El protocolo del caos LIV
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El sol se ocultaba tras las montañas, el cielo se teñía de rojo y la noche caía deprisa, como solía ocurrir a aquella altitud.

La familia de Nur recibió a los dos recién llegados a Tula Toli con la hospitalidad propia de las zonas rurales de Myanmar.

Eran pobres, y los hermanos pequeños de Nur caminaban descalzos para sorpresa de Tomás; el estudiante le había contado que eran una de las familias más ricas del pueblo gracias a la pequeña mercería de su padre.

—¿Cómo cree que podrían pagarme los estudios en la Universidad de Yangón? —preguntó Nur.

Si aquella era una familia rohinyá rica, ¿cómo serían las demás?, se preguntó el portugués.

—Los rohinyás no tienen derecho a ir a la escuela ni a acceder al sistema de salud del Estado birmano —explicó Nur—.

Nos llaman kalars y bengalíes, dicen que somos extranjeros y no quieren que estemos aquí.

Con todos los mensajes agresivos de Facebook, incluso empezamos a temer a las comunidades vecinas, con las que antes nos llevábamos bien.

Aquí, en Tula Toli, las familias rakhines se marcharon, asustadas con lo que leían en la red social.

Ahora estamos aislados, rechazados por nuestro propio país.

—Ya ni siquiera luchamos por nuestros derechos —matizó Tin Tun—. Nuestro sueño es el derecho a tener derechos.

—Mire el negocio de mi padre —intervino Nur—.

Para poder mantener la mercería y abastecerla de productos, lo obligaron a aceptar un socio budista que no contribuye con nada...

excepto con el hecho de ser budista, lo que facilita las relaciones con los distribuidores y las autoridades.

Pero no mueve un dedo. Se limita a quedarse con el dinero de nuestro trabajo. ¿Le parece normal?

En ese instante, el padre de Nur pronunció unas palabras en rohinyá y Tin Tun tradujo:

—Nos llama para cenar.

Se dirigieron a la mesa, instalada al aire libre. La madre de Nur seguía recluida en su habitación, aquejada de una enfermedad que nadie explicó. La abuela del estudiante había sido la encargada de hacer la cena para la familia y los invitados.

—Se ha esmerado —dijo Nur—. Ha preparado una cena en vuestro honor.

Sobre la mesa, la anciana colocó una cazuela con curri de pescado que llamó massor sallon , y una fuente grande de arroz blanco.

Había pan de gambas, massor fiyanszu , y unos aperitivos con nombres extraños: gora petra y modhu batt .

Para beber, nada de alcohol; como siempre, solo té.

Nur era el único de la familia que hablaba inglés, pero por los rostros sombríos y el tono de la conversación en la mesa de los rohinyás, Tomás intuyó que estaban preocupados.

—¿Pasa algo?

Tin Tun negó con la cabeza.

—Nada, nada.

—¿De qué hablan?

Hubo un silencio incómodo.

—Estamos nerviosos —confesó al fin Nur—. Ha habido problemas en Dual Toli, el pueblo más cercano, al otro lado del río.

—¿Qué ha pasado?

—Hace unos días, justo cuando regresé de Yangón, el Tatmadaw entró a tiros y destruyó las casas. Vimos el fuego desde aquí. Los habitantes de Dual Toli huyeron, los hemos estado recibiendo en nuestro pueblo. Se han instalado con familias que los acogieron o han levantado tiendas alrededor.

No era difícil adivinar lo que rondaba la mente de los habitantes de Tula Toli.

—¿Temen que el ejército pueda venir también aquí?

Nur bajó la cabeza, como si dar una respuesta afirmativa pudiera atraer la mala suerte. Fue Tin Tun quien respondió:

—Están decidiendo si deben o no abandonar el pueblo.

Hay personas que ya han dejado sus casas y duermen en el bosque, tienen miedo al Tatmadaw.

En la aldea se debate si deberían quedarse o huir todos juntos a Bangladés.

Muchos piensan que lo mejor sería una retirada ordenada, porque hay ancianos y niños, mejor que una huida precipitada forzada por las circunstancias.

Otros dicen que no se abandona el pueblo así como así, que hay que tener paciencia y que todo se resolverá.

De momento, no han llegado a un acuerdo. Esperan la decisión del mazhi .

—¿Quién es?

—El jefe de la aldea.

Tomás miró las luces que alumbraban las casas que había alrededor.

—Cuando hablan de retirada, ¿cuándo sería? ¿Esta semana? ¿La próxima?

—Hoy.

—¿Hoy?

—Esta noche.

Todo aquello era surrealista. Tomás comprendió que esa cena no era solo en honor a los invitados, Tin Tun y él, sino también una especie de despedida.

Los rohinyás de Tula Toli estaban diciendo adiós a sus casas, a su río, a su pueblo, a su vida, y se preparaban para lo desconocido que intuían se acercaba.

El resto de la cena fue poco animada. Las circunstancias pesaban sobre la mesa y no había mucho más que añadir.

Cuando la abuela de Nur empezó a recoger, los hombres permanecieron sentados, contemplando las estrellas bajo la tibia noche y las luces anaranjadas que titilaban aquí y allá, tanto en el valle como en las montañas.

Las cigarras cantaban y el aire olía a curri, a pescado frito... y al aroma inconfundible del miedo.

De pronto, en el camino que llegaba a la aldea aparecieron dos luces blancas. Al fijarse mejor, vieron que era un coche, algo inusual en aquellos parajes, sobre todo a esas horas. El vehículo se detuvo junto a una totta ghor y alguien salió de él para entrar en la cabaña de madera.

