XXXVIII
Los niños, pobrecitos. Fue el primer pensamiento de Leroy Roderick al despertarse.
Para salvar el país había que empezar por rescatar a esas pobres criaturitas secuestradas en el sótano de la pizzería de Washington D.
C. por la red de pederastia liderada por los Clinton.
Si la policía temía a las élites y se negaba a actuar, alguien tenía que asumir esa responsabilidad.
Si no lo hacía nadie más..., entonces, ¿por qué no él?
¡Sí, él!
En el fondo, esa era la verdadera razón por la que había entrado en Sullivan's Gun Outlet; una parte de su subconsciente le había pedido que comprara una semiautomática y municiones, aunque en el momento de la adquisición no hubiera sido consciente.
El sueño que acababa de tener confirmaba el verdadero propósito de la compra.
Su misión sagrada.
Saltó de la cama y se puso de pie, excitado.
Sí, esa era su misión, ¡él sería el salvador de esos niños!
El problema de rescatar a los hijos de otros era decidir qué hacer con los suyos.
Charlie trabajaba, no tenía que preocuparse por él.
Pero Sally todavía era una niña; con problemas de salud, necesitaba que alguien se ocupara de ella en su ausencia.
¿Cómo iba a llevar a cabo su misión sin perjudicar a su familia?
En eso pensaba mientras preparaba el desayuno de sus hijos. Después, Charlie se marchó en moto a trabajar y él llevó a su hija al instituto como hacía cada mañana. Cuando se despedía de ella en la puerta, en su mente ya había orquestado todo el plan.
En vez de regresar a casa, fue a ver a la hermana pequeña de Betty.
Clarence era una mujer amargada y abatida por los golpes de la vida.
Estaba divorciada y tenía dos hijos. El Estado le había quitado al pequeño porque padecía el síndrome de Munchausen, un trastorno de naturaleza psicológica en el que el progenitor finge enfermedades en sus hijos para poder cuidarlos.
No parecía algo tan grave como los problemas que se vivían en la «Alameda del Cáncer», pero sí era lo bastante serio como para que el Estado le retirara al más pequeño.
Leroy le explicó que, por motivos profesionales, tendría que ausentarse uno o dos días y necesitaba que se encargara de sus hijos, sobre todo, de Sally; al fin y al cabo, eran sus sobrinos.
Clarence quiso saber algunas cuestiones logísticas, como los horarios del instituto y las necesidades específicas de los chicos, y aceptó sin problemas, así que ese asunto estaba resuelto.
Después de hablar con su cuñada, Leroy regresó a casa para terminar los preparativos.
Estuvo barajando la posibilidad de coger un avión, como cuando fue a Filadelfia, pero enseguida descartó esa opción: sería imposible llevarse la AR-15 y las municiones si viajaba en avión, debido a la estricta seguridad en los aeropuertos por culpa de la amenaza terrorista de los musulmanes.
¡Esas personas diabólicas solo traían problemas y violencia gratuita contra los inocentes!
La única forma de viajar con el arma y las municiones era en coche.
Una hora después, colocó el equipaje en el maletero de su Pontiac, llenó el depósito y arrancó.
Antes se detuvo a rezar en la iglesia para pedirle a Dios que lo protegiera en su peregrinación sagrada.
Salvar a los niños en peligro era su misión más noble.
A continuación, se lanzó a la carretera rumbo al norte.
Fue a Nueva Orleans, luego giró hacia Tuscaloosa y paró en Chattanooga, Knoxville y Roanoke para repostar y comer.
En total, fueron diecisiete horas de un largo y agotador viaje; lo único que lo mantenía animado era pensar en el objetivo que tenía por delante.
Finalmente, llegó a su destino: Washington D. C.
El cuerpo le pedía descanso, pero el sentido del deber habló más alto. Tenía que salvar a esos pequeños, y cada minuto que se retrasaba era uno más de sufrimiento. No había tiempo para descansar. Una y otra vez se repetía el mismo lema: «Los verdaderos patriotas no hablan, actúan».
Había llegado el momento de pasar a la acción.
Aparcó su Pontiac en el parking subterráneo de un centro comercial a las afueras de la capital y buscó un coche que le sirviera.
