presidente de las garras opresoras del Estado Profundo y preparar el golpe fatal contra las élites corruptas que entregaban el país a los inmigrantes, las feminazis y los sodomitas.
Tras tomar la decisión, Leroy desarrolló un plan operativo, eligió un objetivo y pasó las cuarenta y ocho horas siguientes trabajando afanosamente en los preparativos.
Era un soldado digital y ayudaría al presidente Trump a cumplir su misión sagrada.
Aprovechó ese tiempo para hacer una visita previa de reconocimiento al teatro de operaciones, colocó los medios necesarios en el local y, por fin, fue a Sullivan’s Gun Outlet para comprar el material que le faltaba.
Cuando llegó el día, dejó a Sally en el colegio y pidió a su cuñada Clarence que la recogiera en caso de que él no pudiera hacerlo.
Inmediatamente después, se marchó a Baton Rouge.
Aparcó en el Bluebonnet Park Shopping Center, se cercioró de que no había cámaras de videovigilancia que lo grabasen y forzó la puerta de un GMC con cristales tintados.
Soltó los cables, hizo contacto y arrancó el motor.
Momentos después, al volante de ese coche, salió del parking y se lanzó a la carretera.
El modus operandi era el mismo de Washington D.
C., cuando fracasó en la operación de rescate en la pizzería.
Pocas horas después, Leroy llegó al embalse Archie, en Luisiana.
Allí se encontró a algunos trabajadores y un puñado de turistas que hacían un pícnic junto al pantano.
Vio flamencos paseando por el agua y recordó con nostalgia la época en que todavía se veían esas aves elegantes en la curva del río, frente a su casa.
«Cabrones de las élites», pensó. Además del empleo, le habían robado el río.
El Norte progresista vivía a costa de la energía producida en el Sur y, aun así, desde lo alto de su pedestal, predicaban hipócritamente contra la contaminación que tanto los beneficiaba, ¿o no?
Peor aún: el Norte se aprovechaba del petróleo del Sur, pero se inventaba supuestas alteraciones climáticas como argumento para robar más empleos a la gente corriente, hombres honestos que vivían de su trabajo y que ellos arrojaban a la miseria.
Había llegado el momento de contraatacar, de ayudar a acabar con aquella situación.
Aparcó el GMC cerca del agua y se dirigió al maletero para ultimar los preparativos.
Se colocó la media con agujeros para los ojos y ocultó su rostro.
Después, armó el AR-15 semiautomático que ya había usado en Washington y se metió granadas en los bolsillos y varios cartuchos de munición comprados en Sullivan’s Gun Outlet.
Finalmente, sacó un cartel cubierto con un paño, lo sujetó con la mano izquierda y cerró el maletero.
Cuando estuvo perfectamente equipado, observó a los turistas y a los trabajadores de la hidroeléctrica.
Sintió un golpe en el pecho que le corroía la determinación, así que cerró los ojos, respiró hondo y se esforzó por controlar los nervios.
No cedería al miedo. Usaría su rabia como motor. Igual que en Washington D. C.
Era la hora.
Abrió los ojos y, como quien camina hacia un abismo empujado por la desesperación, avanzó hacia los turistas y les apuntó con el AR-15.
—¡Todos quietos! —gritó—. ¡Que nadie se mueva!
La primera reacción fue de estupefacción.
La gente lo miraba intentando entender qué orden era esa, quién era, qué quería.
Pero cuando vieron que ocultaba el rostro como un ladrón de bancos y estaba armado con una escopeta semiautomática, empezaron a gritar.
Dos trabajadores de la hidroeléctrica echaron a correr tratando de huir, lo que obligó a Leroy a soltar una ráfaga hacia el camino que había delante.
El impacto de las balas contra el suelo levantó un rastro de tierra.
Uno de los hombres se detuvo con los brazos en alto. Se rendía.
—No... No dispare —le suplicó, con voz trémula—. Por favor, no dispare.
Sin embargo, el otro siguió corriendo. Leroy podía abatirlo, pero no era ningún asesino, y además pensó que su huida incluso podría ser útil.
No había comisaría de policía en los alrededores, como había confirmado durante la fase de preparación, por lo que cualquier intervención tardaría.