Atentos y nerviosos, los rohinyás comenzaron a murmurar entre ellos.

—Es la casa del mazhi —explicó Nur—. El hombre que ha llegado es el ukatta de Min Gyi.

—¿Quién es?

—Min Gyi es el nombre colectivo que damos al conjunto administrativo de Tula Toli y del pueblo rakhine más cercano. El ukatta es su jefe.

Preocupados por la inesperada visita, Nur y su padre pidieron permiso para ausentarse y se encaminaron a la casa del mazhi para conocer las novedades, por lo que dejaron a los invitados a solas. Tomás y Tin Tun permanecieron sentados, a la espera.

—Hace poco dijeron que habían cortado las relaciones con las comunidades budistas vecinas. ¿Cómo se explica entonces la llegada del jefe del municipio?

—Eso es lo más intrigante —respondió Tin Tun—.

Nuestras relaciones eran normales, incluso cordiales, hasta 2011.

Pero ese año apareció Facebook en el país y empezaron a tenernos miedo, sobre todo tras la violación de la chica budista en 2012.

Se volvieron más recelosos, especialmente en esta región, donde hay más rohinyás.

La hostilidad propició la aparición del ARSA, y desde entonces nuestros contactos con la provincia prácticamente desaparecieron.

—¿Desaparecieron? ¿Los budistas dijeron que no querían tener relación con vosotros?

—No, nadie lo dijo de forma explícita. Pero si un budista veía a un rohinyá, giraba la cara.

No decían nada, simplemente nos daban la espalda.

Era cada vez más desagradable y por eso dejamos de visitarlos.

Cuando necesitábamos comprar algo, enviábamos a los niños.

Hasta que un día empezaron a apedrearlos y también dejaron de ir. Quedamos aislados.

—¿Tuvo que pasar por todo eso?

—En mi caso, menos. Recuerde que soy profesor universitario, vivo en Yangón y adopté un nombre budista birmano para no llamar la atención.

Muchos ni siquiera saben que soy rohinyá, aunque la piel oscura me delata.

El deterioro de las relaciones se normalizó en las provincias, sobre todo, en esta región mayoritariamente rohinyá.

Me contaron que aquí, en Tula Toli, vivían unas sesenta familias budistas y todo iba bien.

De repente, Facebook se llenó de mensajes contra nosotros, se asustaron y se fueron.

—Si los rohinyás dejaron de relacionarse con sus vecinos budistas, ¿qué hace aquí el jefe local?

—Es eso lo que Nur y su padre han ido a preguntar. Es raro que haya venido el ukatta . ¿Qué querrá?

No tardaron en saberlo. Los anfitriones regresaron veinte minutos después de la casa del mazhi , sonrientes, con expresiones de alivio.

—Todo en orden —anunció Nur—. El ukatta nos ha dicho que no nos preocupemos, que asume la responsabilidad de nuestra seguridad.

Nos aseguró que no tendremos problemas. No hace falta que huyamos.

Si por casualidad llegan los soldados, solo tenemos que acercarnos a la orilla del río y nadie nos hará daño.

El ambiente se relajó. El miedo se disipó y el peso que todos cargaban, como condenados en vísperas de la ejecución, pareció evaporarse.

Probablemente, era solo un aplazamiento de la sentencia, pero era suficiente.

Con paciencia, superarían aquel período difícil y tal vez nunca tuvieran que marcharse.

Los rohinyás conocían demasiado bien las historias de sufrimiento prolongado en los campos de refugiados de Bangladés y no querían ese destino para ellos.

Cuanto más tiempo pudieran quedarse en su tierra, mejor.

La euforia por las buenas noticias remitió y todos se fueron a dormir. Según lo previsto, Tomás y Tin Tun se acomodaron en la habitación de Nur. El espacio era reducido, pero lograron encajar las esterillas sin tener que dormir unos encima de otros.

Una bombilla tenue, conectada al generador del exterior, iluminaba la estancia. Tras mirar el reloj, Nur señaló la lámpara.

—Solo tenemos quince minutos más de electricidad —informó—. A las diez en punto mi padre apagará el generador.

Después de asearse, Tomás se tumbó sobre su esterilla.

Aprovechó el tiempo de luz restante para abrir el sobre y revisar el contenido.

Se trataba de un documento oficial con símbolos del Estado, por suerte, redactado en inglés, lo que le permitía entenderlo.

Lo estudió con detenimiento: primero con curiosidad, luego intrigado y por último asustado.

Cuando terminó, miró a Tin Tun, que se preparaba para dormir.

—¿De dónde ha sacado esto?

El rohinyá levantó la cabeza.

—Eso es asunto mío —respondió sin dar más explicaciones—. Pero puede estar tranquilo, profesor Noronha. El documento es auténtico.

Tomás se quedó reflexionando sobre la magnitud de lo que acababa de leer, sobre todo, teniendo en cuenta sus experiencias más recientes.

De golpe, se apagó la luz. El padre de Nur acababa de desconectar el generador.

A tientas, Tomás guardó el documento en el sobre y lo escondió en un bolsillo discreto de su maleta, consciente de que debía garantizar su custodia.

Se tumbó. Estaba exhausto. Oyó el sonido de un helicóptero sobrevolando la zona, pero no le dio importancia.

Error. El zumbido de aquellas hélices era presagio de malas noticias.