XL #2
—Las mentiras son de gran utilidad, sin duda, pero no subestime la fuerza de las verdades que han sido estigmatizadas.
Por ejemplo: es verdad que en Occidente tanto las políticas de cuotas como la discriminación positiva están permitiendo que las minorías étnicas y las mujeres pasen delante de los hombres blancos, independientemente del mérito de unos y otros.
Eso causa resentimiento, como es lógico.
¿A quién le agrada que no le den un empleo, no por no ser el más competente, sino por una decisión política y administrativa?
También es verdad que las élites promueven esas políticas sin que afecten a sus cargos; al contrario, incluso los refuerzan gracias a la implementación de esas prácticas.
Y más. En Occidente, la cultura woke y el control del lenguaje están alcanzando niveles absurdos.
Le doy otro ejemplo: ya no se puede llamar «mujer» a una mujer.
—¿En Occidente no se puede llamar «mujer» a una mujer? —Se sorprendió Dimitri—. ¿Entonces, cómo las llaman?
—En el nuevo lenguaje woke , se exige que las llamen «personas que menstrúan»...
—El ruso se echó a reír—. En Occidente, la cultura woke irrita a cada vez más gente —comentó Alastair—.
Las personas sienten que se controla lo que dicen y hacen.
Nuestro trabajo es explotar ese malestar.
El principal foco de tensión en las poblaciones suele ser las relaciones entre comunidades de etnias diferentes.
Lo que nos lleva directamente al tema del racismo.
En Cambridge Analytica usamos nuestra vasta base de datos adquirida a Facebook y a otras fuentes para testar el racismo implícito de las personas.
Para entenderlo, es importante que primero comprendamos que, en un análisis de comportamiento, hay una diferencia entre lo que se manifiesta y lo que está latente, es decir, entre lo que las personas dicen y lo que realmente piensan.
—Conozco ese efecto —dijo Dimitri—. Un ejemplo: la gente suele decir que les encantaría ver ópera en televisión, pero cuando transmiten ópera..., nadie la ve.
—Cuando hay una diferencia entre lo que se dice y lo que se hace, lo que de verdad nos importa es lo segundo.
Las palabras ocultan los verdaderos pensamientos y los actos los revelan.
En este caso, lo que queríamos saber en Cambridge Analytica no era lo que se dice de otras razas, sino lo que realmente se piensa.
Hemos descubierto algo muy importante para nuestro trabajo: todas las personas blancas, en lo más profundo, piensan que las personas de color son menos inteligentes y que ellos están más capacitados intelectualmente.
Pero nadie lo dice. Los blancos ocultan sus verdaderos pensamientos y se esfuerzan por emplear un discurso políticamente correcto para evitar la censura social o que los llamen racistas.
Nadie quiere ser estigmatizado. Eso significa que politizar el pensamiento inhibe a la gente de decir lo que realmente piensan de las otras etnias.
—¿Eso solo pasa con los blancos? —preguntó Dimitri—. ¿No hay racismo en otras razas?
—Es evidente que el racismo es algo latente en la condición humana.
Basta ver cómo usamos los prejuicios contra los blancos para manipular a los británicos de origen paquistaní, jamaicano o indio para conseguir que votasen a favor del Brexit.
O vea cómo Corea del Norte se opone visceralmente a la multirracialidad de Corea del Sur, o cómo China acusa a la población demócrata de Hong Kong de ser una traidora a su raza.
Pero la universalidad del racismo no es relevante para nuestro trabajo.
De lo que sí estamos seguros es de que es algo latente y universal entre los blancos, incluidas las élites cultas.
Me refiero a esas personas que proclaman a los cuatro vientos que no son racistas, que critican ferozmente el racismo explícito y que protegen activamente a las minorías.
En definitiva, los policías del pensamiento y los guardianes del discurso políticamente correcto.
Hemos descubierto que esconden su racismo bajo la capa del antirracismo y lo manifiestan de formas más oblicuas y disimuladas; muchas veces, ni siquiera ellos se dan cuenta.
—¿Cómo dice? No lo entiendo...
—¿Quiere que le dé más ejemplos? —le preguntó el hombre de Cambridge Analytica—.
Mire, una forma oblicua de racismo latente son las prácticas paternalistas adoptadas por los blancos respecto a otros grupos étnicos.
Cuando las élites cultas promueven la discriminación positiva de esos grupos, lo hacen argumentando que es a favor de la igualdad, ¿o no?
No cabe duda de que es buena para unos y mala para otros.
Pero esa no es la cuestión. Lo importante es entender que promover esas políticas de paternalismo es una especie de racismo.
