XLIII
El aire cálido y húmedo, propio del clima del sudeste asiático, no sorprendió a Tomás Noronha; estaba acostumbrado.
Lo que sí llamó su atención fue el tipo de arquitectura fin de siècle que descubrió en el centro de Yangón.
Los edificios coloniales británicos, de la época en que el país todavía se llamaba Birmania, estaban en su mayoría en decadencia, vencidos por la humedad.
Aun así, era el estilo que predominaba en toda la ciudad y le confería una inesperada atmósfera de vieja Europa tropical.
—Cuando me dijeron que tendría que venir aquí, leí algunas cosas sobre Yangón —lereveló Maria Flor—. Al parecer, es la ciudad con mayor presencia de arquitectura colonial en esta parte de Asia.
Los dos estaban sentados en el lobby del Strand Hotel, «el mejor hotel al este del Suez», como se solía decir en la época del Imperio británico; ambos disfrutaban de la vista del río, que corría al otro lado de las ventanas.
El suelo de mármol relucía y los muebles de madera le daban un aire exótico propio del trópico que se integraba a la perfección en el espacio urbano de la antigua capital de Birmania, la mayor ciudad de Myanmar.
Tomás miró su reloj.
—Llega diez minutos tarde.
—Ya sabes cómo son por aquí —le respondió su mujer con un gesto lánguido—. Todo va despacio, sin estrés.
Su marido abrió la boca. El vuelo había sido largo y sentía los efectos del jet lag .
Cuando estaban a punto de cerrársele los párpados, vio a un birmano bajito, con gafas y gotas de sudor deslizándose por su rostro.
Tenía la piel demasiado oscura para ser de esa región.
Se acercaba a ellos con prisa, con la mirada fija en la portuguesa sentada en el sillón.
—¿Señora Maria?
Ella se levantó de inmediato.
—Profesor Tin Tun, me imagino. ¿Qué tal?
Se saludaron con un apretón de manos y Maria Flor le presentó a su marido. Después de los formalismos, el birmano miró alrededor con expresión inquieta.
—¿Hay algún sitio en el que podamos hablar con tranquilidad?
—Solo se me ocurre que sea aquí, en el Strand Café —sugirió Maria Flor, señalando la salita del hotel—. Se está muy bien y...
—Me refiero a un lugar más discreto. Su habitación, si no es abusar...
Mientras subían al segundo piso, todo el tiempo el recién llegado se aseguraba de que nadie los siguiera.
Ese comportamiento le recordó a Tomás que últimamente solo se rodeaba de personas paranoicas.
Entraron en la habitación. Aunque era amplia, solo había una maleta medio deshecha encima de la cama y ropa de mujer sobre una silla.
La reconciliación no se había consumado, por lo que Tomás se alojaba en otro piso del hotel.
—¿Le parece suficientemente discreto?
—Lo siento, estoy muy nervioso —reconoció Tin Tun.
Pestañeaba como si tuviera un tic—. La policía tiene informadores en los principales hoteles de la ciudad, para asegurarse de que la población local no mantiene contactos indeseados con extranjeros.
En realidad, se refieren a personas..., en fin, como yo.
¿Está segura de que las autoridades no saben que la envía Amnistía Internacional?
—Me eligieron para venir aquí precisamente por mi anonimato —aclaró—. Vivo en una pequeña ciudad del centro de Portugal. No hay nada llamativo que atraiga atenciones indeseadas, si es lo que pregunta. Lo más seguro es que la policía de aquí no sepa nada de mí.
—Permítame la pregunta: ¿qué motivo para estar aquí declaró en la aduana?
—Mi marido es historiador y dije que he venido acompañándolo en sus investigaciones sobre la gloriosa dinastía Taungoo, que hizo de Myanmar el mayor imperio del sudeste asiático en el siglo XVI .
Él tiene un documento que confirma que trabaja como perito especialista para la Fundación Gulbenkian de Lisboa.
—Excelente coartada —aprobó el birmano—. Seguramente, en la aduana les gustó saber que alguien está estudiando la dinastía Taungoo.
—Les encantó.
Hubo un silencio incómodo, como si los tres dudaran sobre quién sería el primero en abordar el verdadero asunto por el que estaban allí. Tin Tun volvió a mirar alrededor con cierta ansiedad antes de empezar a hablar.
—Me imagino que espera que le entregue... lo que les prometimos.
—Así es.
De nuevo el tic nervioso en sus ojos.
—Hay un problema —reveló—. No lo tengo. Se lo di a un alumno para que lo escondiera.
—¿Y no puede devolvérselo?
El hombre respiraba con dificultad, nervioso.
