XLVIII
Girar la muñeca para acelerar y apretar la mano para frenar.
Tomás Noronha nunca se habría imaginado conduciendo una vieja moto china por los caminos de tierra, pedregosos, llenos de baches y charcos de lodo del interior de Myanmar.
¡Qué contraste con el viaje por el Irrawaddy en el lujoso barco de vapor!
El glamur del Anawrahta, el navío de tres pisos con habitaciones, restaurante y piscina, había sido sustituido con brutalidad por la rudeza implacable de la vida en el campo, donde se defecaba a cielo abierto, se lavaban arrodillados en un riachuelo y comían lo que encontraban, incluso lagartos fritos.
Mejor no quejarse. Montado detrás de él, Tin Tun le había dicho que viajar de esa forma era un privilegio por esos parajes.
Los habitantes de la región, sobre todo los rohinyás, eran tremendamente pobres y muchas veces viajaban a pie, en bicicleta, en carros o autobuses viejos porque no tenían dinero para más.
Bastaba ver sus casas de madera o recorrer los caminos embarrados para entender lo difícil que era la vida allí, incluso el transporte.
De repente, Tomás vio que delante había soldados bloqueando la carretera.
—¿Otra vez?
—El Tatmadaw está en todas partes. Tiene más de ochenta checkpoints instalados en las carreteras de la región.
Tatmadaw era el nombre del Ejército birmano. Y aquel era el tercer control con el que se cruzaban desde que habían dejado el río y se habían adentrado en el interior, indicio claro de que las fuerzas armadas pretendían mantener la seguridad bien controlada.
Se detuvieron junto a los soldados y uno de ellos, al darse cuenta de que se encontraba ante un extranjero, lo interpeló.
—¿Qué está haciendo aquí?
Era la primera vez que en un checkpoint alguien se dirigía a él en inglés; no había pasado en los dos anteriores.
—Soy historiador y estoy haciendo un trabajo, en colaboración con la Universidad de Yangón, sobre la gloriosa dinastía Taungoo. Queremos divulgarlo en Europa.
—¿Tiene autorización para estar en esta zona?
—Aquí está.
Además del pasaporte, Tomás le enseñó los documentos que, antes de emprender el viaje, Tin Tun había conseguido a cambio de sobornos financiados por Maria Flor.
Se trataba de una carta de la universidad que avalaba el trabajo científico en curso y una autorización de desplazamiento firmada por los ministerios de Cultura e Interior.
Podía ir hasta la región de Sittwe, distrito de Rakhine, para excavación arqueológica e investigación histórica.
—No sé si es buena idea que ande por aquí —comentó el soldado que hablaba inglés—. Es una zona de operaciones. Los terroristas han atacado puestos fronterizos y han matado a algunos de nuestros hombres.
—Solo vengo para una excavación arqueológica. No me quedaré mucho tiempo.
Los soldados del Tatmadaw confirmaron la identidad de Tin Tun.
Se centraron, sobre todo, en la legalidad de sus documentos y en los permisos de desplazamiento.
En un momento dado, cuando hablaban entre ellos en birmano, Tomás se percató de que uno de ellos pronunciaba dos veces la palabra muyahidín .
Detalle curioso: inspeccionaron los brazos de su compañero de viaje.
Tras diez minutos de preguntas e inspección minuciosa, el soldado que hablaba inglés se llevó a Tomás aparte.
—¿Qué está haciendo con un kalar ?
—Bueno, es un amigo de...
—¿Usted no sabe que quieren islamizar el mundo?
—lo interrumpió el soldado—. Se reproducen como conejos y animan a los suyos a emigrar a países no musulmanes con el objetivo de convertirse en mayoría, wa myou , para engullirnos y así, a largo plazo, ser mayoría por la vía demográfica.
Cuando hay un matrimonio entre un musulmán y un budista, nosotros nos vemos obligados a convertirnos.
Ellos nunca lo hacen. Sus leyes prohíben la apostasía y ordenan ejecutar a quien reniegue del islam.
Por culpa de esto, ya han hecho wa myou en Pakistán, Malasia e Indonesia.
Los han transformado en países musulmanes.
En Europa es mejor que se anden con cuidado, ¿me oye?
—Sin duda, hemos de tener cuidado con los wahabitas, que incitan a la violencia, y con los yihadistas, que la ejercen —le respondió el historiador, quien conocía el islam y en carne propia los graves peligros que surgen de una lectura literal de los textos sagrados—.
Por lo demás, la práctica de la religión es libre y no se puede discriminar a nadie por su religión.
