LV
Siempre que el coronel Mijaíl Arseniev se ponía nervioso, le temblaba el párpado izquierdo.
El capitán Dimitri Chernishev lo advirtió en cuanto lo tuvo delante.
No era difícil imaginar por qué. Acababan de llamar desde la Lubianka y, nada más colgar, el coronel lo había convocado.
La conversación con los jefes del FSB no parecía haber sido agradable.
—Hemos fallado en el primer objetivo de nuestra misión —anunció el jefe de la operación del FSB en San Petersburgo con voz lúgubre—. No han levantado las sanciones.
Estados Unidos se las había impuesto como castigo por la anexión de Crimea y la ocupación del Donbás, como represalia por la invasión de Ucrania.
El Kremlin fingía que aquellas medidas no afectaban a su economía, pero era propaganda pura para mantener alta la moral del pueblo y engañar a Occidente.
La verdad era otra: en Moscú esperaban con ansias su final. Por algo sería.
—Era lo pactado, sí. Hablaron del tema. Y por lo visto, Trump lo intentó. Pero parece ser que el Congreso no le ha permitido levantar las sanciones.
Su subordinado parpadeó, sorprendido.
—¿Cómo no? ¿Trump no es el presidente? ¿Cómo puede el Congreso prohibirle hacer algo? ¿Quién manda entonces en Estados Unidos?
—No hemos tenido en cuenta las particularidades de su sistema político —reconoció Arseniev—. Es muy diferente del nuestro, allí no está centralizado. Según parece, hay decisiones que requieren la aprobación del Congreso.
La noticia era frustrante.
—Ya, el problema de las democracias..., y además la oposición del Partido Demócrata...
—No son solo los demócratas, capitán. Los congresistas republicanos, es decir, miembros del propio partido de Trump, también están bloqueando los esfuerzos del presidente e impidiendo que levante las sanciones.
En el Senado, la votación fue de 98 a 2 a favor de mantenerlas.
¿Lo entiende? Incluso los republicanos están contra nosotros y tienen poder para frenar cualquier decisión.
Trump no puede hacer nada para ayudarnos.
Una derrota de 98 a 2 no era una derrota, era una humillación, un aplastamiento inesperado.
La operación estadounidense del FSB había partido de la premisa de que Trump, una vez instalado en la Casa Blanca, daría la orden de resolver el problema de inmediato.
Por lo visto, no era lo que estaba ocurriendo.
—¿Los republicanos no deben obediencia al líder de su partido?
—Las cosas en Estados Unidos no son tan lineales —replicó el coronel—.
Y el problema no es solo que se levanten las sanciones, capitán.
Son todos nuestros objetivos estratégicos y, sobre todo, el tema de la OTAN.
¿De qué nos sirve contar con Trump para intentar desmantelarla y que Europa caiga en nuestras manos si el Congreso obstaculiza los esfuerzos de su propio presidente?
Este episodio nos demuestra que no basta con tenerlo de nuestra parte.
También tenemos que controlar el Congreso.
—Ya, ya veo —dijo Dimitri, desviando la mirada hacia el móvil posado sobre la mesa del coronel—. ¿Y qué dice Moscú de todo esto?
—Nos han dado órdenes para avanzar con una nueva misión —respondió Arseniev, sombrío—.
Nuestro trabajo en Estados Unidos no será solo apoyar a Trump para su reelección.
Tenemos que transformar la esencia del Partido Republicano para alinearlo con nuestros intereses.
Solo así conseguiremos que el Congreso no sea un obstáculo para nuestros proyectos.
—No va a ser fácil...
—Y no es solo eso, capitán. Un día, Trump dejará de estar.
Ya tiene una edad, así que vamos a necesitar a un nuevo Trump que lo sustituya.
Por lo tanto, debemos trabajar dentro del Partido Republicano para transformarlo, y además identificar potenciales Trumps y moldearlos según nuestros objetivos.
¿Entiende las consecuencias de estas nuevas órdenes en nuestras operaciones?
Dimitri comprendía perfectamente todas las ramificaciones.
Ya no se trataba solo de convencer a la mayoría de un país para que votara a un candidato favorable a Rusia, como habían hecho en aquellas elecciones presidenciales.
Ahora tenían que estudiar en profundidad a todo un partido, identificar candidatos con el perfil adecuado, trabajarlos, formarlos en función de los intereses rusos y, por último, convencer a decenas de millones de votantes en múltiples Estados de que los eligieran.
La ambición, la amplitud y la complejidad de una misión así eran de otra magnitud.
No obstante, había que hacerlo.
Tras un largo silencio, en el que ambos valoraron la inmensidad de la tarea, Dimitri asintió con firmeza.
—Tenemos que infiltrarnos entre los republicanos.
No iba a ser nada fácil. Pero los dos hombres del FSB sabían que, con las redes sociales a su servicio, para Rusia no había imposibles.
Tenían el poder de fabricar una realidad alternativa capaz de sumir a Estados Unidos en una guerra civil.
La tempestad eran ellos. Y, a pesar de las dificultades, Rusia vencería.