XLIV
Los estadounidenses sí entendían la declaración de Trump, en concreto, personas como Leroy Roderick.
Sentado delante de su ordenador, seguía en el grupo de Facebook cuando recibió otro mensaje de uno de sus amigos de la red social: el patriota activo que gestionaba «I Love My Country».
Abrió el mensaje en el que había un enlace de YouTube con otro vídeo de Donald Trump.
Pinchó en el enlace: «Estamos construyendo un muro en la frontera de Nuevo México —afirmaba el candidato republicano en el vídeo, con semblante muy serio—.
Estamos construyendo un muro en Colorado».
A Leroy le entró un ataque de risa. Se rio tanto que se le saltaron las lágrimas; hacía mucho tiempo que no se reía así. Era hilarante.
—¡Este Trump es la bomba! —murmuró entre carcajadas—. El tipo es realmente gracioso.
La declaración de Donald Trump era extraordinaria; una obra maestra del humor sin sentido.
El antiguo colaborador de The Apprentice acababa de elogiar la construcción de una frontera que no existía, un muro que nunca podría existir.
Como cualquier estadounidense sabía, ¡Colorado no tenía frontera con México!
Entre risas, volvió al enlace: «Estamos construyendo un muro en la frontera de Nuevo México. Estamos construyendo un muro en Colorado».
La segunda vez que vio el vídeo, volvió a reír a carcajadas.
—¡Es brillante! —dijo, limpiándose las lágrimas—. ¡Este tipo es un genio!
Sí, esa declaración probaba que no había mejor humorista que Donald Trump. No solo retaba abiertamente al discurso políticamente correcto diciendo lo que pensaba sin miedo, sino que además se reía en la cara de los demócratas. ¡Se burlaba de ellos!
Las élites lo atacaban violentamente por defender la construcción del muro para impedir que más latinoamericanos cruzaran ilegalmente la frontera con México.
¿Y qué hacía Trump? Cambiaba de dirección como una veleta al viento.
Con un sentido del humor impagable, les mostraba que la idea del muro no era solo un simple bloque de cemento.
Sí, era eso, pero también era mucho más.
Leroy sabía —así como los grandes compatriotas con los que interactuaba en Facebook y YouTube, donde podía decir lo que no se atrevía a decir en ninguna otra parte porque no les sería permitido— que el muro era, en realidad, un concepto: la idea de que Estados Unidos debía erigir muros físicos para protegerse de las amenazas del mundo externo, como los inmigrantes latinoamericanos que robaban los empleos de honrados y honestos trabajadores, o los musulmanes que estaban inundando Estados Unidos con velos, burkas y bombas.
También era una metáfora: la idea fundamental de que el país tenía que levantar muros culturales para protegerse de las amenazas del interior, las perversiones que estaban poniendo patas arriba los verdaderos valores, que permitían que mandaran los degenerados, las feminazis, los inmigrantes y sus descendientes, en vez de los auténticos estadounidenses.
Los blancos que ahora eran demonizados eran los que habían hecho América grande, por lo que tendrían que volver a ser ellos quienes la hicieran grande grande de nuevo.
Ese era el verdadero significado de la declaración de Trump sobre el muro que se estaba construyendo en Colorado, un Estado que no tenía frontera con México.
El candidato humorista había dicho Colorado como podría haber dicho Texas, Arizona, Georgia, Alabama, Florida...
o Luisiana. Colorado significaba la América rebelde, que durante tanto tiempo había estado amordazada por la opresión del discurso políticamente correcto; la América que se quitaba la mordaza y se levantaba para reclamar su destino y su libertad.
Sí, Trump se burlaba de las élites, se reía de ellas, las escandalizaba adrede, prometía muros fronterizos donde no había fronteras, ridiculizaba el sistema, hacía que los verdaderos estadounidenses se rieran de las élites demócratas que siempre los habían dominado y humillado.
Pero, detrás de toda esa burla, había un mensaje más profundo y mucho más serio: Colorado era Estados Unidos, y el muro no era una simple pared de cemento alambrada.
Era, sobre todo, un símbolo, una idea, una cultura.
El muro quería decir que la verdadera América había perdido el miedo y estaba de regreso.
Es cierto que, a veces, Trump decía disparates e incluso escribía tuits con errores ortográficos.
¿Qué pasa? ¿Acaso él, Leroy Roderick, a veces no decía tonterías o cometía errores al escribir?
Las élites del Norte se reían de los del Sur, los llamaban rednecks y desdentados, los catetos ignorantes de los Estados flyover , e intentaban rebajarlos de todas las maneras posibles, burlarse de ellos, ridiculizarlos.
Pues mira por dónde Trump también era un redneck , un desdentado, un cateto ignorante.
En eso, Trump era igual a Leroy y a tantos otros que hacían de Estados Unidos lo que era. ¿Se burlaban de él? Pues que se rieran. Eso los unía todavía más.
Leroy era Trump y Trump era Leroy. Trump era todos los estadounidenses blancos pobres que el sistema de los demócratas despreciaba y humillaba, era todos aquellos de los que se reían las élites, a los que no tomaban en serio, los insultaban llamándolos «paletos» y «retrasados».
Trump era los olvidados, los perdedores, los que se habían quedado atrás.
Pero quizá esos perdedores, esos losers , ahora se transformarán en winners , en vencedores. ¿Quién sabe?
Aunque no fuera perfecto, Trump era un patriota que respetaba a Dios, se enfrentaba a las élites y al satanismo, intentaba proteger a los niños violados en las ceremonias satánicas del lodazal de Washington, defendía a personas que otros ridiculizaban y menospreciaban.
Trump era la verdadera América, y los verdaderos americanos estaban a favor de él.
Trump era el muro, Trump era Colorado. Trump era todos.
Con Trump, Leroy empezó a creer, a creer con todas sus fuerzas, como tantos otros, que podrían volver a hacer América grande otra vez.
¡Construid el muro!