Dimitri esbozó un gesto de incomprensión.
—¿El paternalismo es racismo?
—Cuando se infantiliza a las minorías étnicas y raciales sí.
El paternalismo es una especie de babysitting : los diferentes grupos étnicos desempeñan el papel de los niños, los babies , mientras que las élites blancas ocupan el papel de los adultos, sus cuidadores.
Las élites blancas promueven la protección de esas minorías con la convicción latente de que los otros grupos no son capaces de valerse por sí mismos, como niños que necesitan la protección de los adultos, ¿lo entiende?
Las políticas paternalistas parten del principio implícito, aunque nunca se explica, ni siquiera se admite, de que hay etnias sin capacidad para valerse por sí mismas.
Eso es un prejuicio racial. Pero las élites blancas cultas ocultan ese racismo latente a los demás, incluso a sí mismos, y practican el paternalismo como si dijeran: «¿Veis?
Mirad cómo protejo a esos pobrecillos, ¿acaso no es la mayor prueba de que no soy racista? ».
—¿Está diciendo que incluso el antirracismo es una forma de racismo?
—El antirracismo no específicamente, sino las políticas activas de promoción de las minorías étnicas por criterios que no son de mérito, ya que parten del principio implícito de que no son capaces de conseguirlo por sí mismas —aclaró el británico—.
Pero hay más. Creemos que favorecer a grupos étnicos muchas veces ni siquiera es la consecuencia de un imperativo moral, aunque se presente de esa forma, sino de fríos cálculos electoralistas.
Es como si se cerrara un negocio implícito entre dos partes: yo te beneficio a través de la discriminación positiva y tú me das tu voto para vencer en las elecciones y seguir gobernando.
Un negocio de este tipo no agradará a la parte de la población que se siente perjudicada o que considera que es moralmente injusto, como son los hombres blancos de las clases bajas.
Para evitar que se cuestionen sus medidas, las élites inventaron un instrumento, un as que se guardan en la manga. ¿Sabe cuál es?
—Eh..., no.
—El discurso políticamente correcto.
—¡Ah!
—Fue una jugada maestra, un verdadero jaque mate que forzó a los descontentos al silencio y les impidió protestar.
Es como si dijeran: «No puedes contestar estas políticas que te perjudican porque, si lo haces, te llamaremos racista, te estigmatizaremos y serás expulsado de la sociedad.
Nadie más te hablará, ya que todos temerán sufrir el mismo costigo».
Los seres humanos son animales sociales, tienen la necesidad de sentirse integrados y aceptados, así que es la mejor forma de intimidarlos.
El discurso políticamente correcto es un escudo protector muy eficaz para legitimar el negocio establecido entre las élites y las minorías a cambio de votos.
Dimitri se acarició la barbilla mientras reflexionaba sobre todo lo que acababa de escuchar.
—¿Han podido demostrarlo en Cambridge Analytica con sus modelos informáticos y el banco de datos de Facebook?
—Hemos investigado el racismo, sí —confirmó Alastair—.
Hemos hecho varios experimentos y los resultados han sido bastante elocuentes.
Hemos descubierto que hay diversas formas de racismo y que las élites cultas se centran en el racismo explícito, pero una parte importante permanece latente.
Eso significa la mayoría, aunque asuma posiciones de superioridad moral y acusen a otros de racistas, evita enfrentarse a sus propios prejuicios raciales.
Se los ocultan a los demás, incluso a sí mismos, a través de respuestas exageradamente positivas sobre las minorías étnicas, como si esas respuestas sirvieran para probar, a los demás y a sí mismos, que no son racistas.
«¿Veis cómo ayudo a las minorías? Es porque no soy racista».
Pero, como ya le he dicho, el paternalismo es una forma disimulada de racismo.
Nuestros experimentos muestran que muchas personas ocultan su racismo no necesariamente por razones de imperativo moral, aunque así lo crean, sino para proteger su estatus social.
Aun siendo ruso, Dimitri sabía que era un tema extremadamente sensible en los regímenes democráticos occidentales. Eso le suscitó una pregunta.
—Perdone, ¿por qué, siendo occidentales, con regímenes con una cultura demócratica y, por lo tanto, antirracista, decidieron ustedes investigar el racismo?
—Porque entenderlo es fundamental para nuestro trabajo, capitán —respondió el hombre de Cambridge Analytica—.
Recuerde que me ha contratado Rusia para que ganara el Brexit en el Reino Unido y para que en Estados Unidos venza Donald Trump.
Solo será posible si liberamos determinadas fuerzas que las democracias occidentales mantienen bajo un control férreo.
—¿Qué fuerzas? ¿El racismo?