XLVI
Al sentir una punzada de dolor en uno de sus dedos, Dimitri Chernishev se percató de que ya no le quedaban uñas que roer.
La campaña estadounidense había llegado a su fin, las mesas abrían en una hora y el capitán del FSB estaba nervioso.
Mucho. Había estado consultando las páginas de información y las noticias no eran buenas.
Se giró hacia Alastair Hayes, que consultaba gráficos sentado a su lado. Era el último día del británico en la operación. Con el acto electoral en Estados Unidos se terminaba su contrato, por lo que a la mañana siguiente volvería al Reino Unido.
—Los sondeos no son nada halagüeños —comentó Dimitri, señalando una noticia de The New York Times que decía que Hillary Clinton tenía una clara ventaja en las intenciones de voto—. Trump va por detrás.
El hombre de Cambridge Analytica se encogió de hombros.
—Eso no vale nada.
—¿Los sondeos no valen nada?
—Estas elecciones no se deciden en los medios de comunicación tradicionales —respondió el británico, tocando la misma tecla—. Se deciden en las redes. Es ahí donde se disputa la verdadera batalla. Y ahí no nos gana nadie.
Era de admirar la confianza de Alastair.
A Dimitri le hubiera gustado poder decir lo mismo, pero no estaba tan seguro.
Casi todos los sondeos preveían la victoria de la candidata demócrata.
Los últimos estudios antes de las urnas —en concreto, los de YouGov/ The Economist , Insights West, Bloomberg News/Selzer, Gravis Marketing y ABC News/ Washington Post — anunciaban la derrota de Trump.
Incluso los sondeos de Fox News preveían la victoria de Hillary Clinton con cuatro puntos de ventaja.
En esas condiciones, ¿cómo podían ser optimistas?
Lanzó una mirada a su alrededor. En el edificio que el FSB había alquilado en San Petersburgo, la actividad de los chicos del Shaltai Boltai era frenética.
Todos los hackers rusos funcionaban como trolls .
Estaban enviando grandes cantidades de desinformación a cuentas estadounidenses con el objetivo de influir en el acto electoral.
Dimitri no podía estarse quieto. Se levantó y empezó a caminar entre los trolls . Se acercó a uno del Shaltai Boltai y escudriñó la pantalla de su ordenador:
El papa ha emitido una declaración para anunciar que apoya a Trump.
Se sorprendió. Dudó.
—¿Eso es cierto?
El hacker lo miró y se rio.
Era mentira.
—¿Y los estadounidenses se lo van a creer?
—Esa patraña ya está en el News Feed de Facebook como si fuera una noticia verdadera y ya lleva casi un millón de lectores. Muchos se lo van a creer, evidentemente...
A Dimitri esas cosas le seguían impresionando. Sabía que bastaba con que una parte de los católicos se creyera esa mentira para que tuviera un impacto electoral. Siguió paseándose por la sala y se paró por detrás de otro troll . En su pantalla, había otra noticia:
Última noticia: WikiLeaks confirma que Hillary vendió armas al Estado Islámico.
Interpeló al troll .
—¿Dónde lo están divulgando?
—En las noticias de Facebook —le respondió el joven, orgulloso de lo que había logrado—. Suma casi ochocientos mil lectores. Como es una noticia recomendada, una gran parte de los usuarios creerá que es cierta.
—¿No corremos el riesgo de que desmientan la información?
El hacker del Shaltai Boltai lo miró como si la pregunta no tuviera sentido.
—¿Y quién va a desmentirlo?
—Clinton, la prensa... Yo qué sé.
—Estas noticias de Facebook solo las leen las personas que usan cuentas específicas, los mensajes son personalizados —le recordó el troll —.
El resto no sabe lo que pasa, les llegan noticias diferentes en su Feed.
Hillary Clinton no tiene ni idea de que la gente las recibe, y a la prensa ni se le pasa por la cabeza.
¿Cómo van a desmentir algo que no saben que existe?
Es la maravilla de las redes sociales. Podemos mentir a gusto y nadie niega nada porque los mensajes son personalizados.
¿Quién puede desmentir algo que ni siquiera saben que se está difundiendo?
Cierto, pensó Dimitri. Un millón de estadounidenses habían leído la noticia de que el papa apoyaba a Trump y ochocientos mil, la de que Hillary había vendido armas a los yihadistas.
El capitán del FSB se animó. Quizá Alastair tenía razón.
Si la gente en Estados Unidos estaba consumiendo más información en las redes sociales que en los medios de comunicación tradicionales, y si el FSB era capaz de llenar las redes con noticias falsas que nadie desmentía —porque no se puede desmentir algo que no se sabe que existe—, entonces quizá fuera ahí donde efectivamente se decidirían las elecciones.
Siguió caminando y se paró detrás del siguiente troll . La noticia en la que trabajaba era de un tipo completamente diferente:
Hillary recibió dinero de Goldman Sachs y otros grandes bancos. «Os he representado durante ocho años», escribió en un discurso secreto que ha revelado WikiLeaks.
Dudó.
—¿Crees que a los electores de Trump les afectará esta noticia?
El chico del Shaltai Boltai se rio.
—Esto se lo estamos enviando a los electores de Bernie Sanders —explicó—. Queremos convencer a los demócratas que lo apoyan, anticapitalistas que odian a los bancos, de que no voten a Hillary. Si pierde a los electores de Sanders, difícilmente vencerá las elecciones.
—Ah....
—Aquí está una variante del mismo mensaje. Lo estamos difundiendo en Twitter:
No solo Hillary recibió mucho dinero de los ricos, sino que encontró la forma de ganar millones a costa de los pobres.
