XLV #2
—Es Facebook, profesor Noronha. Hacen declaraciones incendiarias y dicen cosas total o parcialmente falsas, entremezcladas con noticias que son ciertas.
Algunos políticos empezaron a criticarlos, intentaron obligarlos a parar ese tipo de discurso antes de que la situación degenerara en violencia étnica o religiosa, pero Wirathu y sus compañeros son inmunes a las críticas.
Es como si les diera igual. Sus mensajes provocan miedo y llegan a millones de seguidores.
Se han vuelto muy poderosos y han impuesto su idea de que quien defienda a los rohinyás es un traidor.
Incluso Aung San Suu Kyi, la campeona de la libertad que durante años se enfrentó a la dictadura militar y por eso ganó el Premio Nobel de la Paz, se siente intimidada y se ha callado.
—¿Y el pueblo?
—Los birmanos somos gente sencilla, profesor Noronha.
Muchos tienen poca instrucción. Es normal que crean que las noticias que leen en Facebook son verdaderas.
Creen que los rohinyás son caníbales y que, efectivamente, están conspirando para atacar a los budistas y asumir el control de Myanmar.
Mire, por culpa de la dictadura militar, nadie cree al Gobierno, pero sí lo que se dice en Facebook.
En un país en el que las juntas militares siempre controlaron los medios de comunicación, la percepción es que el único espacio de libertad que hay es esa red social: es la voz del pueblo, algo que el Gobierno no puede controlar.
Además, es una gran empresa de Occidente, todo el mundo la conoce, lo que la vuelve creíble.
No pueden estar mintiendo. Como consecuencia, si los mensajes de Facebook dicen algo de los rohinyás... , entonces, es cierto.
—Eso va a traer problemas...
Tin Tun entró en un grupo de Facebook y le enseñó un mensaje, a modo de ejemplo.
—Mire lo que dice el jefe de una aldea: «Tengo que agradecer a Facebook por haberme dado informaciones verdaderas de lo que sucede en Myanmar. Los kalars no son bienvenidos porque son violentos y se multiplican como conejos».
—¿Eso lo ha dicho un ciudadano normal y corriente?
—En Myanmar, Facebook está plagado de este tipo de comentarios, profesor Noronha.
Los manipuladores publican vídeos y fotografías retocadas de cadáveres y dicen que son budistas asesinados por los rohinyás.
Las personas comparten mensajes en los que nos comparan con insectos, ratas, gusanos, y divulgan vídeos supuestamente científicos en los que se dice que incluso nuestro ADN es diferente, que no es humano.
Debido a esto, la gente se vuelve cada vez más agresiva, estamos muertos de miedo.
En Yangón me las voy arreglando, sobre todo, porque me cambié de nombre.
Además, soy profesor en la universidad. Pero hay personas de mi etnia que lo están pasando muy mal.
Y con los mensajes en Facebook sobre el peligro islámico, la situación se ha vuelto caótica.
El discurso violento se ha transformado en acción violenta.
Mire, Facebook apareció en Myanmar en 2011 y los tumultos empezaron a ser sistemáticos a partir de 2012, con la destrucción de mezquitas y la expulsión de poblaciones en varias zonas del país.
Después se produjeron nuevos tumultos en 2013, y de nuevo en 2014, 2015 y 2016, con la huida en masa de rohinyás hacia países vecinos. Se ha vuelto un infierno.
—¿Lo han denunciado a Facebook?
—Claro, muchas veces, profesor Noronha. Facebook llegó a Myanmar en 2011 y un año después se produjo un acto violento: tres musulmanes violaron a una mujer en Mandalay.
Fue un crimen, como tantos otros que, por desgracia, suceden en todas las sociedades y épocas.
Cuando alguien comete un delito, debe ser castigado.
Pero este caso fue amplificado en Facebook.
Difundieron la fotografía del cadáver de la chica tirado bajo un árbol.
Además de provocar una gran indignación, esa imagen dio la impresión de que todos los musulmanes son violadores.
De repente estallaron tumultos en los que hubo muertos y heridos.
Fue ahí cuando todo cambió y ya nada volvió a ser igual.
Los budistas se alejaron de los rohinyás.
—¿Eso pasó en 2012?