—Dígale eso a quienes obligan a las mujeres budistas a casarse y convertirse al islam, a los hijos de matrimonios mixtos a ser educados en el islam, y que ejecutan a musulmanes que han ejercido su derecho de renegar del islam.
La libertad de religión es una carretera de dos sentidos, mister .
¿Dónde está en el islam? Nuestra tolerancia es khyek kaung , un punto vulnerable que ellos explotan al máximo.
Estas personas tienen que marcharse. Por las buenas a ser posible. Por las malas si fuera necesario.
—¿Usted es budista?
—Por supuesto.
—Más que pacífica, que yo sepa, el budismo es una religión pacifista...
El soldado no se dejó impresionar por ese argumento.
—Aquí, en Myanmar, seguimos la línea theravada , que considera la intención como algo esencial para determinar el valor de una acción.
Nuestra intención es salvaguardar el budismo, una religión de paz.
Eso es bueno. Como consecuencia, cualquier acto que se destine a hacer posible esa intención es, por definición, bueno.
—¿Aunque se lleve a cabo con violencia sobre personas de otras religiones?
—El budismo es el camino de la paz y todo lo que se haga para defenderlo, incluido hacer frente a religiones de guerra, es una buena acción. Nos limitamos a ejercer khan sic , acción defensiva.
Tomás entendió que la comunidad budista de Myanmar estaba en enfrentamiento directo con la musulmana. El miedo era generalizado y la retórica, incendiaria. Nada bueno saldría de aquello. Cuanto más deprisa llevara a cabo la misión y abandonara ese barril de pólvora, mejor.
Miró el reloj.
—Se me hace tarde —dijo—. ¿Podemos continuar o necesitan algo más de nuestra parte?
—Pueden seguir. Pero queda avisado de que va por su cuenta.
El portugués volvió junto a Tin Tun. Se subieron a la moto y emprendieron la marcha.
—Cuánta conversación con ese soldado —comentó el rohinyá cuando se alejaban del checkpoint —. ¿Qué quería?
—Nada, nada —respondió Tomás, que prefería no perturbar a su compañero de viaje—. Y con usted, ¿cómo ha ido?
—Oh, los problemas de siempre. Sabe, muchos rohinyás no logran pasar los checkpoints .
Siempre falta un papel, porque piden tantos documentos que no es fácil tenerlo todo en orden.
Yo me escabullo porque estoy atento a los cambios y lo sigo todo a rajatabla.
Por ejemplo, cuando los rohinyás entran en un pueblo, tienen que informar de su presencia obligatoriamente a las autoridades locales.
Muchos no lo hacen, ni siquiera saben que tienen que hacerlo y acaban detenidos.
Yo lo sigo todo al pie de la letra. Incluso tengo certificados de mi abuelo, fechados en 1929, que prueban que mis raíces en Myanmar se remontan al período de antes de la independencia.
Da mucho trabajo, es un verdadero infierno de burocracia y papeleo, pero ¿qué más puedo hacer?
Es la única forma de viajar por el país.
Tomás ya se había percatado de todo eso cuando pasaron por los checkpoints anteriores. Sin embargo, en el último, había sucedido algo que lo había dejado intrigado.
—¿Qué buscaban en sus brazos?
—Cicatrices de las vacunas —explicó Tin Tun—. Como no es normal ver a un rohinyá que hable inglés, el tipo del checkpoint desconfió de los documentos sobre mi genealogía y quiso asegurarse de que tengo las cicatrices en el brazo birmano.
—¿Brazo birmano?
—Hay un rumor, no sé si es cierto, que dice que el brazo en el que se vacuna en Myanmar es diferente al que se usa en Bangladés.
Los rohinyás que tienen la cicatriz en el brazo equivocado están en apuros.
Enseguida las autoridades dicen que los documentos que presentan son falsos y que son bangladesíes infiltrados, o incluso yihadistas. Los detienen.
—Por suerte, lo vacunaron en el brazo correcto, ¿no?
—Tantas veces se lo he agradecido a Alá y a mi madre; ni se imagina.
Para pasar la noche, se alojaron en una maitta ghor , una casa rohinyá. Era una construcción rudimentaria hecha con bambú atado con cuerdas y cubierta con hojas de palmera. Se llama así porque el suelo es de barro.
Pagaron el alojamiento y una comida con un puñado de monedas que dejaron a la familia al borde del éxtasis para vergüenza de Tomás.
Lo que para unos no era más que caldería, para los otros era una verdadera fortuna.
