El protocolo del caos XXXIX
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XXXIX

La turba rodeaba el restaurante. Tomás se dirigió a la cocina. Su mujer estaba sentada en un rincón hablando con Maite, que sostenía a su hija en brazos. Al verlo, Maria Flor lo recibió con una sonrisa entre el alivio y la inquietud.

—Ay, Tomás, menos mal que has venido.

—¿Estáis bien? —preguntó, examinándolas con la mirada. No vio nada alarmante—. ¿Qué ha pasado?

Las dos mujeres intercambiaron miradas. La brasileña parecía especialmente nerviosa.

—Es la maldita historia del Zika —explicó Maria Flor—.

Vinimos a comer y nos sentamos junto a la ventana para que nos diera el sol, a ver si así nos animábamos un poco.

Fue un error. Pasaron dos brasileños y...

reconocieron a Maite. Se desató el caos.

Empezaron a gritar, a decir que era una asesina, y entraron en el restaurante para agredirla.

Al señor Tavares y a sus empleados les costó echarlos.

Entonces empezaron a llamar a otros conocidos.

Todos la acusan de estar detrás de una campaña nazi de vacunación para provocar malformaciones en recién nacidos en Brasil.

Dicen que la financian Soros y los Rothschild...

Lo de siempre, ya sabes. El señor Tavares mandó cerrar las puertas, pero la gente siguió llegando y la situación se complicó.

—¿Habéis llamado a la policía?

—Fue lo primero que hizo el señor Tavares al cerrar. Pero nos han dicho que hay un problema: dos coches patrulla están averiados y el tercero está en revisión.

Desde hacía tiempo, los problemas con el equipamiento policial eran habituales por culpa de los recortes presupuestarios.

—¿Eso significa que no vienen?

—Sí, pero a pie. La comisaría está a unas seis manzanas, tardarán unos quince minutos. Te llamé por eso. Como vives cerca...

Tomás se volvió hacia Maite y su hija. La pequeña seguía abrazada a su madre con fuerza, parecía aterrada.

—Bueno, no pasa nada —intentó tranquilizarlas.

—Y yo que pensaba que en Lisboa estaría segura —dijo la brasileña.

—Nuestra mayor comunidad inmigrante es la brasileña —comentó el historiador—. Aun así, te aseguro que este comportamiento no es habitual. Están muy bien integrados y nunca ha habido problemas. Los de ahí fuera deben de ser unos locos...

—No son locos —lo interrumpió ella—, son personas normales como usted y como yo.

La diferencia es que creen que las campañas de vacunación contra el Zika son un complot de Soros o de no sé quién más para causar malformaciones.

De verdad se lo creen. ¿Lo entiende? Ya le dije que era un tema delicado.

Maite se lo había advertido. Pero una cosa era escuchar lo que ocurría al otro lado del Atlántico —le había sonado a ciencia ficción—, y otra muy distinta ver el problema estallando a una manzana de su casa. Entendía que era una situación complicada.

—Entonces ¿qué va a hacer? —le preguntó—. En Portugal hay muchos brasileños, así que tarde o temprano se los cruzará. Si muchos creen esas cosas, lo tiene difícil aquí.

Maite miró de nuevo a Maria Flor.

—Ya nos hemos dado cuenta —confesó la médica brasileña—. Por eso, hace instantes hemos hablado con Amnistía Internacional y hemos decidido irnos mañana, mi hija y yo. Nos han encontrado otro sitio donde vivir.

—¿Dónde?

—En Bélgica. Allí habrá menos gente que quiera hacerme daño. En Portugal no puedo quedarme. Todo el mundo me conoce por las redes sociales brasileñas. Es imposible.

En ese instante se oyeron pitidos en el exterior. Tomás salió del comedor junto con el señor Tavares y sus dos empleados; miraron por la ventana. La multitud se apartaba y dos hombres armados colocaban un cordón de seguridad delante del restaurante.

—La policía está aquí.

Casi lo celebraron. Los empleados retiraron las sillas y mesas con las que habían bloqueado la entrada y abrieron la puerta. Un hombre uniformado entró en el establecimiento y echó un vistazo.

—¿Quién ha llamado a la comisaría?