Disparó vagamente en dirección al fugitivo, no para acertarlo, sino para intimidar al resto.
Fingió decepción por haber fallado y giró el AR-15 hacia los turistas y el resto de los trabajadores.
—A quien se mueva le disparo —advirtió—. ¿Queda claro? —Todos temblaban de miedo. Las mujeres abrazaban a sus hijos llorosos, y nadie era capaz de hablar—. ¿Queda claro? —gritó de nuevo.
—S... sí.
Todos estaban aterrorizados. Así, a nadie se le ocurriría intentar huir.
—Necesito un voluntario.
Los rehenes se miraron entre sí, paralizados.
Nadie dijo nada. Leroy sintió compasión por una adolescente que abrazaba a su madre; le recordó a Sally, que se aferraba a Betty cuando se despertaba de una pesadilla.
Estuvo a punto de ordenarles a todos que se marcharan.
Eran estadounidenses como él, seguramente la mayoría votantes de Trump.
No tenían culpa de nada. Pero tenía que llevar su misión hasta el final, por el bien de Estados Unidos y de los creyentes en Dios.
Apuntó el arma a un trabajador de la hidroeléctrica.
—Tú, ¿cómo te llamas?
El hombre empalideció.
—La... Larry.
—¿Cuál es tu función en la presa, Larry?
—S... soy técnico de mantenimiento.
Parecía perfecto. Leroy sacó su smartphone con tarjeta SIM desechable. Sintonizó el canal de streaming de Facebook y entró en línea. Luego lo dejó en el suelo y retrocedió dos pasos, sin dejar de apuntar a los rehenes.
—Larry, coge el móvil.
El técnico temblaba, pero no se atrevió a desobedecer. Se acercó y lo levantó. Miró al agresor, sin saber qué quería de él.
—¿Y... ahora?
—Apúntame.
—¿Apunto?
—Sí, a mí. Capta mi imagen mientras hablo. Cuando me calle, lo apagas.
Larry comprobó la pantalla: estaba retransmitiendo en directo. Apuntó al agresor.
—Ya puede hablar.
Leroy destapó el cartel que llevaba en el coche y lo mostró a la cámara. Decía: «Divulgad el informe de la OIG», la Oficina del Inspector General la fiscalía. A continuación, se aclaró la voz.
—Este mensaje es para el presidente de Estados Unidos, Donald John Trump —declaró—.
Nosotros, el pueblo, exigimos que lo divulguen todo.
Lo elegimos para que cumpliera con su deber.
Dijo que detendría a determinadas personas cuando ganara y todavía no lo ha hecho.
Respete su juramento. Divulgue el informe de la OIG.
Por favor, señor presidente, merecemos la verdad.
Se calló e hizo una señal a Larry para que apagara el vídeo. Él obedeció y le devolvió el teléfono. Sin más palabras, Leroy volvió al GMC, colocó el cartel en el asiento trasero y arrancó, sujetando aún el AR-15 para disuadir cualquier movimiento.
Sabía que el trabajador que había huido tendría un móvil, así que en ese momento la policía ya estaría avisada.
Mejor. Así atraería a la prensa y daría publicidad a su acción.
Llamaría la atención de POTUS con el mensaje del pueblo estadounidense.
El presidente lo interpretaría como prueba de la fuerza y determinación de sus soldados digitales y quizá eso bastara para que se liberase del cerco del Estado Profundo y retomara el Plan.
Aunque la policía estuviera de camino, Leroy sabía cómo esquivarla.
Se salió de la carretera y tomó una vía secundaria.
Avanzó ocho kilómetros hasta llegar a un cobertizo de leñadores.
Aparcó y sacó sus cosas del coche robado en Baton Rouge.
Metió el AR-15 en una bolsa de cañas de pescar.
Abrió el cobertizo y vio la Harley-Davidson que la víspera había robado y escondido allí como parte del plan de huida.
Se subió a la moto y salió por un camino de tierra que solo los locales conocían.
Q había pedido a los anons que lucharan en nombre de la verdad, que hicieran ruido, que se hicieran oír.
Leroy lo había hecho. ¿Sería suficiente para desencadenar la gran batalla de la luz contra las tinieblas?
Estaba deseando entrar en 8chan y en Facebook para comprobar el eco de su hazaña patriótica.