La casa era muy pequeña, dos habitaciones minúsculas y una cocina, y la familia, una pareja joven con cuatro hijos, se fue a pasar la noche a casa de unos vecinos, probablemente también familia.
—Están infringiendo la ley —comentó Tin Tun—. La ley del distrito prohíbe tener más de dos hijos.
—¿En serio?
—No quieren que proliferen. La ley no menciona que se destina específicamente a los rohinyás, claro, pero todos sabemos que es para nosotros. Nos acusan de tener demasiados hijos y temen que los superemos demográficamente.
Una anciana de pocas palabras apareció de la nada y cocinó la cena en una chimenea al aire libre.
Tomás vio cómo giraba un pincho con un trozo de carne blanquecina, pero no se atrevió a preguntar qué era.
Había comido lagarto frito con arroz blanco, comprado en el camino a un aldeano desdentado.
Ahora sospechaba que la vieja rohinyá estaría cocinando lagarto a la brasa.
Había cosas que era mejor comer sin preguntar.
Sin embargo, se sorprendió cuando se llevó la comida a la boca.
—¿Es pescado?
—Solemos comer pescado y arroz —confirmó Tin Tun—. ¿Qué creía que era?
El portugués no respondió. Tenía hambre, se sentía inmundo, el cansancio le pesaba en el cuerpo y, sobre todo, quería poner fin a esa misión lo antes posible.
—Los soldados de los checkpoints eran muy detallistas —comentó mientras comía, al recordar los acontecimientos del día—. En el tercero oí a uno pronunciando la palabra muyahidín , y el que hablaba inglés mencionó ataques de terroristas. ¿A qué se refería?
Tin Tun suspiró, como si ese tema lo dejara agotado.
—Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Birmania era una colonia británica, los budistas se pusieron del lado de los japoneses y los musulmanes del de los británicos porque nos prometieron la independencia.
Algunos rohinyás integraron un grupo de insurgentes musulmanes, muyahidines, y en ese período atacaron a las fuerzas birmanas, por lo que hubo represalias.
Ya no existen, pero la referencia a ese movimiento se utiliza para legitimar las políticas contra los rohinyás.
—¿Y la historia de los terroristas?
—En 2012, con el repentino recrudecimiento de la represión a nuestra comunidad, un año después de que Facebook se hiciera tan popular en el país, algunos rohinyás se juntaron en un movimiento que apareció alrededor de 2016.
Se trataba del ARSA, una organización de raíz radical islámica.
Por lo visto, sus líderes son rohinyás educados en Arabia Saudí y han recibido formación en Pakistán.
ARSA atacó a las fuerzas birmanas e incluso a los propios rohinyás, en este caso, los que no cumplían con los preceptos religiosos.
Ejecutaron a líderes locales que se les opusieron, una tristeza.
Ahora han atacado unos puestos fronterizos y han matado a varios soldados budistas.
Estas acciones están alimentando el pánico antimusulmán en Myanmar y fomentan la idea de que existe de verdad una yihad que quiere conquistar el país e islamizarlo.
La página de Facebook del jefe del Ejército de Myanmar está llena de alertas contra la amenaza islámica.
Defiende la necesidad de resolver de una vez por todas lo que se conoce como «la cuestión bengalí».
El Tatmadaw y las poblaciones locales, sobre todo los rakhines, intensificaron los ataques a las poblaciones rohinyás, que no tienen nada que ver con estos fanáticos procedentes de Arabia Saudí.
Conclusión: una vez más, los civiles pagan los platos rotos.
Tomás era consciente de que todo era muy complicado. Como siempre pasaba con estas cosas.
Terminó de comer el pescado. Hacía calor.
Le apetecía una cerveza helada, pero alcohol era algo que no había por esos parajes.
Se conformó con el té. Seguía impaciente y se preguntó, por enésima vez, qué estaba haciendo allí.
Solo el amor que sentía por Maria Flor y su deseo de reconciliación explicaban que hubiera ido al fin del mundo y se hubiera metido en ese berenjenal.
—¿Cuándo llegaremos?
—¿A Tula Toli? Mañana.
No había mucho más que hacer. Los dos hombres estaban cansados, así que recogieron la maitta ghor y tendieron las esterillas en el suelo de barro.
Aunque era de noche, seguía haciendo mucho calor.
Tomás se tumbó pensando que sudaría, pero el suelo era fresco, como una especie de aire acondicionado incrustado en el suelo. Incluso le hizo falta una manta.
Antes de dormirse, un último pensamiento lo asaltó como un mal augurio. Se trataba de la frase que el soldado del tercer checkpoint había dejado en el aire: «Queda avisado de que va por su cuenta».