—Yo —respondió el señor Tavares—. Dos tipos entraron en el restaurante y empezaron a importunar a tres clientas, una de ellas es menor. Después, empezaron a llamar a más personas y... Un caos.

—¿Dónde están las señoras?

Al ver que se trataba de las fuerzas del orden, las tres salieron de la cocina.

—Somos nosotras.

—Nuestra prioridad es restablecer el orden público —explicó el policía—. Por lo que veo, solo lo vamos a lograr sacándolas del local. Por tanto, vamos a llevarlas a comisaría para efectos de identificación y para que presten declaración. Luego, cuando todo esté más tranquilo, podrán marcharse.

—¿Y las personas de fuera?

—A menos que adopten comportamientos fuera de la ley, no podemos hacer mucho más. Reunirse no es delito. ¿Están ustedes listas para salir?

Maria Flor miró hacia la calle, inquieta.

—¿Tenemos que ir andando hasta la comisaría?

—Hemos podido traer una furgoneta —respondió el policía—. Lo lamento, pero de momento es lo que hay. ¿Vamos?

Siguieron a los dos policías escoltadas por Tomás y el señor Tavares, y los dos empleados detrás cubriéndoles las espaldas.

Las dos mujeres y la niña salieron del restaurante y se dirigieron hacia la furgoneta de la policía, aparcada frente al establecimiento.

En cuanto Maite salió, empezaron a oírse silbidos e insultos, lanzados por la multitud a través del cordón de seguridad.

—¡Asesina!

—¡Sinvergüenza!

—¿Cómo puedes dormir por las noches, zorra?

Las dos mujeres, la niña y Tomás entraron en la furgoneta y uno de los policías cerró la puerta. Momentos después, arrancaron.

Cuando llegaron a la comisaría, los trámites fueron relativamente rápidos.

Presentaron los documentos de identidad y explicaron lo sucedido, así como los motivos que habían llevado a la multitud a asediarlas en el restaurante, y después las dos mujeres y la niña salieron de allí acompañadas por Tomás.

Ninguno de ellos quería permanecer en un espacio público.

Maite estaba demasiado expuesta y la posibilidad de que alguien la reconociera —y se repitiera todo aquel circo— era alta.

Por eso se dirigieron de inmediato al piso que Amnistía Internacional había puesto a su disposición en Lisboa.

El viaje a Bélgica estaba programado para el día siguiente. Maite se fue a su habitación con su hija para recoger sus cosas y hacer las maletas. Maria Flor aprovechó para ir a la cocina a preparar un té. Su marido la siguió.

—Tomás, quiero darte las gracias —le dijo mientras hervía el agua—. Has sido muy amable.

Sus palabras lo animaron; abrían la puerta a una posible reconciliación.

—Cómo no iba a ayudarte. Estoy siempre aquí para lo que necesites, ya lo sabes.

Estaba convencido de que la decisión de Maria Flor de separarse se debía a las circunstancias que había vivido; se encontraba en estado de shock tras todo lo sucedido durante la aventura de La mujer del Dragón Rojo .

Quizá ya había reflexionado sobre lo ocurrido.

Esa idea ganó más fuerza cuando ella empezó a acercarse a él mientras el agua hervía.

—Estaba pensando en algo —murmuró su mujer—. ¿Quieres viajar conmigo?

Tomás abrió los ojos. Las cosas empezaban a arreglarse y más deprisa de lo que había imaginado.

—¡Un viaje! —se entusiasmó, ya se la imaginaba de nuevo entre sus brazos—. ¡Excelente idea! ¿Qué tal París?

Ella lo miró con un gesto entre divertido y enigmático.

—¿Y qué tal Yangón?

—¿Yangón? Pero si eso está en...

—En Myanmar, sí. ¿Y bien? ¿Te apuntas?

Su marido estaba confuso. Nunca habría pensado en Yangón como un destino romántico. Los Campos Elíseos en París, el puente de Rialto en Venecia o el Cuerno de Oro en Estambul le parecían escenarios mucho más adecuados para una reconciliación. Pero... ¿¡Yangón!?

—Eh... Sí, claro. Yangón es... muy bonito. En la época británica lo llamaban Rangún. —Se esforzó por parecer entusiasmado, lo que hizo reír a Maria Flor.

