El protocolo del caos XL
45%

XL

A medida que escribía, los dedos del capitán Dimitri Chernishev parecían deslizarse sobre el teclado.

Introdujo los códigos y accedió al Protocolo Caos.

Aún no había podido leer el documento confidencial porque sus obligaciones consumían casi todo su tiempo, y lo que le sobraba lo dedicaba a volver corriendo a casa para estar con su familia.

Sin embargo, si quería ser más eficaz en su trabajo, le urgía leer el documento. ¿Cómo iba a solucionarlo?

La víspera tuvo la idea de descargarse el documento en el móvil para poder leerlo en cualquier parte. Pero como se trataba de un documento ultrasecreto, debía ser muy cauteloso. Por eso, se encerró en su despacho para hacer una copia sin que nadie lo viera.

Cuando terminó de descargarlo, apagó el ordenador, se metió el móvil en el bolsillo y salió del despacho.

La nueva misión avanzaba a toda vela, y Alastair Hayes era el verdadero cerebro.

Si quería asumir el control de las operaciones contra Occidente, tenía que conocer las cuestiones técnicas en todas sus vertientes.

Leer el documento sería de gran ayuda, aunque Dimitri ya intuía que no sería suficiente.

Mientras estuviera allí, lo mejor sería aprender con el británico de Cambridge Analytica.

Caminó hacia Alastair y se sentó a su lado.

Se inclinó y miró la pantalla del ordenador.

La cuenta de Facebook en la que el británico estaba trabajando se llamaba «I Love My Country», amo mi país, y tenía banderas estadounidenses y fotografías de cowboys a caballo en medio de un prado, junto a imágenes de rubias exuberantes subidas a coches de NASCAR.

Al hombre del FSB le picó la curiosidad.

—¿Qué es eso?

—Es una cuenta falsa que hemos creado en Facebook —le explicó Alastair—.

Nos hacemos pasar por estadounidenses escandalizados por una serie de asuntos graves en los que están involucrados los demócratas, como el Pizzagate, la invasión de inmigrantes latinoamericanos o la entrada de terroristas musulmanes en el país.

Todo ello con la complicidad de las élites.

Subimos publicaciones y vídeos y después Facebook se los recomienda a los interesados en estos temas.

Los muy idiotas se lo tragan todo... Creen que quienes divulgan estas noticias son compatriotas a los que les preocupa su país.

A Dimitri le pareció muy ingenioso.

—¿Los estadounidenses se creen estas cosas?

Alastair dejó de teclear y se puso a limpiar sus gafas con una tela de seda.

El coronel Arseniev había dado instrucciones claras: enseñar al recién llegado todo lo relativo a la operación, sobre todo, el modus operandi .

El capitán Chernishev ocupaba ahora el cargo de adjunto al jefe de la operación, por lo que tenía que estar al tanto de todo.

Además, el contrato de Alastair con los rusos terminaba el día de las elecciones en Estados Unidos, y una de las cláusulas lo obligaba a transmitir a los hombres del FSB los conocimientos adquiridos en Cambridge Analytica.

De esta forma, podrían usarlos en las psyops y también en los servicios secretos rusos en las elecciones de Francia, Alemania, España, Bulgaria, Hungría...

En cualquier sitio donde quisieran sembrar el caos para perjudicar a Occidente y beneficiar a Rusia.

Miró a su interlocutor.

—Sabe, capitán, los seres humanos no piensan de la misma forma, políticamente hablando —dijo—.

En todas las sociedades, una parte de la población desconfía de los extranjeros y de las minorías, ya sean étnicas, raciales o del tipo que sea.

Hay personas que desconfían de los valores progresistas.

Es un fenómeno universal, de toda la humanidad.

Desde la Segunda Guerra Mundial, el nacionalismo está muy mal visto en Occidente y sus ideas fueron demonizadas y estigmatizadas.

Se prohibió hablar mal de los extranjeros o de las minorías y se criticaba a quien lo hiciera, acusándolos de racistas, xenófobos, homófobos y cosas del estilo.

Se llegó a retirar la palabra a esas personas, que llegaron incluso a perder sus empleos.

¿Qué cree que hicieron los que pensaban así?

—Cambiaron su forma de pensar.

Alastair negó con la cabeza.

—Se callaron —corrigió—. No cambiaron de opinión, dejaron de expresarla; se callaron lo que de verdad pensaban.

—Sí, pero todo el mundo puede cambiar de opinión...

—Claro, pero ¿no cree que es muy difícil?