Dimitri se rio.
—A los electores de Sanders no les va a hacer ninguna gracia...
El troll le enseñó otro mensaje de Twitter:
Bill Clinton asedió a decenas de mujeres y Hillary lo toleró. ¿Podremos apoyar a quien tolera la humillación de las mujeres? #DefiendeALasMujeres.
El chico del Shaltai Boltai estaba orgulloso del tuit que había enviado a un público objetivo sensible a ese tipo de mensaje.
—Como debe calcular, tampoco estamos enviando este mensaje a los electores de Trump, sino a las electoras feministas de Hillary. La idea es que se irriten tanto que ya no quieran votarla. Sin las feministas, lo tendrá muy difícil para ganar las elecciones.
Es decir, la táctica era la misma que habían usado meses antes para convencer a los británicos de votar a favor del Brexit.
Por un lado, enviaban mensajes para acercar al público al candidato o a la causa que querían promover —en este caso, Trump—; por otro, difundían mensajes para alejar al público del candidato contrario —Hillary—.
Y, sobre todo, identificaban los problemas y, fuera cual fuera la causa, la culpa era siempre de Hillary y de las élites.
—¿Qué otros mensajes se están enviando para que las personas no voten a Hillary?
Como respuesta, el troll le enseñó otro mensaje de Twitter:
Bill Clinton acabó con las ayudas incondicionales. ¿Queremos a su mujer como presidenta? #DefiendeNuestrosDerechos.
Otro mensaje en la misma red social:
Hillary Clinton ha descrito a los jóvenes negros como «superdepredadores» y ha dicho que tenían que «arrodillarse». #DefiendeNuestraComunidad.
Y otro más:
Americanos negros entonan «Hillary es racista» en un evento de recaudación de fondos de los Clinton en #Miami.
El troll del Shaltai Boltai también estaba orgulloso de esos tuits.
—El objetivo de estos mensajes es la comunidad negra, que depende mucho de las ayudas y está muy sensibilizada con las cuestiones raciales —dijo—. Queremos que los negros no voten a Hillary. Si se quedan en casa, perderá votos y eso beneficiará a Trump. Ese es mi trabajo.
Aunque era la primera vez que los leía, esos mensajes ya no eran ninguna novedad para Dimitri.
Sabía que tanto el FSB como Cambridge Analytica tenían acceso a los datos de millones de usuarios de Facebook, así como de otras redes sociales e instituciones, lo que les permitía conocer a cada ciudadano al dedillo.
Como si los manipuladores estuvieran usando un microscopio social.
En vez de lidiar con grandes grupos de electores, como sucedía antes, ahora conocían a cada uno individualmente.
El cruce de todos esos datos les permitía entender qué era lo que más aterrorizaba a cada persona, qué les preocupaba o con qué tipo de cosas se dejaban seducir.
Eso les permitía dirigir mensajes específicamente concebidos para cada uno de ellos.
¿La señora Redford era una mujer negra que dependía de las ayudas?
Entonces, le enviarían un mensaje recordándole que Bill Clinton, ese racista demócrata, había terminado con las ayudas incondicionales.
¿El señor Snyder había perdido dinero con el colapso de Lehman Brothers?
Entonces, en Twitter encontraría un mensaje recordándole que Hillary Clinton, esa zorra ambiciosa, había recibido dinero de Goldman Sachs y se vanagloriaba de haber representado al banco durante años.
¿La señora Lanzini era una católica devota?
El Feed de noticias de su cuenta de Facebook le daría la noticia de que el papa, ese santo bendecido por Dios, apoyaba a Trump, lo que también lo convertía en santo.
Todos los mensajes de la operación del FSB se basaban en la misma idea, increíblemente sencilla pero profundamente eficaz: quien temía a la inseguridad en las calles recibía mensajes diciendo que Trump estaba a favor del orden y que Hillary defendía los derechos de los criminales; quien estaba harto de los abusos políticos recibía mensajes subrayando que Trump iba a «limpiar el pantano» de la clase política de Washington mientras que Hillary siempre había vivido allí; a quien le preocupaban los niños le llegaban mensajes asegurando que Hillary lideraba una red de pederastas en el sótano de una pizzería en Washington, y que Trump era el único que pedía ayuda para encontrar los correos que lo probaban.
Así «servían» a todos los públicos. Los Musulmanes Unidos de América recibían mensajes sobre lo que los kafirun cristianos planeaban contra ellos; los fieles del ejército recibían mensajes sobre la yihad que los fanáticos musulmanes querían lanzar contra Estados Unidos; los activistas de Black Lives Matter, sobre la policía racista; los de Blue Lives Matter, sobre delincuentes negros que querían quemar comisarías y matar policías blancos.
A todas las comunidades se les hacía creer que las demás eran una amenaza.
Cada mensaje —fuese verdadero, falso o una verdad a medias— se personalizaba para lograr el máximo efecto.
El objetivo del FSB era siempre el mismo: radicalizar y dividir a la sociedad estadounidense.
Empujarla hacia el enfrentamiento total.
Se oyó una voz en la sala.
—¡Han abierto!
Dimitri vio cómo todo el mundo se giraba hacia las pantallas de televisión y los imitó.
El televisor más próximo estaba sintonizado en la CNN y mostraba imágenes en directo de un colegio en Nueva York donde se habían instalado mesas.
Había una fila de personas a la puerta de una sala y una de ellas entraba en el cubículo para hacer una cruz en la papeleta y elegir así a su candidato preferido.
Había comenzado la votación en Estados Unidos.