Eligió un viejo SUV de General Motors que estaba aparcado en una de las plazas más solitarias.
Forzó el portón y metió en el asiento trasero el enorme saco verde oscuro con el arma y las municiones.
Después se sentó en el asiento del conductor.
Como no tenía las llaves, hizo un puente para arrancar el coche.
Un minuto después ya estaba en marcha, rumbo a su destino.
Abrió Google Maps y tecleó la dirección.
El trayecto duró algo menos de media hora.
Leroy iba tan centrado que ni siquiera se fijó en la arquitectura neoclásica de la capital, ni en los iconos más reconocibles de la cultura estadounidense que fue dejando atrás: la Casa Blanca, el Capitolio, la estatua de Lincoln, el cementerio de Arlington.
En su mente solo había espacio para un pensamiento: los niños que, según él, eran víctimas de los rituales satánicos de los progresistas. Rescatarlos era lo único que importaba.
Aparcó en una calle perpendicular a la avenida Connecticut, en pleno corazón del barrio de Chevy Chase.
Desde el interior del vehículo robado observó un pequeño edificio verde al otro lado de la avenida.
En la parte superior de la fachada, en letras mayúsculas, se leía: Comet Ping Pong.
¿En el sótano de ese miserable restaurante era donde se escondía el siniestro antro pederasta, caníbal y demoníaco de las élites que controlaban el país?
Se deslizó al asiento trasero y abrió la bolsa de Sullivan’s Gun Outlet.
Bajó la cremallera y sacó el rifle semiautomático AR-15 y las municiones.
Cargó un cartucho y, por seguridad, mantuvo el seguro puesto.
Luego sacó unas medias de mujer a las que previamente les había hecho unos agujeros para los ojos, se las puso en la cabeza y se miró en el espejo retrovisor.
Su rostro había desaparecido. Cuando todo estuvo listo, clavó la mirada en el restaurante.
Respiró hondo. Para lo que estaba a punto de hacer, hacía falta valor.
Había llegado el momento.
El corazón le latía a mil por hora y tenía la garganta seca.
Abrió la puerta del SUV y salió con el arma preparada y la media cubriéndole la cara.
Para calmarse, se centró en la misión. Iba a liberar a los niños, a arrancarlos de las garras de aquella red pederasta.
Con ese acto, pensó, honraría el alma de Estados Unidos.
Cuando las élites oprimen a los inocentes y las autoridades se paralizan por el miedo, los ciudadanos libres —herederos del espíritu del Tea Party que rompió las cadenas del colonialismo británico— tienen el deber de actuar con coraje.
Por eso nada temía. No dudaba. Era un hombre libre, y como tal lucharía por la libertad de su país, la tierra de los hombres libres.
Al cruzar la avenida, quitó el seguro del arma de asalto y colocó el dedo sobre el gatillo, listo para enfrentarse él solo a las hordas satánicas.
Su determinación venció al miedo. No le temblaría el pulso.
Abrió la puerta del restaurante y entró.
Había algunos clientes cenando. Al fondo, varias mesas de pimpón daban sentido al nombre del local.
Aunque llevaba en las manos un AR-15, nadie se fijó en él, al menos no lo hicieron durante los primeros segundos. Pero eso estaba a punto de cambiar.
Leroy apuntó a la pared y empezó a disparar. El estruendo fue ensordecedor.
—¿Dónde está el sótano? —gritó nada más abrir fuego—. ¡Llevadme donde están los niños!
Los clientes se tiraron al suelo, intentando refugiarse debajo de las mesas; los empleados huyeron a la cocina, a la despensa, detrás del mostrador.
Algunos gritaron, otros se quedaron paralizados sin entender qué estaba ocurriendo, preguntándose quién era aquel hombre que acababa de irrumpir armado, por qué disparaba, qué pretendía. ¿Sería un atraco?
Leroy volvió a gritar.
—¿Dónde está el sótano?
Como nadie respondía, disparó de nuevo contra las paredes.
Los gritos se intensificaron. Muchos pensaron que iba a matar a todos los presentes.
El pánico era absoluto, nadie se atrevía a responder.