¿Ha intentado alguna vez convencer a un socialista para que deje de serlo, o a un conservador, o a un progresista?

Es muy raro que alguien cambie de ideas políticas.

Las personas infravaloran los argumentos en contra de sus ideas y sobrevaloran los favorables.

Con los nacionalistas pasa lo mismo. Capitán, las ideas políticas son muy estables, no se cambian de la noche a la mañana.

Tan solo se silencian. Es lo que pasó en Occidente con el nacionalismo: lo silenciaron.

Una parte importante de la población seguía pensando igual, pero dejaron de expresarlo por miedo a ser apartados o castigados.

Gracias al silenciamiento se tuvo la impresión de que esas ideas habían desaparecido o se habían vuelto marginales en Occidente.

—Pero no han desaparecido.

—En absoluto. Se silenció a los nacionalistas y ellos se vieron obligados a mantenerse en secreto.

Se convencieron de que eran los únicos que pensaban de esa forma.

Había muchos, pero nadie decía nada porque todos creían que estaban solos en esa corriente de pensamiento.

Se conoce como «espiral del silencio». ¿Cuál cree que es nuestro trabajo aquí?

—Quebrar esa espiral.

La sonrisa que se dibujó en el rostro del británico mostraba que Dimitri había dado en el clavo.

—Hemos decidido concentrarnos en un tipo de persona con enorme potencial para rebelarse contra el orden demócrata —dijo—.

Me refiero a los hombres blancos de clase baja, especialmente heterosexuales educados con valores que hace unos años les garantizaban privilegios sociales.

Esos hombres creen que los homosexuales no deberían andar por la calle exhibiéndose, que las mujeres tendrían que desempeñar un conjunto de funciones tradicionales y que las personas de otras razas y etnias son menos inteligentes que los blancos en general.

Dimitri asintió.

—Si quiere que le diga la verdad, eso es lo que pensamos en Rusia...

El hombre de Cambridge Analytica lo sabía. Todos los días lo veía en las calles de San Petersburgo, pero prefirió guardarse el comentario.

—A medida que los valores fueron evolucionando en Occidente, y también en Estados Unidos, la posición de dominio de los hombres heterosexuales blancos de las clases más bajas sufrió una erosión y su posición empezó a temblar —comentó Alastair—.

Antes, ellos se referían a los negros con palabras racistas, pero eso ahora es inaceptable.

Piropear a las chicas más guapas del trabajo se ha convertido en acoso sexual.

Antes podían burlarse de los homosexuales afeminados, pero ahora tienen que callarse para que no los acusen de homófobos.

Se quedaban con los mejores empleos, pero ahora las minorías les pasan por delante.

Antiguamente, eran los leones que reinaban en la selva y ahora son como corderos, que tienen que estarse quietecitos y callados para que no se les echen encima.

¿Cómo cree que se sienten esas personas con estos cambios?

La respuesta era obvia.

—Cabreadas.

—Sobre todo, humilladas, capitán. Muy humilladas.

Ahora bien, la humillación es la gasolina que alimenta la rabia.

Mire, antes los homosexuales eran los que no podían salir del armario.

Ahora son los hombres blancos heterosexuales de las clases bajas.

Vigilan su lenguaje y su comportamiento y los castigan con infracciones.

Se han invertido los papeles. Antiguamente, a los hombres blancos heterosexuales se les permitía todo, mientras que el resto de los grupos étnicos, las mujeres y los homosexuales debían tener mucho cuidado con lo que hacían y decían.

Ahora es al revés. A los grupos étnicos, mujeres y homosexuales se les permite todo, mientras que los hombres blancos heterosexuales deben tener mucho cuidado con lo que hacen y dicen.

Dimitri soltó una risita nerviosa.

—Menos mal que vivo en Rusia, ¿eh? Al menos aquí no tengo que aguantar nada de eso.

El inglés volvió a preferir ignorar el comentario. Señaló hacia el despacho en el que trabajaban los hackers rusos.

—Lo que hacemos aquí, en San Petersburgo, es usar el sentimiento de humillación de estos hombres de las clases bajas de Occidente y atizar su resentimiento y su rabia, canalizando esas emociones en una dirección que sirva a nuestros objetivos, ¿lo entiende?

Para ello, los inundamos con desinformación.

Las mentiras por sí solas no funcionan, tienen que mezclarse con la verdad para que sean creíbles.

—Si decimos dos verdades prohibidas que las personas conocen, fácilmente se creerán una mentira que desconocían.