—Sí, pero se ha repetido cada año, cada vez de forma más grave, ya que cada vez hay más personas en Facebook.
En 2014 se difundió otra noticia sobre la violación de una budista a manos de dos rohinyás.
El rumor corrió como la pólvora por la red social.
Una multitud de budistas tendió una emboscada a un autobús y mató a pasajeros musulmanes.
La población musulmana se rebeló y atacó a los budistas.
Fueron dos días de tumultos en todo el país.
Se denunció a Facebook, pero nadie respondió.
Al tercer día, totalmente desesperado, el gobierno decidió cerrar la red.
¿Sabe qué pasó? Los tumultos pararon. Pero Facebook contactó con las autoridades de Yangón para preguntar por qué había dejado de funcionar su plataforma en Myanmar.
Tomás movió la cabeza.
—Los tumultos les daban igual, solo querían saber si la plataforma funcionaba —comentó con acidez—. Ilustra bien qué es lo que de verdad preocupa a esa gente...
—En otra ocasión, se informó a Facebook de que estaban circulando mensajes amenazantes contra un anciano que trabajaba en una institución benéfica y distribuía comida en los campos de desplazados de los rohinyás.
Incluso publicaron fotografías de su cara.
Decían que el anciano ayudaba al enemigo y que había que acabar con él.
Se denunció a Facebook. Tardaron semanas en responder.
Y cuando por fin lo hicieron, ¿sabe qué dijeron?
Que retirarían la fotografía si el anciano presentaba una queja.
—¿Y la presentó?
—¿Bromea? El pobre probablemente ni siquiera sabe qué es Facebook. ¿Cómo iba a presentarla?
—Ya...
—Después de mucha presión, nos dijeron que había una persona que hablaba birmano trabajando en una oficina en Irlanda con la misión de comprobar qué sucedía en la plataforma en Myanmar.
—¿Una persona?
—Una sola. Para monitorizar miles y miles de mensajes diarios en todo el país.
Y fíjese bien, solo sabía birmano, pero aquí se hablan más de cien lenguas y dialectos.
Muchos de los mensajes contra los rohinyás están escritos en esas otras lenguas.
Por lo tanto, tener una única persona es lo mismo que no tener a nadie, como se puede imaginar.
En realidad, solo fingían que les preocupaba, nada más.
—Por lo que me ha enseñado, Facebook sigue lleno de mensajes contra los rohinyás. ¿Cómo les afecta en su día a día?
—¿Por qué cree que me paso el día asustado?
—le preguntó Tin Tun, con el tic nervioso en un ojo—.
Si alguien se entera de que soy rohinyá, puedo meterme en problemas muy graves.
Los han expulsado de varios pueblos y, en la práctica, tampoco se nos autoriza a ir a la escuela. La situación es muy complicada.
Tomás reflexionó sobre el asunto.
—Mucho me temo que no es nada nuevo.
—Sí, es cierto. Wirathu y todas esas personas no han inventado nada.
Los conflictos son antiguos; desde hace décadas hay problemas internos con los rohinyás.
Pero lo que han hecho los monjes es usar Facebook para explotarlos e intensificarlos al máximo.
Y así han ganado muchísimo poder. Si esto sigue así, profesor Noronha, la cosa acabará mal. Muy mal.
La conversación era densa, pero le sirvió a Tomás para entender que, bajo la aparente tranquilidad del país —cristalizada en el paisaje bucólico que se apreciaba desde el río Irrawaddy, sereno y bello—, había un volcán a punto de entrar en erupción, como si el lujoso barco en el que viajaban surcase las aguas sobre un gigante a punto de despertar.
Cogió su copa de Singapore Sling.
—No vamos a morir la víspera —repitió, como si sus palabras pudieran transformar la realidad—. Cada cosa a su tiempo.
Se bebió lo que quedaba del cóctel. Después se recostó en el asiento y contempló las pintorescas embarcaciones de bambú con las que se cruzaban, los mercados flotantes en las orillas, las casas sobre pilotes y toda la vida que bullía a su alrededor.
En los campos verdes que se extendían hacia el horizonte, se veían arrozales y pastaban búfalos bajo un cielo plomizo. Todo sereno. El volcán aún dormía.
Sí, había que aprovechar el momento. La peor parte todavía no había llegado.