El protocolo del caos XLVII
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XLVII

La cabecera «Alerta electoral» irrumpió en la emisión y, a continuación, apareció la imagen de la sede electoral de la candidatura de Donald Trump en el Hilton de Nueva York, con banderas estadounidenses alineadas en un escenario y una multitud que aguardaba con mucha expectación.

Se trataba de la emisión de Fox News y el reloj, en una esquina de la imagen, mostraba que eran las dos y cuarenta de la madrugada.

La votación estaba reñida en varios estados y, en ese momento, todo se decidía en Pensilvania.

El presentador de la emisión especial apareció en la pantalla con cara de tener novedades, y de las grandes.

—¡Alerta Electoral de Fox News! —dijo el presentador con voz excitada—. ¡Pensilvania es de Trump! ¡Donald Trump es el nuevo presidente de Estados Unidos!

Sentado delante del televisor, comiendo palomitas, Leroy Roderick dio un salto en el sofá y empezó a brincar por el salón, celebrando el resultado que acababan de anunciar.

—¡Hemos ganado! —gritó, efusivo—. ¡Hemos ganado! ¡Hemos ganado! ¡Dios mío, hemos ganado!

Su sueño se había hecho realidad: el pueblo había derrotado a las élites.

Siguió saltando por el salón, tirando las palomitas al suelo.

Las imágenes mostraban a los republicanos celebrando el triunfo y también el estado de shock en la sede de campaña de los demócratas.

Risas de un lado, lágrimas de incredulidad del otro.

Leroy también reía y lloraba a la vez, pero lo que sentía era alegría.

Ojalá hubiera estado allí su Betty; habrían celebrado la victoria como verdaderos patriotas.

Era una noche memorable. Los estadounidenses que, como ellos, normalmente no iban a votar porque no se identificaban con ningún candidato habían ido a las urnas porque esta vez había un candidato antisistema que decía cosas que los demócratas nunca les había permitido decir.

Era incapaz de contener la emoción. Tenía el rostro lleno de lágrimas. Era un sueño hecho realidad, aunque todavía le costaba creer que su candidato hubiera ganado. Corrió dando saltos hasta el cuarto de Charlie.

—¡Hemos ganado! ¡Hemos ganado!

Su hijo abrió los ojos, somnoliento; eran casi las tres de la madrugada. Tenía que estar pronto en la tienda Family Dollar para otra jornada de trabajo detrás del mostrador.

—¿Qué... ha pasado?

—¡Hemos ganado! ¡Trump es presidente! ¡Hemos ganado!

Tumbado en la cama, Charlie sonrió, levantó el pulgar y se acurrucó contra la almohada para volver a dormirse.

A Leroy se le pasó por la cabeza la idea de ir a la habitación de Sally para contarle la noticia —la felicidad era más valiosa cuando se compartía—, pero se contuvo.

Estaba eufórico, pero tenía noción de la realidad.

Su hija era frágil y le hacía falta dormir.

Se dirigió a la cocina, abrió el frigorífico, sacó una Budweiser fresca, llenó un vaso y volvió al salón.

Las imágenes de Fox News mostraban las celebraciones en directo en el gran salón del hotel Hilton de Nueva York.

Dio un trago para festejar la victoria del candidato del pueblo y cantó el himno nacional a pleno pulmón.

América volvería a ser grande otra vez.