—No voy porque sea bonito —le aclaró—. Amnistía Internacional me ha pedido que viaje a Yangón para resolver un asunto, pero debo confesar que me da miedo. Si incluso en Lisboa hemos tenido problemas, como hemos visto hoy, imagínate en Myanmar. Necesito tener cerca a alguien que pueda protegerme.

Tomás comprendió que la invitación tenía segundas intenciones.

Pero seguía siendo una invitación. Teniendo en cuenta que lo que él más deseaba era una reconciliación, habría preferido un destino más cercano.

Pero Maria Flor era Maria Flor y siempre acababa metida en asuntos así.

Además, ¿qué importaban el lugar y el pretexto?

Lo relevante era acabar con esa absurda separación.

Si en vez de visitar museos en París o pasear en góndola por Venecia, ella prefería salvar almas en Yangón, ¿qué problema había?

Ninguno, solo mostraba la nobleza de su corazón.

Quizá Myanmar se convirtiera en el lugar perfecto para hacer las paces. ¿Quién sabía?

—¡Yangón es perfecto! —exclamó, esta vez genuinamente entusiasmado—. ¡Vamos!

Ella se inclinó hacia su marido y le dio un beso rápido en la mejilla izquierda.

—Eres un cielo —murmuró y le entregó una taza de té—. Me alegro, no sabes cuánto. Contigo cerca me siento mucho más segura.

No había duda: la reconciliación iba por buen camino. Solo faltaba sellarla con un beso, de esos con los que terminan las películas de Hollywood.

—¿Cuándo quieres ir? En invierno me parece la mejor época. En otras estaciones hace mucho calor y...

—Mañana.

Casi se le cayó la taza al suelo.

—¿Mañana? Pero...

—Maite se va por la mañana a Bruselas y yo ya tengo el billete para Yangón por la tarde. Como tú también vienes, voy a pedir que compren el tuyo.

Tomás tragó saliva. Su prioridad en ese momento era resolver el problema de Sasha.

Cuanto antes se librara de esa situación, mejor.

Además, el ruso solo le había dado un mes para encontrar el móvil perdido.

Si se pasaba el plazo, tendría problemas serios por culpa del deepfake .

Estaba en una carrera contrarreloj, y mientras no resolviera esa situación, no podía irse a ninguna parte.

—Pero... es que... tengo un asunto que...

Al percatarse de sus dudas, el rostro de Maria Flor se ensombreció.

—¿No quieres venir?

—¡Claro que quiero! —se apresuró a aclarar—. El problema es que..., eh..., tengo un compromiso que...

Su voz se enfrió.

—Bueno, no pasa nada. Si tienes otras prioridades, no hay problema. Voy sola. Ya estoy acostumbrada...

Su marido notó el sudor en la frente. Sabía que era un momento delicado y sus dudas casi lo echan todo a perder. Si quería arreglar su matrimonio, no podía permitirse cometer ningún error.

—Ese compromiso no es algo que me impida ir —aclaró—. Es solo un temita en la Fundación Gulbenkian, seguro que lo resuelvo hoy mismo. Nada importante. Voy a hablar con ellos y... lo aplazaré todo. —Levantó una ceja—. Dime una cosa, ¿cuánto tiempo crees que vamos a estar en Myanmar?

—Da igual, voy sola.

—¡No! Tú eres mucho más importante que todos mis compromisos juntos, eso ni se discute. Solo necesito saber cuánto tiempo estaremos fuera para poder organizarme.

Su determinación acabó por convencerla de que lo decía en serio.

—Una semana, más o menos.

Una semana era bastante tiempo, teniendo en cuenta lo ajustado del plazo para resolver su problema con Sasha.

Pero tendría que arreglárselas. No podía echar a perder la oportunidad de reconciliarse con su mujer.

Era su prioridad absoluta. La misión que el ruso le había encomendado... ya vería cómo la resolvía.

Alzó una ceja, provocador.

—¿Y cómo vamos a dormir? ¿En la misma habitación?

Maria Flor lo miró fijamente con sus ojos color chocolate, un gesto muy suyo.

—Ya te gustaría.

La reconciliación iba a ser pan comido, pensó Tomás.