El protocolo del caos XLV
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XLV

No era fácil navegar en las aguas embarradas del río Irrawaddy, ya que iban contracorriente.

Pero el Anawrahta, el barco de vapor de tres pisos heredado de la época del Imperio británico, era lo bastante poderoso como para vencer la resistencia del agua que descendía de los Himalayas tibetanos y corría hacia el mar de Andamán.

Tomás iba sentado al lado de la piscina del Anawrahta y bebía un Singapore Sling mientras contemplaba el bosque que bordeaba el agua del gran río.

—Esto es una locura —dijo Tin Tun, negando con la cabeza—. Menos mal que la señora Maria se quedó en Yangón. Nosotros también tendríamos que habernos quedado.

—Se quedó porque necesitamos a alguien que sirva de apoyo en caso de necesidad.

—Sí, pero... la situación en las provincias es complicada. No puedo creer que me convenciera de meterme en esta aventura. Esto va a terminar mal.

—Tranquilo, amigo —le dijo Tomás, humedeciéndose los labios y la garganta con otro trago de Singapore Sling—. Aprecie el paisaje alrededor. ¿No le parece bonito? Relájese y disfrute del viaje, hombre. Tanto estrés le va a sentar mal.

—Pero ¿y la situación?

—Pensaremos en los problemas cuando surjan, ni un minuto antes. No se muere la víspera. Esté tranquilo, cada cosa a su tiempo. Relájese y disfrute del momento.

Tin Tun se mordía las uñas.

—Ya me gustaría estar tan tranquilo como usted.

El Anawrahta subía el Irrawaddy en dirección a Mandalay, pero el plan era salir antes, en Minbu, y dirigirse hacia el noroeste, rumbo al pueblo de Tula Toli.

Por eso, el portugués quería aprovechar al máximo la parte tranquila y cómoda del viaje.

Como su compañero seguía inquieto, posó su copa junto a la piscina y lo miró fijamente.

—¿Qué es lo que tanto le preocupa?

—Todo, profesor Noronha, todo.

—No me va a decir otra vez que es la situación, ¿verdad?

El birmano bajó la cabeza.

—Tengo que confesarle algo, profesor Noronha. Mi verdadero nombre no es Tin Tun.

—¿Ah, no? ¿Y cuál es?

—Mustak.

Lo dijo como si eso lo explicara todo. Tal vez lo hiciera, pero no para un europeo como Tomás.

—No entiendo. ¿Por qué usa un nombre falso?

—¿No lo entiende? Mustak es un nombre de origen rohinyá.

El portugués seguía sin comprender.

—¿Y...?

—En Myanmar hay ciento treinta y cinco grupos étnicos, profesor Noronha. Las autoridades de Yangón no aceptan a los rohinyás. Dicen que no somos birmanos, que somos extranjeros, bengalíes.

—¿Y lo son?

—¿Extranjeros? En absoluto. Es cierto que nuestro idioma es una mezcla de bengalí, urdu, árabe, farsi y aracanés.

Somos musulmanes y no budistas, como el noventa por ciento de los birmanos, pero seguimos siendo birmanos, aunque pertenezcamos a una etnia y religión diferentes.

Hemos nacido aquí, vivimos aquí, esta también es nuestra tierra.

No lo aceptan y por eso nos quieren echar.

Cuando me vine a vivir a Yangón, me cambié el nombre y adopté uno budista birmano.

Elegí Tin Tun para que me aceptaran. Pero mi verdadero nombre es rohinyá. Me llamo Mustak.

—¿A partir de ahora quiere que le llame Mustak?

Tomás parecía despreocupado. Pero su compañero de viaje se alarmó, había hablado demasiado alto.

—Chis —le pidió el birmano, en voz baja—. Llámeme Tin Tun, por favor. Es más seguro.

—Lo siento.

Miraron alrededor, pero al parecer nadie los había oído.

—Profesor Noronha, los budistas no quieren a los rohinyás en su país. Incluso han redactado una Constitución en la que se nos niega el derecho a la ciudadanía. A pesar de algunos episodios desagradables y la progresiva pérdida de derechos, hemos ido aguantando. Hasta que llegó Wirathu.

—¿Quién es?

—¿Nunca ha oído hablar de Wirathu? —se sorprendió Tin Tun—. Profesor Noronha, ¿qué sabe de la historia reciente de Myanmar?

—Sé que gobernaba una junta militar y que la líder de la oposición, Aung San Suu Kyi, estuvo décadas en prisión domiciliaria, aunque ganara el Premio Nobel de la Paz. Creo entender que hace unos años vuestro dictador fue sustituido y el país se abrió por fin a la democracia y al exterior.

—Todo eso es cierto, profesor Noronha. Cuando vine a Yangón, internet estaba prohibida, tampoco se permitían los móviles, los periodistas extranjeros no podían entrar en el país y nosotros tampoco podíamos salir.

Junto con Corea del Norte, éramos la nación más aislada del mundo.

Pero cuando el general Thein Sein, nuestro nuevo presidente, llegó al poder, decidieron abrirse al mundo y democratizar el país.

—Ahí cambió todo.