Leroy recorrió el restaurante buscando el sótano, abriendo una a una todas las puertas.
En las imágenes de YouTube había visto una que conducía a un espacio subterráneo.
Y por fin la encontró.
—¡Ah! ¡Está aquí!
Intentó abrirla, pero estaba cerrada. No le sorprendió.
La red de pederastia liderada por los Clinton habría sellado el acceso para impedir que alguien descubriera a la secta satánica que operaba allí.
Si no se abría por las buenas, lo haría por las malas.
Apuntó al pestillo con el AR-15 y disparó.
La cerradura voló en pedazos. Dio una patada violenta y la puerta se abrió con un estruendo, revelando un espacio sombrío.
—¡Pederastas, salid de ahí!
Nadie respondió. Decidido, Leroy avanzó con el rifle semiautomático en alto, el dedo sobre el gatillo, listo para disparar.
Encendió la luz del habitáculo y se encontró en lo que parecía una despensa, con las paredes forradas de estanterías llenas de ordenadores y aparatos electrónicos.
Buscó un pasadizo oculto tras ellos, pero no halló nada.
Golpeó distintas zonas del muro, esperando encontrar una superficie hueca.
Nada. Solo ladrillos. «¡Malditos Clinton!
¡Lo han tapado todo, cabrones!». O quizás, pensó con rabia, los vídeos de YouTube se habían equivocado de puerta.
Frustrado, salió de la despensa y se dirigió a un empleado que se ocultaba tras el mostrador. Lo apuntó con el arma.
—Eh, tú. ¿Dónde está el sótano?
El hombre temblaba. Parpadeó, atónito, al darse cuenta de que le hablaba a él.
—¿Per... perdón?
—El sótano. ¿Dónde está el sótano?
—¿Sótano?
—Sí, el sótano. ¿Dónde está el sótano del restaurante?
—Pero... Pero si no hay sótano.
Se estaba haciendo el tonto, concluyó Leroy. Apuntó el arma a la pared y volvió a disparar. Estaba seguro de que una nueva muestra de fuerza obligaría a los pederastas a colaborar.
—¿Dónde está el sótano?
El hombre lloraba, temblaba, se cubría la cabeza con las manos, estaba encogido en posición fetal.
—No tenemos sótano —sollozaba—. No hay sótano. No hay...
—¿Dónde están los niños?
—... sótano... No hay... No hay sótano...
Con ese imbécil no iba a sacar nada en claro, pensó Leroy. Dejó de interrogarlo y volvió a recorrer el local de una punta a otra: la cocina, la despensa, cada rincón. Abrió todas las puertas que encontró. Ninguna llevaba a ningún sótano.
Apuntó con el AR-15 a otro empleado.
—¿Dónde está el sótano?
—No... No hay sótano...
—¡Mientes! —rugió—. Dime dónde está el sótano o si no...
El hombre juntó las manos en un gesto de súplica.
—Por favor, señor, créame —imploró, temblando—. No hay ningún sótano. Nunca he oído hablar de eso. No existe.
¿Cómo no iba a haber un sótano? Las noticias de Facebook lo decían bien claro.
Los vídeos de YouTube mostraban una puerta.
Los correos electrónicos de Podesta contenían mensajes en clave sobre niños violados allí.
Incluso la NYPD tenía pruebas. ¿Cómo podía ser que, en un restaurante tan pequeño, no encontrara ese maldito sótano?
El tiempo se le agotaba. La policía de Washington D.
C. podía llegar en cualquier momento. Hizo una última ronda por el local, desesperado.
Nada. Las élites progresistas eran escurridizas.
Como las noticias sobre el sótano del horror habían empezado a circular en redes sociales, seguramente ya lo habrían tapado todo para ocultar sus actividades satánicas.
Destrozado, Leroy apretó los dientes de la rabia y abandonó el Comet Ping Pong. Entró en el SUV robado y se perdió entre el tráfico, en dirección al centro comercial donde había dejado su Pontiac. Volvía a Luisiana. Agarrado al volante, rompió a llorar. De frustración. De impotencia. De furia.
No había conseguido salvar a aquellos pobres niños.