—Me dio la sensación de que la policía me perseguía y..., bueno, entré en pánico —dijo, sin responder directamente a la pregunta—. Antes de que me pillaran, se lo pasé al chico. Confío en él, pertenece a mi etnia.
—Entonces, solo hay que encontrarse con él.
Tin Tun negó con la cabeza.
—No es tan sencillo —acabó confesando—. Esta mañana fui a buscarlo a su casa y me informaron de que ya no está en Yangón. Por lo visto, le dieron la noticia de que su madre está enferma y se fue al pueblo.
—¿Y?
—Ese es el problema. Se lo llevó con él.
Maria Flor suspiró, impaciente.
—Menudo fastidio. ¿Dónde está el pueblo del chico?
—En el norte. Se llama Tula Toli.
—¿Está lejos?
—Unos tres días de viaje.
Los dos portugueses pusieron los ojos en blanco. Con eso no contaban.
—¿Cuándo vuelve?
—No lo sé. Una semana. Dos. Un mes. Depende del estado de su madre y... de la situación.
—¿Qué situación?
—La situación.
Era una referencia política, fuera la que fuera. Estaban en Myanmar, un país donde la población vivía en enfrentamientos permanentes con el régimen militar, por lo que siempre había que estar preparado para todo.
—¿Está insinuando que voy a tener que quedarme un mes aquí en Yangón esperando a que su alumno regrese?
El birmano hizo un gesto de impotencia.
—Lo siento, está fuera de mi alcance. No lo planeé así. Pero ha sucedido.
La pareja portuguesa se miró con preocupación.
—No puedo quedarme parado un mes esperando a ese alumno —avisó Tomás. En su mente estaba el problema que tenía con Sasha y el plazo para resolverlo—. Tengo compromisos inaplazables.
—Sí, ya lo sé, pero no me puedo marchar sin llevarme lo que está destinado a Amnistía Internacional. Es demasiado importante.
—Pero... ¿te vas a quedar aquí un mes esperando?
—Un mes, dos meses... Lo que haga falta.
—¿Qué es eso tan importante?
—Es material confidencial, no puedo contártelo —le respondió Maria Flor—.
Pero no saldré de Myanmar con las manos vacías, de eso puedes estar seguro.
Si tienes compromisos inaplazables, lo mejor es que te vuelvas a Lisboa.
Me imagino que será alguna antigualla carísima que la Gulbenkian querrá que tú, siempre responsable y obediente, certifiques.
Lo dijo con retintín y Tomás entendió la indirecta.
Marcharse era imperativo, no por culpa de la Gulbenkian, como era evidente, sino porque tenía que resolver el asunto pendiente con los rusos.
Bajo ningún concepto podía quedarse un mes esperando.
Pero sabía que a Maria Flor esa decisión no le caería nada bien.
Si se iba, la dejaría sola en un país que vivía permanentemente inmerso en «la situación» y, por tanto, sería vulnerable al régimen, a sus caprichos y paranoias.
Su mujer no lo vería con buenos ojos. Además, entendía que «eso» de lo que hablaban era seguramente materia política muy sensible; de lo contrario, no habrían enviado a Maria Flor a Myanmar en esas circunstancias.
Así que, tanto para que su mujer no se enfadara como para garantizar su seguridad, lo último que podía permitirse era dejarla sola en Yangón.
—Mira, lo mejor es que regresemos a Lisboa y, cuando el alumno vuelva y eso aparezca, volvemos aquí y...
—No me iré sin llevarme lo que he venido a buscar, ya te lo he dicho.
Maria Flor lo dijo con tal firmeza que no dejó margen a réplicas.
Su marido la conocía bien y sabía que hablaba en serio.
Si decía que no se iría, no lo haría. Ahora bien, si ella no se iba sin lo que había venido a buscar, aunque tardara un mes en conseguirlo —o más—, entonces solo había una solución.
Miró a Tin Tun.
—¿Podemos llamar a ese pueblo para hablar con el estudiante?
—Es una zona muy pobre, los contactos son muy difíciles.
Además, aunque lográramos establecer la conexión, sería demasiado imprudente hablar de un asunto tan sensible por teléfono.
Mire, estamos aquí, en su habitación de hotel para que no nos espíen, así que imagínese lo que pasa cuando se usan las comunicaciones telefónicas.
Tomás respiró hondo. No le quedaba más remedio que resignarse a lo obvio.
—Entonces, solo nos queda una opción, ¿o no?
—¿Cuál?
Antes de responder, Tomás miró a su mujer. Maria Flor conocía bien a su marido y por eso sabía lo que iba a decir.
—Vamos los dos a Tula Toli.