—¡Y de qué forma! Con las reformas de 2011, la economía floreció e internet entró en Myanmar con fuerza, sobre todo, a través de Facebook.

Los periódicos empezaron a decir que quien que no tuviera Facebook era como si no tuviera casa.

Todos debíamos tenerlo. El país se comunicó online de la noche a la mañana, y Facebook se convirtió en la red preferida.

Todos la tenían y empezaron a formar grupos, a intercambiar informaciones e ideas, a compartir fotografías y mensajes.

Era como la marca de la modernidad, del desarrollo.

El símbolo del futuro. —Su rostro se ensombreció—.

Y fue entonces cuando apareció el famoso Wirathu.

—¿Qué pasó?

El birmano cogió su móvil y abrió Facebook. Entró en una página y se la enseñó a Tomás.

—¿Ve esto?

El portugués pestañeó.

—Eh...

—¡Ah, perdone! —dijo Tin Tun, al darse cuenta de que su interlocutor no sabía leer birmano—. Se lo traduzco. Lo que aquí dice es: «Es hora de matar a los kalars ».

—¿Kalars?

—Es un término peyorativo. Antiguamente era una jerga para referirse a los extranjeros, pero hoy día significa «persona de piel oscura», especialmente, los rohinyás. Es decir, lo que dice es que es hora de matar a los rohinyás.

Tomás miró a su compañero de viaje para asegurarse de que aquello no era ninguna broma.

—¿Habla en serio?

—No bromearía con esto, profesor Noronha. En Facebook dice que es hora de matar a todos los rohinyás.

—Perdone, es tan violento que cuesta creérselo —dijo el portugués—. ¿En vuestro Facebook hay más mensajes de este tipo?

Como respuesta, el birmano abrió otro mensaje y tradujo:

—Aquí dice: «Vamos a decapitar diez mil cabezas de kalars ».

—¿Eso también está publicado en Facebook?

—Eso y más, profesor Noronha. Hay cosas mucho peores.

—¿Peores?

Tin Tun mostró una imagen de personas inclinadas sobre cadáveres, comiéndoselos.

—Esta fotografía circuló por Facebook para demostrar que los rohinyás son caníbales —dijo—.

Se compartió casi cuarenta mil veces. Lo investigué y descubrí que procede de un videojuego.

—Le mostró otro mensaje—. Aquí dice que los rohinyás contrabandean armas en Myanmar, al parecer, para lanzar la yihad y convertir a la fuerza o exterminar a todos los budistas.

También se compartió más de cuarenta mil veces.

—Siguiente mensaje—. Aquí dice: «En nombre de nuestros hijos, quemad todas las aldeas musulmanas». —Cambió a otro mensaje—. Y aquí...

—Basta —lo interrumpió Tomás—. Ya lo he entendido.

—La apertura política trajo libertades, pero se interpretaron como libertad para decir lo que se quisiera.

El país no creó mecanismos para lidiar con mensajes que incitan a la violencia, como los que existen en las democracias en general.

Sin freno, la cosa fue a peor. Con la apertura política, un monje budista llamado Ashin Wirathu, que el régimen militar había encarcelado debido a sus sermones incendiarios contra las minorías, se benefició de una amnistía y salió de la cárcel.

Pertenecía al 969, una institución cuyo nombre oficial es Organización para la Protección de la Raza y la Religión.

—¿Protección de la raza?

—Es el nombre de la organización. Llaman a Wirathu el Bin Laden budista, y no me extraña.

Este monje abrió una cuenta en Facebook y empezó a difundir mensajes para alertar del peligro islámico en Myanmar.

De repente, ya tenía más de cien mil seguidores, incluidos políticos como Nay Myo Wai.

La violencia yihadista desatada en otros países, como Afganistán, Francia, Irak o España, validaba ese tipo de mensajes.

Además, el hecho de que los talibanes destruyeran dos estatuas de budas de más de mil años en Bamiyán chocó a todo el mundo aquí, en Myanmar.

Los budistas birmanos empezaron a temer a los musulmanes birmanos.

¿Y si los rohinyás también declaraban la yihad en Myanmar?

Los budistas entraron en pánico y los seguidores de Wirathu se multiplicaron, convirtiéndose en millones.

De repente, las cuentas de los ciudadanos normales en Facebook estaban plagadas de comentarios sobre que los rohinyás querían cometer atentados, lanzar la yihad contra los budistas, islamizar el país, acabar con el budismo e imponer la sharía.

—¿Todo eso basado en el contexto yihadista internacional?

—En eso y en las tensiones desencadenadas en la Segunda Guerra Mundial, cuando los rohinyás se aliaron con los británicos y los budistas con los japoneses.

Pero todo este miedo no tiene ningún sentido.

Nosotros somos pobres y, además, una minoría muy pequeña.

Tan solo el cuatro por ciento de la población es musulmana.

Lo que le preocupa a nuestra gente no es emprender ninguna yihad, sino vivir.

Wirathu nos acusa de cosas que en realidad no se sostienen.

Pero eso no ha impedido que tanto él como sus amigos usen argumentos para asustar al resto de los budistas.

—¿Y se les permite que digan lo que les dé la gana?